8. SAL DE MI CABEZA

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Stella Di Lauro

Joder, joder, joder.

En mala hora me dejé arrastrar por mis estúpidos hermanos hacia ese club del demonio. Ahora tengo un acosador con fama de mujeriego detrás.

¿Es que no sabe lo que significa la palabra «no»?

Voy a matar a mis hermanos. Juro que esta vez les arrancaré las orejas.

Absorbo una gran bocanada de aire para luego dejarla escapar con lentitud. No me voy a estresar, con suerte, no volveré a cruzarme con él jamás.

Me centro en el trabajo y por unas horas, consigo olvidar al muy atrevido. Sin embargo, cuando mi padre viene a buscarme junto a mi tío para invitarme a almorzar, mi mente traicionera vuelve a la escena de la oficina.

¡Mira que decir que pondría mi mundo de cabeza con tanta seguridad!

«Engreído, petulante, acosador...»

—¿Ella? —el toque de papá en mi hombro me trae de vuelta a la realidad—. ¿En dónde tienes la cabeza? Es la cuarta vez que te pregunto si ya vas a ordenar.

—Lo siento —me disculpo apenada mientras siento cómo un leve rubor se concentra en mis mejillas. ¡Por Dios! Yo nunca me sonrojo—. La pasta carbonara con espinacas está bien para mí.

—Eso no responde mi primera pregunta —alega mi padre tan imponente como siempre. A todo ser humano le resulta imposible esquivar a Adriano Di Lauro. Esa es una de sus tantas virtudes.

—Yo... —pienso en una rápida respuesta—, en el trabajo. Ya sabéis que es en lo único que puedo pensar.

—Luces demasiado distraída como para pensar en papeles y números —interviene mi tío Pietro. Ese es otro que me conoce a la perfección, para mi desgracia y de quien tampoco puedo escaquearme—. Aquí hay algo más. ¿Tal vez un chico?

—Aleja esos pensamientos indecentes de mi niña sino quieres problemas conmigo, Pietro Varca —intercede papá con un evidente tono amenazante—. Ella ya tiene suficientes hombres en su vida, no necesita ni uno más.

—Tienes razón —coincido dibujando una mueca extraña en mi rostro al pensar en  mis desalmados hermanos—, con vosotros me basta y me sobra.

—Aunque en algo concuerdo con este indeseable —añade con rapidez—, al parecer hay un asunto que te tiene preocupada.

—No estoy preocupada —salto a la defensiva—. Solo... pienso...

—¿En qué? —me anima a continuar.

Emito un pequeño suspiro bajo la atenta mirada de los dos hombres más posesivos que he conocido en mi vida.

—En Falconi —suelto el nombre sin pensarlo mucho—. Es una pena que no hayan aceptado nuestras condiciones.

—No lo des por perdido todavía —alega papá con una expresión muy segura de sí mismo. Sé cuánto quiere este proyecto, puesto que le encanta explorar terrenos desconocidos. Por ello no me opuse en redondo, pese a no gustarme de primera instancia—. Estoy seguro de que firmará.

«Ciertamente, espero que no», replico para mis adentros.

—¿Ordenamos?

Llamo a la camarera y por fortuna, el tema queda zanjado al centrarnos en otro asunto.

Llego a casa muerta de cansancio como casi todos los días y beso la mejilla de mi madre antes de subir las escaleras en busca de una ducha caliente regeneradora.

El agua se desliza por mi piel al mismo tiempo que algunas imágenes vienen a mi mente.

«Soy el hombre que pondrá tu mundo de cabeza»

Princesa de AceroHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora