Antonella
Su cuerpo aprisiona al mío, sus ojos azules brillantes me comen hasta los pelos de las cejas, siento la boca seca. Me estoy ahogando de la sed y entonces... un pedazo de roca se restriega contra mi intimidad.
—¿Qué... qué estás haciendo? —tartamudeo completamente descolocada.
—Cumpliendo tus fantasías —responde con su típica sonrisa arrogante—. Es lo que quieres, ¿no? Mi amor en vez de mi desprecio.
—No es cierto —salto de manera automática.
—Sé que te gusto, piccolina. No lo niegues —su dureza me golpea la pelvis y duele un poco por la brusquedad, pero al mismo tiempo se siente... bien. Luego acerca su rostro al mío, roza mis labios con los suyos y finalmente lanza una ola se aire contra mi oído antes de susurrarme—: Sé que me deseas. Solo tiene que decir una palabra, es corta, apenas dos letras. Pídemelo.
—Yo... —de un momento a otro me siento idiotizada, sin plena consciencia de mis aptos e hipnotizada por completo—. Sí.
—No suenas muy segura.
—Sí quiero —reafirmo.
—Dilo con más fuerza. Grítalo a los cuatro vientos, ¡libérate!
—¡Sí quiero! —termino gritando.
—¡Eso es! —aplaude victorioso al salirse con la suya—. Es una lástima que esto solo sea un sueño, porque en el mundo real yo nunca dejaré de odiarte.
—¿Qué...?
—Te odio, Antonella Varca —su declaración me abre el pecho en dos—. Las cucarachas que aplasto me importan más que tú y siento pena de tu carita se niñata mojigata.
—Fede... —trato de alcanzarlo cuando se aleja de pronto para después, de un segundo q otro, apuntarme con una pistola—. ¡¿Pero qué haces?!
Ahora estoy aterrada, aunque todavía bajo los efectos de la hipnosis. De repente mis manos están atadas, el pecho me sangra y...
—Perdiste la virginidad, pero no la estupidez —acerca la boca del arma a mi sien—. Hasta nunca, niñata.
Le veo apretar el gatillo y el sonido del disparo queda amortiguado con mi grito:
—¡No! —mis ojos se abren del tirón.
Despierto empapada en sudor y con el corazón galopando a mil kilómetros por hora. Miro a mi alrededor algo perdida hasta que unos minutos después vuelvo q mis sentidos y reconozco la habitación del avión.
Estoy en el jet de mi madre, se viaje a Roma y... con Federico Di Lauro a bordo.
Me levanto de forma automática para ir al baño, desnudarme y darme una ducha súper rápida. Mientras me seco frente al espejo me quedo un poco en shock dándole vueltas una y otra vez a la pesadilla que acabo de detener.
—¡¿Pero qué mierda acaba de pasar?
¿Qué me pasa? ¿Acaso me tomé algún estupefaciente? ¿O es que todavía me quedan restos de la resaca de anoche?
Porque muy mal y muy colocada para pensar en el indeseable de Federico Di Lauro desnudo en mi cama. Y sobre todo, para confundirlo con el ardiente hombre de ojos brillantes con el que perdí la virginidad.
—No volveré a embriagarme —digo para mí misma sacando un par de auriculares—. ¡Ni aunque mi vida dependa de ello!
Federico
Si ella se entera de que estuve en Londres vigilándola, estoy perdido.
Cuando regreso a casa me entero de que encima debo volar con ella a una fiesta sorpresa en uno de los hoteles de mi familia.
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Princesa de Acero
RomanceElla ha decidido seguir los pasos de su padre y convertirse en la empresaria joven más exitosa de Italia. Por supuesto, para llegar a donde está, debe hacer pequeños sacrificios. Su prioridad número uno es el trabajo, por tanto, para ella no existe...
