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Federico Di Lauro

Me siento en en solitario banco con la ansiedad y la impotencia crispando en mi pecho.

¡Joder! Vivo pegado a mi hermana como su eterno guardián. ¿Cómo no fui capaz de darme cuenta de su estado?

Embarazada...

Ahora la vida de su bebé y hasta la suya propia pende de un hilo.

He visto su rostro ceniciento, he palpado su piel fría... No se parecía a la Ella Di Lauro que conozco en absoluto.

Soy un imbécil. Me tocaba a mi protegerla.
Cassandra Reid llegó a mi vida para convertirse en mi verdadera madre, pero la verdad es que yo ya tenía una antes de conocerla. Ella siempre ha estado ahí para mí, como mi perro guardián más fiel desde niños. Pese a que yo era el mayor y ella una tonta renacuaja, me defendía, cuidaba y consolaba cuando odiaba al resto del mundo.

Y desde que adquirí madurez suficiente como para transformarme en lo que se esperaba de mí, he intentado compensarle cada una de sus acciones... Sin embargo, no puedo evitar sentirme como un incompetente, porque he fallado. Soy un hermano mayor de m*erda.
Vi su agotamiento, sus mareos, los desmayos. ¡Demonios! Soy médico, los síntomas estaban ahí y no lo percibí. Se lo atribuí todo al puñetero estrés.

Ahora estoy aquí, apartado del resto del mundo en esta capilla vacía, tratando de rezar cuando ni siquiera creo en la existencia de ese Dios que defiende mamá.

—No sé hacer esto —maldigo sintiendo que pierdo mi tiempo.

—No es cuestión de aprender —la voz que más odio en el mundo aparece a mi lado para rematar mi día de porquería—. Solo dile lo que sientes. Te aseguro que él te escucha, Fede.

—No estoy tan seguro —replico de manera escueta—. Si lo hiciera, mi hermana no estaría hospitalizada. Ni mi mejor amigo habría estado al borde la muerte. Ni tú...

«estarías aquí», termino la frase en mi mente, siendo incapaz de admitirlo en voz alta.

Sus ojos tan oscuros como el metal oxidado de mi corazón se posan en los míos, devorándome con esa inocente intensidad que me apetece corromper.

—Dios te pone los medios y a veces, las pruebas para darte no lo que deseas —explica—, sino lo que necesitas.

—Pues Dios y tus palabrería pueden irse al Infierno —bramo exasperado.

—Ella estará bien —su mano atrapa mi muñeca sin previo aviso, paralizándome en el acto—. Si no confías en Él —señala la cruz colgada en la pared—, confía en tu hermana y en su fortaleza. Vosotros los Di Lauro sois invencibles.

joder! el ardor comienza a esparcirse por todo mi sistema, derrumbando las barreras y fundiendo el acero que me empeño en utilizar como escudo.

¿Qué tiene esta... criatura? ¿Qué me hace? ¿Cómo puede provocarme de esta forma con el simple hecho de respirar?

—Agradezco las palmaditas de ánimo —la voz se me vuelve más ronca de pronto—, pero no las necesito. ¿Por qué mejor no vas a jugar a las casitas y me dejas en paz?

La mano por fin se aleja a la vez que se pone en pie para caminar de espaldas, como si le hubiese pegado el puñetazo de su vida.

—¿Por qué siempre eres tan borde conmigo? —inquiere muy bajito, acentuando la inocencia que me remueve las entrañas hasta llenarlas de nudos, impidiendo el paso de la sangre.

«Vete de aquí»

«Lárgate, Federico Di Lauro», me cerebro envía las órdenes a mi cuerpo rebelde.

—No me agradas —me remito a responder antes de levantarme—, no te soporto, no resisto tu presencia a menos de quinientas leguas de distancias. Estás acostumbrada que todos veneren al ángel que dices llevar dentro, pero para mí no eres más que una hormiga inútil que no deja de meterse en mi camino. Así que deja de tocarme las narices y apártate... o te aparto a la fuerza.

Rodeo su cuerpo para pasar de largo y salir echando humo de allí, sin embargo, mis pies se detienen como por inercia al escuchar mi nombre de su jodida y apetecible boca.

—¿Por qué huyes de mí, Federico? —pregunta con la voz en un hilo—. Nos conocemos de toda la vida, ¡me viste nacer! ¡Somos familia!

—¡No somos nada! —replico de manera automática volviendo sobre mis pasos—. ¡Nada! ¡¿Entiendes?!

Me convierto en una bestia irreconocible sin siquiera poder controlarlo. Odio ese término cuando proviene de ella, porque me recuerda lo que es y lo que no puedo tener.

—¿En qué momento nos convertimos en esto? —duda en un susurro apenas audible—. ¿Cómo fue que cambiaste de la noche a la mañana conmigo? ¿Cuándo fue que dejaste de quererme?

—Ahí está el asunto, guapita —río sin humor alguno—. Nunca te quise. No te quiero cerca de mí, métetelo en la cabeza de una vez y déjame en paz.

Ella no tiene ni idea de la cruda verdad que hay en mis palabras. Jamás le he tenido cariño, al menos no el que debería. Lo que me hace sentir es mucho más retorcido, mucho más peligroso, mucho más insano.

La alejo, por su bien la mantengo a distancia, porque a veces lastimar es la única forma de proteger. Lo he vivido en carne propia con las más grande y dolorosa mentira de mi padre.

Doy media vuelta buscando la salida sin mirar atrás. Mi hermana está inconsciente, ahora ya es tarde para hacer algo por ella y yo necesito descargar el ardor que me carcome por dentro.

Solo hay una persona que puede hacerme volver a mis cinco sentidos: Lindsey. La mujer por la cual no puedo sentir nada en absoluto y con la que puedo mantener el escudo de acero inoxidable que cubre mi alma... y mi corazón.

***CORAZÓN DE ACERO: MUY PRONTO***

Princesa de AceroHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora