Stella Di Lauro
Los días van pasando y cada vez nos estamos aclimatando más al nuevo entorno. Mamá tiene fecha de parto para dentro de tres días mientras que a mí todavía me falta un mes.
Un mes... solo cuatro semanas para sostener a mi hija en brazos.
Mi casa, esa que un día fue fría y vacía, hoy más que nunca se encuentra llena de vida y de nuevos integrantes por venir.
Por eso mi madre, quien hace más de cinco semanas ha dejado la vida laboral dado su avanzado estado, ha decidido hacer un baby shower conjunto. La decoración le ha quedado de diez y el numeroso equipo de trabajo contratado se mueve con una eficiencia impresionante.
Esta augura ser una fiesta perfecta..., siempre y cuando mi padre no se mosquee, puesto que no sabe nada.
Cuando sepa que, mientras él está en la oficina, su mujer anda llenando la casa de globos de colores en los que identifican el sexo de ambos bebés, lo más seguro es que se cruce de brazos enfurruñado para luego echarle la bronca a mi chico y culparlo de no saber controlar a las mujeres Di Lauro. Eso es lo que mejor se le da en los últimos tiempos.
Lo bueno es que Enrico no tiene pelos en la lengua a la hora de devolverle la ofensa y demuestran el afecto del uno por el otro de esa forma tan peculiar.
Ridículo, pero qué se puede esperar de dos hombres dominantes y engreídos viviendo bajo el mismo techo.
La cuestión es que mi madre junto a su mejor amiga poseen una destreza impresionante para organizar eventos y además, convencer gente. Resulta que de un momento a otro a todo el mundo le han dado el día libre.
Claro que el Magnate de Acero no pertenece a ese mundo, como he dicho, a él ni siquiera han tenido la decencia de avisarle. Mamá piensa que es divertido en tanto yo rezo por que la pequeña trifulca no la haga dar a luz antes de tiempo.
Mis tíos beben mojitos en el bar improvisado de la piscina y los más jóvenes disfrutan del baño jugando polo acuático, mientras que mi novio permanece pegado como lapa al enorme bulto en mi abdomen. No consigo que pierda el deseo inmortal de hablarle a nuestra hija y contar todo cuanto ven sus ojos como vieja chismosa. Cuando nazca se la pondré en los brazos horas y horas, a ver si su voz le calma el llanto como mismo hace con sus movimientos en estos instantes.
El muy listo tiene el descaro de sonreír al verse pillado y alza la cabeza con rapidez para besarme.
—¿No tienes hambre, princesita? —indaga con exagerado interés. Así es con todo desde que supimos de la bebé: un exagerado obsesivo. Casi parece gemelo de su suegro.
—Hace apenas cinco minutos me he comido una hamburguesa del tamaño de una sandía —señalo la barbacoa en la que un chef experto cocina todo tipo de manjares al aire libre—. Dame un respiro, ¿vale?
—Simplemente evito que me devores vivo —alza los brazos en señal de inocencia.
—Cualquiera que te oye dijera que no te gusta ser devorado, Falconi —enarco una ceja incrédula y también... excitada. No puedo evitarlo, las hormonas me tienen a mil y eso sin contar el cuerpo escultural del padre de mi hija que cada día adquiere mayor volúmen.
—No te atrevas a mirarme de esa forma —me señala con su dedo índice de manera acusatoria y yo humedezco mis labios con la lengua al sentirlos resecos de pronto—. ¡No hagas eso!
—¿Hacer qué? —inquiero con inocencia fingida.
—¿Otra vez, princesita?
—Otra vez, Falconi —confirmo y él resopla como potro sofocado en el acto, pero aún así nos guía hasta la parte trasera de la mansión—. Espera, espera.
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Princesa de Acero
RomanceElla ha decidido seguir los pasos de su padre y convertirse en la empresaria joven más exitosa de Italia. Por supuesto, para llegar a donde está, debe hacer pequeños sacrificios. Su prioridad número uno es el trabajo, por tanto, para ella no existe...
