Stella Di Lauro
Trato con todas mis fuerzas de seguir las instrucciones del equipo, pero me resulta imposible deshacerme de mi rigidez y de los temblores. Sobre todo cuando tienes un compañero con mala cara y negado a cooperar.
—¡Corten, corten! —el director exclama exasperado antes de acercarse a nosotros—. A ver, chicos, ¿no se supone que sois novios?
—No lo sé —la boca se me queda abierta de par en par al escucharle—, a mí las relaciones monofuncionales no me van.
—¿Monofuncionales? —pregunto en un hilo de voz con el estómago revuelto.
—¿Cómo se le llama a una en la que cada quien va por su lado?
El plató se sume en un profundo silencio al mismo tiempo que yo abro y cierro la boca varias veces sin encontrar las palabras.
Entonces, inflo el tórax haciendo un ruido extraño y bastante audible al inhalar.
—¡Te acabas de inventar ese término! —le señalo indignada.
—Pero define muy bien lo que tenemos, ¿no crees? —se mantiene impoluto—. O en todo caso, lo que no tenemos.
—¡Eres un bastardo! —comienzo a despotricar a la vez que un montón de resoplidos y gruñidos se escuchan en derredor.
Llevamos un par de horas repitiendo esta escena una y otra vez. Él lanzando indirectas y yo explotando rabiosa. Desde pequeña, siempre he sido capaz de controlar mis emociones al punto de reprimirlas muchas veces para contenerme. Sin embargo, con Enrico Falconi a menos de diez metros de distancia mi sistema se descontrola por completo, transformándome en alguien extremadamente temperamental.
—¿Para qué seguimos intentado? —el muy idiota ahora me ignora—. Está visto que esto no va a funcionar. Tendremos que postergar el lanzamiento, es inevitable.
—Eso es imposible —salta mi padre una vez más. Por él es que continuamos aquí, castigados haciendo el ridículo. Me pregunto qué leches habrán hecho mi madre y mi tía para convencerle de participar en la treta— y tu más que nadie que nadie lo sabe, Falconi.
—¡Pues que se vaya todo a la mierda! —brama de pronto, dejándome petrificada—. Yo no voy a seguir en esta payasada.
—¡Así no se puede! —el director grita histérico y la verdad luce a punto de desmayarse—. ¡No se puede!
—¡Todo el mundo a callar! —aclama papá—. Os vais a dejar todos de chiquilladas y vais a empezar a trabajar en serio, ¡porque novatos a mi lado no quiero!
—Papá...
—Los problemas personales se dejan en casa —me corta sin dejarme hablar—. En mi empresa no hay espacio para aficionados, ni mucho menos para niños y el que no sirva se va. Me da igual si es famoso, accionista, socio o si lleva mi sangre —fija la mirada en cada uno hasta terminar el recorrido en mí—. No quiero más inconvenientes y será mejor que acabéis de filmar la puñetera escena para perderos a todos de vista de una buena vez. ¿Queda claro?
El silencio regresa nuevamente y eso parece cabrearle más.
»Al parecer no. Lo voy a preguntar por segunda vez y os garantizo que no habrá una tercera, ¿queda claro?
—¡Sí, señor! —la mayoría responde a coro.
Sin pronunciar una sola palabra, el play boy y yo nos dejamos llevar por la producción hasta nuestras posiciones iniciales, fingimos escuchar sus indicaciones y nos preparamos para volver a rodar, todo sin dejar de observarnos, retándonos en uno al otro.
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Princesa de Acero
RomanceElla ha decidido seguir los pasos de su padre y convertirse en la empresaria joven más exitosa de Italia. Por supuesto, para llegar a donde está, debe hacer pequeños sacrificios. Su prioridad número uno es el trabajo, por tanto, para ella no existe...
