15. ME HA JODIDO BIEN JODIDA

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Stella Di Lauro

El choque de nuestros labios es tan brutal que nos arranca un gemido.
Nos detenemos por un segundo. Nos miramos a los ojos con fijeza, luego bajamos a los labios, sonreímos y entonces... cuando me quiero dar cuenta he saltado otra vez sobre esa boca que me gita que la posea,  que la tome con pasión y me mude a vivir en sus ganas de la mía.

Es como si estuvieras conectados por un libro invisible que nos hiciera movernos en sintonía.

Me acaricia las mejillas mientras lame con su lengua la mía y atrapo su cabello castaño detrás de la nuca entre mis dedos, sintiendo cómo el mundo parece detenerse en el instante justo en que me entrego a él. Ya me resultas imposible resistirme, no puedo más.

Me entrego a su beso, a mi deseo y a nuestro frenesí.

Un beso cálido, húmedo y suspirado que estoy segura jamas he dado. Un beso que nunca he recibido y no volveré a sentir de la misma manera ni aunque viva mil vidas más, si no viene de su boca.

Nos separamos por falta de aire y entonces, la realidad viene a mí de golpe.

Le he besado... Joder, le he besado y siendo honesta, lo he disfrutado.

No, no, no. Esto no podía suceder.

Mis manos se mueven frenéticas, locas por liberar el cinturón de seguridad y una vez lo consigo, me apresuro a salir del coche. Necesito tomar aire.

¿Qué he hecho?

Me he vuelto loca. Solo una desquiciada sin amor propio caería por un mujeriego, pervertido y acosador que no puede ofrecerte algo más allá de un buen polvo.

—Princesa... —le veo con intenciones de acercarse a mí y lo detengo en el acto.

—Sabía que no podía confiar en ti —lo señalo con mi dedo índice de manera acusatoria—. ¡Prometiste comportarte!

—Mira, no me voy a disculpar por haberte besado, mucho menos cuando me has respondido de esa forma tan... pasional —el sonrojo me cubre las mejillas de manera automática. ¡Por el amor de Dios! Siento vergüenza de mi misma—. Lo que sí te puedo decir es que no fue premeditado. De hecho, me había prometido no besarte...

—¿En serio? —cuestiono en un bufido—. ¿De verdad pretendes que te crea cuando no dejas de atosigarme?

—Piensa lo que quieras —se encoge de hombros despreocupado.

Él avanza con pasos cortos a medida que yo retrocedo la misma cantidad. Nos movemos en sintonía hasta que una pared a mis espaldas me impide seguir caminando marcha atrás. Me veo sin escapatoria, acorralada e hipnotizada, justo como aquella noche en el pasillo sin luz.

—Aléjate —pido con la voz no muy segura.

—Eso nunca, princesa —mi cuerpo tiembla ante su cercanía a la vez que toma una puñado de cabellos con sus dedos para luego soltarlo con lentitud—. Hueles a flores, jazmín si no me equivoco.

—¿Quieres que hablemos de flores y olores? —hago un inútil intento por distraerlo.

—No, quiero hablar contigo sobre la razón de tu temor.

—No tengo miedo de ti —salto a la defensiva casi al instante. Odio esa palabra, me causa escalofríos. Soy una Di Lauro y tengo el mundo a mis pies. ¿Por qué habría de sentir miedo?

—Eso creo que lo he entendido —pronuncia en un tono muy bajo, un susurro muy leve que le vuelve la voz más ronca todavía—. Tu temor es a lo que sientes cuando estás conmigo, a lo que podrías sentir si le das tienda suelta a tus deseos más oscuros. Tienes miedo a lo que podría suceder porque somos incapaces de resistirnos al otro.

Princesa de AceroHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora