Stella Di Lauro
Los segundos parecen convertirse en minutos, los minutos en horas y las horas en días.
Enrico Falconi ha recurrido a infinidad de recursos para seducirme, conquistarme y ganarse mi amor. Sin embargo, ninguna de sus tretas o sus palabras pueden superar la declaración que acaba de hacer.
Además de romántico, ha sido muy... verdadero.
—Un discurso muy convincente, señor Falconi —consigo pronunciar no tengo idea de cuánto tiempo después—. Tendré que esperar a salir de aquí para hacer las maletas.
—¿Eso es un «sí»? —pregunta tan perplejo que parece ver monos voladores a su alrededor.
—Bueno, creo que he sido bastante clara —repongo con marcado sarcasmo—. ¿Falconi? —chasqueo los dedos frente a sus ojos al no obtener reacción de su parte—. ¿Pero quién leches eres tú? —cuestiono enfurruñada—. Por favor, quitad este memo de mi vista y traedme de vuelta a mi novio descarado.
—¿Te vienes conmigo?
Asiento con la cabeza para reafirmar mi respuesta, sin embargo, no me da tiempo siquiera abrir la boca para hablar con el sonido de la puerta al abrirse.
—¡Tú no vas a ningún lado con este energúmeno, Ella Di Lauro! —como era de esperar, mi padre debe hacer notar su presencia y su disgusto también.
—Hola, papá —le saludo conteniendo los enormes impulsos de pararme de la cama y salir corriendo—. Estoy muy bien, muchas gracias por preguntar.
—Corta el rollito, Ella —se acerca a pasos agigantados con la tía Wendy y mamá, quien se apresura a sentarse en la cabecera de la cama y besarme la frente—. No te vas a ir a vivir con este idiota que ni ponerse un puñetero condón bien sabe.
—¡Papá!
—¡Adriano!
Mi madre y yo chillamos al mismo tiempo.
—Para tu información —salta mi novio al ponerse en pie para quedar a su altura y mostrar una prepotencia idéntica a la del Magnate de Acero—, sí sé ponérmelo. Solo que lo hago cuando me apetece.
—¿Admites que lo hiciste a propósito? —sisea mi progenitor dándole gusto al otro al caer en provocación.
—No lo sé —el Falconi se cruza de brazos en tanto yo me centro en los frenéticos latidos de mi bebé para no alterarme. Estos dos me sacan de quicio con sus tontos desafíos. No me acostumbro y algo me dice que no lo haré jamás, como mismo me pasa con los enfrentamientos de papá y Rossi a pesar de los años—. Por ahí escuché que ansiabas un yerno, me tomaste cariño y querías amarrarme a tu hija para conservarme. Pues ya ves, he sido más competente que tú al hacer el trabajo.
—Las riñas de cachorros creyéndose machos Alfa podéis tenerlas fuera de esta habitación —intercede mi tía con su característica precisión—. Aquí quiero paz y armonía para Ella como si el mundo fuera de color rosa, ¿entendido?
—Y si no lo hago, ¿qué? —cuestiona papá desafiante. Adriano Di Lauro no soporta las precisas de nadie, ni siquiera del amor de su vida—. ¿Vas a echarme?
—No me juegues la carta de «soy el dueño de este hospital y puedo hacer lo que me dé la regalada gana», Adriano —la ginecóloga no se amilana ante la severidad del mismo—. Tal vez no pueda echarte, pero bien que puedo darte unos buenos cocotazos.
—Ni siquiera me molestaré en responder semejante ridiculez —expresa el obstinado con marcada indiferencia.
—Al parecer necesitas que te refresque la memoria —alude mi tía.
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Princesa de Acero
RomansaElla ha decidido seguir los pasos de su padre y convertirse en la empresaria joven más exitosa de Italia. Por supuesto, para llegar a donde está, debe hacer pequeños sacrificios. Su prioridad número uno es el trabajo, por tanto, para ella no existe...
