Christina
La mansión Di Lauro parece sacada de un especial de fin de año en televisión: luces por todos lados, mesas de dulces dignas de portada de revista, pista de baile iluminada, barra de cócteles para adultos y otra sin alcohol para los adolescentes, camareros que parecen modelos y un DJ que probablemente cobre más que muchos médicos. Todo para celebrar el cumpleaños número doce de Juli Di Lauro y Ellia Falconi.
Kristine está a mi lado con la mano entrelazada en la mía; no hace falta mirarla para entender su mensaje: «estate tranquila». Ella es mi brújula, mi equilibrio. Si flaqueo, me aprieta la mano y me devuelve al centro.
Mi padre vigila desde la sombra con esa expresión de quien controla más de lo que muestra. Frente a él está el señor Adriano Di Lauro, impecable y frío. Pietro platica sobre política con Federico, Ella inspecciona que todo salga perfecto y como una presencia constante, Adriano junior recorre la terraza con la seguridad de quien sabe que llamará la atención.
Le sonrío a mi hermana sin aguantar un segundo más sentada y me muevo entre los invitados con mi whisky en la mano.
Evito cruzarme con ciertas personas... o al menos eso intento, porque no muy lejos el italiano que más odio en el mundo no me quita la vista de encima. El tipo camina como si la casa fuera suya... bueno, técnicamente es la casa de su padre, pero igual. Nuestro último encuentro fue un accidente... o un error... o una estupidez monumental, según cómo se mire. Y aún así, me remueve más de lo que debería.
Antes de que pueda decidir si esquivarle o enfrentarlo, escucho un murmullo creciente cerca de la mesa principal. Murmullo que se convierte en voces alzadas.
—¿Tú vienes a mi casa a decirme cómo organizar una fiesta? —la voz profunda, cargada de orgullo, pertenece al Magnate de Acero.
—Yo solo digo verdades. Si te ofenden por algo será —la otra, igual de grave y peligrosa, es la de mi padre—. La barra está mal situada, la pista de baile debería ir más cerca de la piscina, las carpas...
—En «mi» casa mando yo —responde Adriano, cruzando los brazos.
—Pues para mandar, no se te da muy bien escuchar las opiniones de los expertos —replica mi padre y ya está la mecha encendida.
Ambos se encaran y la tensión es tan espesa que hasta los camareros dudan por dónde pasar. El resto de invitados intenta disimular mirando a otro lado, pero todos escuchan.
Cassie avanza decidida con tacones que suenan como un arma de advertencia. Mi madre hace lo mismo desde el lado opuesto.
—Basta ya, por favor —ordena Cassie, interponiéndose entre los dos hombres.
—Frost, compórtate —advierte mi madre, con voz baja pero firme.
—Yo solo digo lo que es evidente —insiste mi padre.
—Y yo solo digo que en mi casa no necesito invitados opinando —responde Adriano padre.
Y entonces, como si fueran dos adolescentes intentando marcar territorio, se empujan. Nada serio... hasta que un camarero pasa en el momento menos oportuno, tropieza con la alfombra y la bandeja de copas cae al suelo. El sonido del cristal rompiéndose es tan fuerte que la música se detiene unos segundos.
—¡Muy bien, campeones! —exclama Cassie, furiosa.
—Estáis haciendo el ridículo —añade mi madre, sujetando el brazo de mi padre antes de hacerles señas al DJ para que retome la música, así evitan llamar más la atención.
Los dos se separan, resoplan... pero siguen clavándose la mirada. Hasta que, cuando se dan media vuelta para ir por caminos contrarios, se les escapa una media sonrisa de lado a ambos. ¡Se ríen! Después de medio minuto queriendo estrangularse.
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Princesa de Acero
Storie d'amoreElla ha decidido seguir los pasos de su padre y convertirse en la empresaria joven más exitosa de Italia. Por supuesto, para llegar a donde está, debe hacer pequeños sacrificios. Su prioridad número uno es el trabajo, por tanto, para ella no existe...
