Enrico Falconi
La desesperación corre por mis venas, junto a la angustia, la histeria, el miedo... Ella Di Lauro y yo somos unos y su sufrimiento se convierte en mío.
El camino al hospital se me hace interminable entre los gritos de mi princesa, los cuales se mezclan con los de su madre y los gruñidos de Adriano dándole caña al chofer para que suba la velocidad del coche.
Trato de calmarla, pero la tarea resulta imposible cuando comienza a sangrar de la nada.
El día en que ella me contó lo sucedido mientras yo estaba en coma, pensé que jamás en mi vida podría sentirme más inepto e impotente. Sin embargo, aquí estoy, experimentando los mismos sentimientos, pero con mayor una intensidad mucho mayor, como nunca llegué a pensar que sentiría.
Sus chillidos adoloridos mezclados con la confusión me matan y no puedo hacer otra cosa sino llenarla de besos y acunarla entre mis brazos.
En la entrada de emergencias ya Rossi nos espera junto con... creo que se llama Wendy, una de las amigas de Cassandra.
—Tenéis que quedaros aquí —dictamina el director del centro—. Wendy se encargará de ella.
Separarme de mi Stella en estos instantes puede que sea la cosa más difícil que he tenido que hacer en mi puñetera vida, pero consigo dejarla marchar, sabiendo que es por su propio bien.
—¡Cara! —escucho el gruñido del Magnate de Acero segundos antes de que su mujer se desmaye entre sus brazos—. ¡Puta enfermedad! —maldice—. ¡Ahora no, joder!
Las enfermeras se apresuran a auxiliar a su jefa junto con Rossi y yo me siento como un jodido egoísta, porque pese a apreciar demasiado a Cassie, no puedo preocuparme por nadie aparte de mi mujer.
Todos se enfocan en ayudarla en tanto yo me muevo como poseso por el pasillo, conteniendo la vocecita en mi cabeza, la cual me anima a arañar las paredes. No me rompo las uñas, pero sí los nudillos al estampar mi puño contra el mármol.
—¡Escuchadme! —el grito del cirujano llega a mis oídos, pero de igual forma le ignoro—. ¡Tenéis que mantener la calma todos!
Entonces, Federico aparece frente a mí y me obliga a mirarle a la fuerza.
—¡Tienes que reaccionar, compañero! —me sacude y a pesar de escucharle, no salgo de mi trance—. ¡Despierta, joder! —el puñetazo en la mandíbula me toma por sorpresa, sin embargo, logra su cometido—. ¡Ella te necesita, imbécil!
Hace ademán de volver a golpearme y le esquivo con mis reflejos.
—¡Estoy despierto, estoy despierto! —repito con el corazón todavía lantiéndome en la boca.
—¿Qué fue lo que sucedió? —indaga al mismo tiempo que su madre despierta mirando en derredor confundida.
Le relato lo ocurrido en pocas palabras, dando tiempo a la Mujer de Acero recuperarse para escuchar lo que Rossi parece tener que informarnos.
—¿Pero algún disparo la alcanzó? —inquiere preso del miedo. Su expresión debe ser un reflejo de la mía y en ese preciso instante me doy cuenta de que, si existe en el mundo un amor capaz de igualar el mío por Stella Di Lauro, es el de Federico Di Lauro.
—¡No! —contesto exasperado—. Eso es lo más raro, no había ninguna herida a la vista.
—¿Y dices que os lanzásteis al suelo con rapidez?
—¡Sí, hombre! —bramo al verme obligado a rememorar los hechos. Los peores seis minutos y medio de toda mi existencia—. ¿Por qué tanta peeguntadera por algo que ya te he contado?
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Princesa de Acero
RomanceElla ha decidido seguir los pasos de su padre y convertirse en la empresaria joven más exitosa de Italia. Por supuesto, para llegar a donde está, debe hacer pequeños sacrificios. Su prioridad número uno es el trabajo, por tanto, para ella no existe...
