Stella Di Lauro
Lanzo el maletín de mi laptop sobre el escritorio con brusquedad antes de moverme inquieta por la oficina como una bestia enjaulada. Estoy furiosa, jodida, amargada por su culpa y muy, muy cachonda por la mía.
Idiota de mí que vengo a soñar con que me posee un demente.
Si es que la demente mayor aquí soy jodidamente yo.
—¿Dónde rayos está ese café?
Mis gritos se ven apagados de forma repentina por su figura gigantesca en la puerta de mi oficina, cerrando con un puño suyo clavado en la madera.
—¿Te importaría dejar de gritar como verdulera? —cuestiona con mofa.
—¿Te importaría morirte? —contraataco. Primer día y ya me tiene harta.
Nos quedamos mirándonos desafiantes.
Por algún motivo él está cabreado y yo estoy peor.
—Hay un imbécil preguntando por tí afuera —informa y creo que ya voy entendiendo—. Si piensas que voy a trabajar con una cría que se trae sus ligues a la oficina, vas lista.
Bueno, al niño pijo le han tocado el ego masculino. Si tan solo supiera.
—Para ser tu primer día en mi —enfatizo el pronombre posesivo— empresa, el que va listo eres tú.
Parece un toro bufando. Casi me río en su cara, pero mi cabreo no me lo permite.
No sé quién se ha creído ser para darme órdenes, ni tampoco para meterse en mis fantasías sexuales y mucho menos sé quien demonios viene a mi trabajo a incordiar.
Ya me duele la cabeza y solo llevo dos minutos aquí. Lo que más me jode es que este es apenas el comienzo. Presiento que todo ira a peor, a mucho peor.
¡Joder, qué mal todo!
Enrico Falconi
La miro a través del cristal de la oficina que me separa de ella y me siento un jodido acosador, justo como dijo que era. Sin embargo, no puedo detenerme. Es algo más fuerte que yo.
Parece complacida con la presencia del extraño, incluso demasiado relajada y eso me enerva la sangre. Tengo que descubrir quién es ese idiota.
Estoy enloquecido por esa mujer y no me refiero solo a su cuerpo. Los ojos que me reducen a polvo en el viento cada vez que conecto con su mirada azul celeste. La piel me arde ansiosa por tocar el cuerpo que se gasta la tía, que no me deja apartar de mi mente las miles de maneras en que podría poseerla.
Es ella, su jodido pero ardiente e impetuoso carácter, ingobernable, irreverente... indomable. Es una perfecta versión femenina de lo que soy y la medida exacta de lo que me gusta en una mujer y que nunca lo había encontrado.
Me enervo solo de imaginar que puede no estar interesada en mí, que no aceptará mis besos, mis caricias, mis proposiciones indecentes... y he creado toda una estrategia para seducirla. Quedarme a esa mujer es un jodido reto ahora mismo para mi, posible el más grande y difícil de todos. Sin embargo, eso es algo que no voy a reconocer en voz alta jamás.
He estado a nada de besarla; de recorrer esas espectacular piernas que incentivaron el más repentino de los deseos apenas la vi; de fundirme en esas curvas, las cuales mis manos añoran, pero es mejor dejar que su añoranza también crezca. Voy a esperar a que enloquezca tanto o casi como yo. Solo espero que mia ataques de locura no pasen a mayores porque entonces terminaré rompiendo mis pantalones.
—¿Qué demonios le hiciste a mi hermana?
Ni siquiera me doy cuenta de que el mayor de los hermanos Di lauro ha entrado a mi oficina. Soy incapaz de no mirarla y perder la noción del tiempo o la realidad en general.
—¿A qué te refieres exactamente y quién te ha dado permiso de alzar la voz? —me mantengo impoluto en contraposición a su evidente enfado.
—Deja esas chorradas para tus empleados u otras personas que no te conozcan —me corta el rollo y ¡demonios! Odio que Federico Di Lauro sea uno de los pocos seres humanos que en verdad me conoce—. A mí no puedes engañarme, mucho menos ocultarme tus jugarretas. Te veo venir de lejos, tío y no me mola nada.
Le veo alzar un dedo desafiante y sigo pensando en las jodidas piernas de la pelinegra de ojos como el cielo.
—Si pudieras ser más específico... —me hago el tonto como si conmigo no fuera.
—Sé que te gusta, joder —expresa enfurecido con cierto matiz recriminatorio en la voz—. No me mientas y mi hermana es invisible para tí, no te atrevas.
«¿Cómo que invisible?»
«¿Habla en serio?»
Si no puedo dejar de verla. ¿Cómo va a ser invisible?
—Es trabajo —miento no muy conforme. No obstante, soy consciente de que es la única opción por ahora—, nada más.
—Espero por tu bien que lo sea —advierte con gesto tan severo que termina recordándome al poderoso Magnate de Acero—. Es mi hermana y por ahí no pasas. Eso sin contar que si mi padre se huele algo, eres hombre muerto tú y cada uno de tus preciosos autos. No nos pongas en esa situación y saca tus ojos de mi chica. La hermana de tu mejor amigo queda terminantemente prohibida y no quiero que lo olvides. No me gustaría perder a nuestra amistad o en todo caso, tener que partirte la crisma.
—Ciertamente, a mí tampoco —cavilo.
—Me alegra que lo hayamos aclarado —se acerca para darme una palmada algo brusca en el hombro antes de marcharse. Sin embargo, se detiene al pie de la puerta y gira sobre sus pies para encararme una vez más—. Por cierto, me debes un coche nuevo y era de colección.
—¿Por qué tengo yo que comprarte un coche? —inquiero con fingido fastidio. Si algo me sobra además de dinero, son coches. No me molestaría nada regalarle uno y tampoco sería la primera vez que lo hago.
—Tienes mucho que conocer todavía de mi hermana pequeña, querido amigo —responde con una expresión parecida al espanto—. Cuando se cabrea, puede llegar a ser peor que el mismo Magnate de Acero. ¿Quedamos esta noche? Mira que estoy libre de guardias.
—Te llamo antes para avisarte —le despido antes de meterme de lleno en los diseños. Ya casi están listos para la producción.
Dibujo en la computadora al mismo tiempo que desvío la mirada de vez en cuando hacia la oficina de al lado. Simplemente no puedo evitarlo. Ahora ya se ha largado su indeseable visita. No tengo idea de quién se trate, pero siendo honesto me molesta demasiado las sonrisas que le dedica ella. Las mismas sonrisas que me niega a mí.
Mi amigo me ha prohibido algo sin saber que para mí esa palabra no existe cuando la voluntad del cuerpo se impone.
»Lo siento, Federico —murmuro en la soledad de mi nuevo lugar de trabajo—, pero sí, me gusta tu hermana. Sin embargo, aún no estás listo para esta conversación.
ESTÁS LEYENDO
Princesa de Acero
DragosteElla ha decidido seguir los pasos de su padre y convertirse en la empresaria joven más exitosa de Italia. Por supuesto, para llegar a donde está, debe hacer pequeños sacrificios. Su prioridad número uno es el trabajo, por tanto, para ella no existe...
