10. ME HA EMBRUJADO

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Stella Di Lauro

Me mantengo inmóvil en sentada en la cama mientras sus ojos me recorren el cuerpo medio desnudo de arriba a abajo.

¿A dónde fueron las puñeteras sábanas?

—¿Qué haces aquí? —reitero mientras él se acerca—. ¿Cómo has entrado?

—Chist —un dedo llega a mis labios y entonces, un temblor me sacude el cuerpo con vehemencia—. No digan nada, princesa, solo siente.

—Pero... —mi intento de protesta es acallado por sus labios, los cuales saquean mi boca sin piedad.

Mi consciencia no está, tampoco mi sano juicio y no puedo hacer otra cosa sino responder a su ataque con el mismo ardor.

Sus manos llegan a mi cintura para terminar de acostarme sobre la cama antes de posicionarse encima de mí sin llegar a apoyarse.

Los dedos recorren mis brazos desnudos, desde mis muñecas a mis hombros y luego vuelven a bajar, esta vez junto con los tirantes de mi camisón.

La tela se desliza sobre mi cabeza en tanto yo me dejo hacer sin poner resistencia alguna. Estoy hipnotizada, envuelta en una dimensión alterna donde solo existe su voz delirante, sus tortuosas caricias y mi deseo palpitante.

Cada parte de mi cuerpo tiembla ante su tacto. Mi estómago se contrae, comenzando a formar una bola de sensaciones un poco más abajo.

No tengo tiempo para cuestionarme nada, no puedo pensar con claridad. Estoy haciendo lo que él me ha pedido: sentir.

No puedo dejar de removerme inquieta con las suaves, pero firmes caricias. Entonces, un fuerte gemido escapa de mi boca cuando la humedad de la suya recorre la cima de mi busto. Primero uno, después el otro y en tanto sus dedos se entretienen con el que queda libre.

Es una tortura cada una de sus acciones y cuando su lengua recorre mi abdomen, mi espalda de arquea tanto que temo fracturarla.

—¡Enrico! —jadeo en el preciso instante en que su aliento golpea esa parte de mi cuerpo que nadie a tocado jamás.

—Eso, princesita —alza la cabeza para regalarme la más sensual de las sonrisas—. Gime mi nombre, porque yo soy el primer hombre que despierta tu deseo, tu necesidad femenina —su mano se posa encima de mi entrepierna para después extender la palma hasta alcanzar mi nudo latente—. El primero y el único.

Mis ojos se abren como platos cuando inicia el leve movimiento, el cual poco a poco va aumentando de intensidad.

Cada músculo de mi cuerpo se contrae y abrumada por las sensaciones desconocidas trato de apartarle. Sin embargo, él se mantiene firme y en el momento en que su boca se une a las acometidas, dejo de luchar.

Juraría que es un dedo lo que invade mi cuerpo y danza al ritmo de su lengua, desatando un calor insoportable en medio de la tormenta.

Mi espalda vuelve a doblarse, mis caderas se mueven ansiando algo más que no puedo describir. Mis gemidos forman una melodiosa canción unidos al sonido de las gotas de agua al chocar contra la ventana.

El nudo en mi bajo vientre no puede crecer más y se vuelve duro como una piedra. Estoy a punto de liberarme... No sé qué es lo que saldrá de mi cuerpo, pero sospecho que será gigantezco, agotador y muy, muy placentero.

Cuando no paro de temblar ni de acudir a su encuentro con mis caderas, descubro el límite entre el dolor y el placer que un ser humano puede soportar. Quiero que acabe y a la vez, pido que no se detenga.

El corazón me late a mil kilómetros por hora, tanto que siento los latidos llegar directamente a mi entrepierna. Ha llegado el momento de desatar la ansiedad de que me carcome y entonces... él se detiene de manera abrupta.

Princesa de AceroHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora