Enrico Falconi
Mi esposa... Por fin, Ella es oficialmente mía y no puedo ser más feliz. Soy un hijo de put@ con suerte.
Después de una cena en el punto más alto de la Torre Eiffel, dormir a la bebé y tomar un baño relajante de espumas —con sexo ligado por supuesto— en ese orden, caigo rendido en la cama al lado de mi princesa.
Los últimos días han sido una locura entre los preparativos de la boda y los pendientes en la oficina para poder tomarme estos días libres. El tan esperado día fue ayer, anoche llegamos a París y Ellia ha sido la única que ha podido dormir. Su madre y yo hemos preferido contemplar el amanecer de la Ciudad del Amor desde la terraza del ático, cubiertos únicamente por una fina sábana y muestra piel.
De repente, siento un tirón a mi lado y me incorporo con la misma rapidez. Observo a mi alrededor a través de la tenue iluminación buscándola, pero solo consigo oír su voz:
—Cierra los ojos.
Las luces se apagan de un momento a otro, dejándome en la más absoluta oscuridad. Entonces la música inunda la habitación. Sonrío al reconocer la voz de Halsey entonando "Not afraid anymore". La misma que sonaba cuando la embosqué en el pasillo más oscuro de mi club.
Con un fósforo enciende una vela, dándome una fracción de segundo
para ver un fantasma blanco...
—¿Princesita?
No responde, sino que se acerca hasta quedar a unos cuantos metros de distancia y pone la vela detrás de ella, mejorando su silueta. Luego, mueve los brazos y se gira lentamente como una bailarina.
Se agacha a la luz de la vela parpadeante, vuelve sobre las puntas de sus pies y con un giro como
una hoja, se despoja del vestido.
En ese preciso instante dejo de respirar...
Es tan bella, tan perfecta, tan... mía. Cada músculo de mi cuerpo tiembla para no saltarle encima cuando frota sus pezones contra mi pecho y baja a besarme.
Su largo cabello me cepilla la
cara, el cuello y... ¡Joder! Quiero que esta sensación no se detenga nunca. No dejo de desearla, de disfrutarla ni de amarla por más que me pierda en ella. Cada vez que la toco o la miro se siente como la primera vez.
Ella devora mi identidad, envenenando mi cerebro y reclamando mi corazón, solo para reemplazar mis vacíos con lujuria, ansias y miedo...
Cada puñetera fibra de mi sistema es adicta a ella. Como un perro dependiente, olfateando a su amo, la dejo jugar conmigo.
Me da la espalda, la luz de la vela revela el contorno de sus perfectas curvas ahora acentuadas por haber dado que luz a nuestra hija, de sus caderas, de sus piernas sin fin y de los lados de sus grande y firme busto. Cuando se agacha para recoger la vela, me da una amplia visión del delicioso tesoro que esconde entre las piernas.
¡Esto fue demasiado!
Lentamente, siguiendo las indicaciones de la música, se da la vuelta y camina hacia mí, la vela enciende el frente de su cuerpo y echa extrañas sombras, las cuales deforman su hermoso rostro.
Ahora veo todo... tal y como es.
Me toca el pelo y toca mis mejillas.
—Mírame, Falconi —pese a que suena como una orden su tono es demasiado suave. Así es mi mujer: imponente como el acero y delicada como la seda. Una combinación perfecta y letal para mi sano juicio—. Mira todo mi cuerpo... ahora es tuyo, para ver y tocar, quiero que me
toques.
Una gota de excitación se desliza por la cara interna de su muslo...
Sin darme tiempo a complacerla, toma mi mano, primero colocándola en su vientre ya plano, luego a su escote, su cara y entonces, la baja a su área púbica con un repentino movimiento...
«Princesa hechicera»
—Más te vale darte prisa con tu fantasía sexual, princesita —advierto con dificultad para respirar—, porque no tardaré en tomar las riendas.
—Cállate, Falconi —ordena—. Esta noche mando yo.
Se arrodilla para poder acariciar con cuidado mi frente, pelo y hombros. Me besa con pasión, lamiendo mi lengua y los labios.
Volviéndose hacia un lado ella me ofrece la espalda y yo no pierdo oportunidad de explorar la columna desde los hombros, a la parte superior de su trasero y... entro en la humedad que termina por enloquecerme.
La música se detiene por fin y la jodida vela queda a un lado también.
La sigo acariciando con mis dedos en su punto más sensible mientras me extiende una botella de aceite y derrama algunas gotas en mi mano libre.
—Tócame donde quieras, Falconi —su voz se convierte en una súplica—. Tócame... por favor.
No me detengo en preliminares, sino que voy directamente al lugar que estoy deseando poseer. Ella arquea la espalda para darme acceso completo a la zona.
Una capa de sudor cubre nuestras pieles y la escucho jadear otra vez mientras se frota contra mí, a la vez que me devuelve el gesto con sus manos en mi masculinidad entre beso y beso.
Ya nada queda de la calmada y disciplinada niña pija que conocí.
«No puedo más»
—Vale —pongo fin al juego al atraparla entre mis brazos e invertir posiciones—. Mi turno, señora Falconi.
Entro en ella de una bestial estocada y casi me desmayo de placer. La mejor sensación del mundo.
Mi cabeza ya no piensa. Solo siento. El calor, la humedad, la opresión, la intensa sensación de cercanía resulta en verdad abrumadora.
—¡Enrico! —mi nombre entre sus labios marca el punto de no retorno y no paro hasta arrancarnos el orgasmo a ambos—. ¡Dios! —exclama sin aliento cuando la atraigo a mi cuello—. Eso ha sido alucinante.
—Tú lo has dicho, esposa mía —beso su frete sudada—. ¿Tienes alguna otra sorpresa como esta para nuestra Luna de Miel?
—Bueno... —río al percibir su voz juguetona aniñada—, puede que sí. ¡Cielos! No tenía ni idea de que la danza de la vela funcionaría.
A mí el artefacto me sobraba y la que me vuelve loco es ella, pero no la corrijo de su fantasía. Conociéndola como la conozco, imagino el tiempo que ha invertido aprendiendo los trucos.
—Te he confundido con una bailarina árabe en cuanto abrí los ojos, princesita —la adulo—. Ha sido maravilloso. Eres...
—No necesitas la zalamería para repetirlo, Falconi —me corta de raíz y aun estando de espaldas, apuesto la vida de mi hija a que ha puesto los ojos en blanco—. Pídemelo y ya está.
—Muy bien —la tomo en brazos para darnos una rápida ducha. Soy consciente de que la bebé no tardará en despertar pidiendo su comida—. ¿Te parece si nos saltamos el fuego y repetimos la última parte, princesita?
—Excelente idea —aplaude en tanto las gotas limpian los restos del éxtasis—. Podemos hacerlo esta noche y todas las noches de nuestras vidas.
—Los días también —añado— y las tardes.
—Toda la vida, Enrico Falconi.
—Para siempre, esposa mía.
ESTÁS LEYENDO
Princesa de Acero
RomanceElla ha decidido seguir los pasos de su padre y convertirse en la empresaria joven más exitosa de Italia. Por supuesto, para llegar a donde está, debe hacer pequeños sacrificios. Su prioridad número uno es el trabajo, por tanto, para ella no existe...
