3.LOS MISMOS LABIOS, LA MISMA SED

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Adriano

La veo ir al bar por un cóctel más fuerte, beberlo de un tirón y pedir otro.

Sé que lo que sea que tuvimos terminó hace años. ¡Joder, ella fue la que me dejó!

Y yo pensé que mi tonta fijación por sus curvas diabólicas era un fetiche de adolescente calenturiento. Sin embargo, he vuelto a verla y ha sido como si una antena eléctrica me hubiera sacudido. Lo peor es que lo que me provoca se parece a lo que sentía antes, pero al mismo tiempo es completamente diferente. Ya no soy el niñato de dieciocho años y ella... tampoco. Está hecha toda una mujer... perturbadoramente sexi. Como una belleza mortal. A leguas se le ve que heredó lo mejor de la madre... y lo peor de su madre.

Eso desgraciadamente a mí me pone, mucho..., demasiado.

Sin darle muchas vueltas vuelvo al ataque.

—Esta actitud tiene que acabarse ya —suelto por encima de la música después de tirar de su cadera para que me dé la cara.

—¿Qué actitud?

«Esa boca...»

Ya casi había olvidado lo tentadora que resulta.

Los dos nos quedamos mirándonos a los ojos.

Entonces alguien la empuja para pasar corriendo, yo la tomo de la muñeca derecha, la tiro hacia mi pecho y la llevo contra la isla del bar.

—Tengo que dejarte. Adoro está canción —trata de deshacerse de mi agarre sin dejar de observarme cok descaro.

Diavolo... —es la única palabra que me sale cuando pienso en ella.

Su boca está demasiado cerca. Sus labios entreabiertos, se ha puesto el rojo cereza que me pone a babear.

«Supongo que algunos gustos no han cambiado.»

—¡Adri...! —escucho la voz de la loca que no me deja en paz.

«Tengo que sacarme a esa de encima», pienso al mismo tiempo que me como la boca de Christina Frost.

Nuestros labios vuelven a estar juntos y por lo menos a mi, me golpean todos esos recuerdos de lo que ya tuvimos.

¡Me cago en su padre!

Su mirada está llena de rabia cuando nos separamos, pero su voz comienza a sonar trabajosa y ese pequeño detalle prende una mecha dentro de mí. Todos los músculos de mi cuerpo se tensan y algo se enciende, hambriento y avaricioso.

—No me rechazaste —arqueo una ceja sin poder esconder la sonrisa. También me saboreo los labios. No sé si su labial sea comestible, pero a mí me sabe delicioso.

—Suéltame —me exige.

No contesta nada pero al menos la chica obsesiva del bar ha renunciado a mi. Finalmente mi mentira de "estoy en una relación" ha colado.

¿Por qué se me enganchan todas las locas al cuello? Soy como un imán. Incluso la explosiva hija del Diablo cae en mis redes sin que ni siquiera las lance al mar.

—Tienes los mismos labios... —insisto— y yo sigo con la misma sed.

—Si me vuelves a tocar te denuncio por acoso. Si no lo hago ahora es por mis tíos, pero quedas advertido, Adriano. La próxima vez que lo hagas no seré indulgente. No te quiero ver metido en mi casa, no se te ocurra escabullirte a mi habitación como lo hacías antes, ni me observes desnuda, ni siquiera me sueñes. Ya no somos adolescentes, ni amantes. Vete a la mierda, a la que más lejos esté de mí.

Se pone muy guapa cuando se enfada y se equivoca en dos cosas.

—Primero —le digo alzando un dedo—, ni te imagines que volverás a probar mi boca —enseño el siguiente dedo en tanto ella resopla—. Segundo, no me amenaces que ya sabes que tengo un problema con los desafíos y tú no serias capaz de hacerle eso a tus queridos tíos, piccolo diavolo.

Me encanta ver como le cambia el gesto cuando le llamo diavolo. Eso simplemente lo vuelve una atracción de la que no me puedo bajar. Soy incapaz de parar de decírselo.

—No me pongas a prueba, Adriano —se muerde el labio, haciendo que me ponga malo—. No te lo aconsejo. Tengamos la fiesta en paz que solo estaré por aquí unos días. Llevamos años sin vernos, creo que somos capaces de soportarnos una semana.

—Y tú... ojito con lo que haces con mi hermana y mis cuñadas —reclamo poniéndola contra la pared otra vez—. No eres un buen ejemplo. Sigues siendo la misma caprichosa de siempre.

Veo en su rostro que eso le ha dolido, pero es que me ha dolido a mi también, probablemente más que a ella.

Llegan los recuerdos a mi mente y me enfado más.

La veo yéndose, dejándome con ganas de arrancarle ese topcito gringo que deja muy poco a la imaginación.

—Tranquilo que a ciertas edades te apetecen cosas que con el tiempo no son más que un recuerdo borroso. Ya no eres uno de mis caprichos.

—Claro —me pego a ella sin poder evitarlo, es como si mi cuerpo mandara y el de ella tuviera un control a distancia para hacerme reaccionar—, ahora probablemente quieras más que un capricho y soy yo quien no quiere nada. Ni contigo ni de ti.

Ella me observa durante largos segundos, al principio, tratando de resultarme intimidante, con variaciones de las palabras «suéltame» y ahora pululando por sus increíbles ojos y esa boca que me está haciendo pensar un par de cosas; después, simplemente impaciente y al final, cansada, debatiéndose entre lo que odia obedecerme y saberse perdida ante mí.

—Pues para no querer nada de mi no logras que tus manos, tu vista y un gran parte de tu cuerpo salga de encima del mio —replica—. Desde que he llegado no paras de, provocarme, tocarme. Acaba de irte a la mierda a la que te he mandado por segunda vez.

Ahora sí uno de los ha ganado y claramente yo he perdido esta contienda.

Ella se aleja, luego de darme un empujón mientras yo me quedo con la frente pegada a la pared, esperando a relajarme y enfriar mi cerebro para poder idear un plan de revancha contra ella.

Princesa de AceroHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora