2.NADIE LO SABRÁ

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Federico

Me pego un trago, y otro...y otro.

Ella no tenía que estar aquí.

Llevo más de lo que puedo saber mirándola. La he visto disfrutar de ella misma y he tenido que enviar a seguridad para que le aprten los tipos que se le acercan sin que lo note.

Incluso hice que su amiga se entretuvieran lejos para poder acercarme yo.

No sabe que estoy aquí, que llevo una semana como un maldito acosador tratando de que no note mi presencia .

Esta noche ha venido al club de uno de mis mejores amigos y por más que he intentando apagar este fuego que me consume desde hace años, no lo he logrado.

Mi tío Pietro me ha enviado a la ciudad a buscar a su hija, pero le he pedido que no le avisara a ella. Solo intentaba que regresara a Italia sin meterse en ningún lío... Y aquí estamos ahora.

—Hazme lo que quieras, señor extraño —la escucho repetir, al tiempo que se relame los labios divertida en medio de una risita.

La tengo entre mis brazos, a nada de arrancarle ese vestido de transparencias diminuto y hacerla mía.

¿Quién me va a detener?

Por más que lo intente... sé que no voy a parar.

¿Cuántas veces puedo repetirme a mí mismo que no lo haga?

¿Qué demonios puedo hacer para que este deseo no gobierne mis instintos y mi raciocinio no se esfume del todo?

¿Acaso funcionará si me lo pongo en una pista de audio en bucle? ¿Funcionará si me grito a mí mismo que es un error, que no debo ni puedo hacerlo?

—¿Estás segura? —inquiero una última vez, consciente de que una parte de mí desea que ella se niegue y salga corriendo por la puerta.

—Sí —responde con demasiada determinación.

¡Joder, cómo me gusta!

¡Maldita sea!

La miro, la miro y la miro y todo lo que veo es a mi mayor tentación. El más peligroso de mis pecados que me puede conducir a la más exquisita condena. Pero en todos mis análisis la sigo viendo mía.

Bufo viéndola bailar en el centro de la suite porque sé que estoy desatando un enorme incendio que arrasará con todo.

—¡Vamos! —me incita moviendo sus sensuales caderas de lado a lado—. ¿A qué estás esperando?

De acuerdo, se acabó. ¡Adiós al autocontrol! Tanto Dios como el Diablo saben cuánto me he resistido.

«Solo una vez.»

«Nadie lo sabrá nunca... Ni siquiera ella.»

—Voy a vendar tus ojos y te dejarás hacer y disfrutar —ordeno desde las sombras. No me puedo arriesgar a que me vea.

Todavía me pregunto cómo no reconoce mi voz, pero aprovecho ese detalle.

—¡Por favor...!

Su súplica me resulta un cántico sensual y afrodisíaco. Sé que lo desea así también, quiere jugar con sus propias fantasías y yo me estoy quemando ahora mismo en varios infiernos.

—Pídemelo de nuevo —ordeno.

Me pongo detrás de ella. Salgo por fin de las sombras de la suite y tomo mi corbata negra, arrancándomela del cuello para vendar sus delicados ojos, mis dedos le acarician las mejillas mientras gime obediente:

—Por favor.

Le beso el cuello, tanto y tan despacio que me duelen los labios del calor que desprende mientras pego mi nariz a su piel y siento que prenderé fuego al mundo si alguien me arrebata este momento.

—Dime que me deseas —bajo mis yemas por los costados desnudos de su cuerpo y la siento estremecer—. Dímelo. Quiero saber cuánto.

—¡Mucho! ¡Te deseo mucho y quiero ser tuya!

Lo que añade sin que le pregunte me hace sentir diferente, poderoso, dueño de sus fantasías, su maldito Rey Mago.

—Prepárate para disfrutar —bajo del tirón la cremallera de su escandaloso vestido y gruño al comprobar que no lleva sostén. Mis manos van sus pechos y la oigo jadear recostado su delicioso cuerpo en el mío.

Meto dos dedos en su boca y los chupa torpemente pero me enciende todavía más. La miro en el espejo frente a los dos y entonces reparo en él pero sus ojos cerrados no le dejaron verme, me apresuro a ponerle la venda por si me despisto otra vez. Ella puede conmigo y cualquier precaución es poca.

Cuando el vestido cae a sus pies y mis ojos en su trasero siento desesperación...me agacho detrás suyo, la tomo por detrás de las rodillas y la espalda y alzándola en mis brazos la llevo a la cama completamente convencido de que no saldrá el sol mientras quede un espacio de su piel que no hay conquistado con mi boca y cuerpo. Ahora es mía, y no acostumbro a negarme nada que desee y nunca he deseado algo tanto como lo que yace ansiosa entre mis brazos.

—Hazme olvidarlo —musita en un jadeo—. Haz que ese maldito salga de mi mente.

Escuchar tal confesión me descoloca momentáneamente y las tripas se me remueven al pensar que ella ha puesto los ojos en alguien más. Sin embargo, al final una sonrisa malévola se fabrica en mi boca cuando acelero los pasos para cumplir sus exigencias.

Voy a hacer que se olvide de quien quiera que habite su mente para que jamás olvide al hombre que la poseerá en cuerpo y alma. No sabrá quién soy, pero siempre me recordará y desde luego nadie nunca borrará las huellas que dejaré en su piel y en lo más profundo de su ser.

—Haré mucho más que eso, piccolina —prometo—. Te aseguro que no volverás a pensar en él, porque jamás podrás olvidarte de mi.

Princesa de AceroHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora