27. ESTOY SEGURA

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Stella Di Lauro

Con la ayuda de mamá acomodamos a la abuela en su cama bajo protestas. A la anciana no le gusta mucho la idea, pues no deja de decir que inútil no es. Sin embargo, ya todos estamos acostumbrados y la ignoramos.

—Deja de quejarte —resopla mi madre—. Te escapaste del hospital con la condición de que te dejarías cuidar y no has hecho más que protestar.

—Puedo acostarme solita sin ayuda, ni que estuviera senil —replica en un bufido—. Y no me hables como si la madre aquí fueras tú, Cassandra Reid.

—Entonces no te comportes como una niña —rebate la hija.

—Bueno, ya estás lista para dormir —decido intervenir antes de que empiecen a discutir—. Es hora de irnos, mamá.

—Pero...

—Mamá —insisto. La verdad es que la rubia está un poco paranoica respecto a la abuela, aunque nadie puede culparla, puesto que nos dio un susto tremendo.

—Bah —bufa—, está bien. Tienes el agua en la mesita de noche y el teléfono a mano, mamá. Cualquier cosa...

—Vete a dormir ya, Cassandra —la interrumpe ella—. Ocúpate de tu marido gruñón y déjame tranquila que no estoy manca ni coja.

—Que descanses —claudica mi madre por fin con un suspiro antes de dejar un beso en su mejilla.

Espero mi turno para acercarme a la convaleciente y besarle.

—Buenas noches, abuela —me despido.

—Hasta mañana, mi princesa.

«Nop», mi fuero interno replica de inmediato. «Mañana no me verás»

Tomo a una reticente Cassie de la mano y juntas salimos de la habitación. Una vez nos encontramos en el pasillo, soltamos una suspiro conjunto.

—Con esa actitud me recuerda a papá —comenta ella—. A veces me daba la sensación de que eran hermanos y no esposos.

—¿Le echas de menos? —inquiero mientras caminamos hacia mi habitación.

—¿A mi padre? —asiento en respuesta—. A veces, más por ella que por mí. Me habría gustado tener más tiempo con él. Nuestra relación era... complicada, pero a menudo pienso que con un par de meses más podría haber mejorado.

—Sabes que el abuelo hizo lo que hizo porque te amaba, ¿verdad?

Gibson Reid dio su vida por la de su única hija y en parte, no puedo evitar verme en los ojos de mamá. Nuestras situaciones son diferentes, pero a la vez similares.

—Lo sé —deja ver una sonrisa al mismo tiempo que llegamos a mi puerta—. Ahora, no dilatemos más el momento de la verdad y prepárate para mi interrogatorio.

—¿Necesito ir por el polígrafo? —cuestiono con tono burlón en un vano intento por alejar los nervios. Llevo todo el día ansiosa e inquieta. No puedo esperar a mañana y a la vez, la incertidumbre me mata.

—No, tranquila —nos sentamos en la cama una frente a la otra—. No necesito ningún aparato para saber cuándo mientes. Venga, suelta la sopa.

—No hay mucho que contar —me encojo de hombros—. Supongo que he aceptado que me gusta.

—Has hecho más que eso —me señala con los ojos entrecerrados—. En el hospital os veíais muy bien juntos. Pude darme cuenta a pesar de mi debilidad, suerte que tu padre solo tenía ojos para mí en aquel momento ,porque de lo contrario sé habría armado la de Troya.

Princesa de AceroHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora