Christina
No sé por qué esperaba que esta cena fuese distinta. Supongo que una parte masoquista de mí sigue creyendo en los milagros.
Con la enorme mesa puesta a la perfección y las velas encendidas, el comedor parece una celebración de unidad familiar, cuando no es más que una oportunidad para que mi padre provoque al Magnate de Acero y este último caiga en la trampa para terminar desquitándose en competencias ridículas.
—Qué curioso —dice mi padre con ese tono ácido que solo emplea cuando está a punto de soltar la primera bomba—. No recordaba que tu vino fuese tan... barato, Adriano.
Ahí va el disparo.
Cassie suelta una risita nerviosa. Mamá le aprieta el brazo por debajo de la mesa. Yo contengo el aliento mientras giro la cabeza hacia el otro extremo, donde el señor Di Lauro clava su mirada en El Diablo Frost como si intentara carbonizarlo.
—Quizá es que tu paladar se volvió exquisito desde que dejaste de beber en la cárcel que llamas casa —responde Adriano padre con una sonrisa pulida, como una hoja recién afilada.
Kristine me aprieta el muslo bajo la mesa. Es nuestra señal silenciosa. El infierno acaba de abrir las puertas.
—¿Prefieres la celda o la lápida? —murmura papá sin perder la sonrisa.
El silencio se espesa durante unos segundos. Las conversaciones se diluyen como espuma. Nosotros los hijos fingimos un peculiar interés por el risotto que nos han servido.
Todos menos uno.
El jodido Adriano Di Lauro junior se recuesta en su silla con toda la arrogancia de un emperador romano, girando lentamente la copa de vino entre los dedos. Su sonrisa es tan leve que casi parece un tic. Pero sus ojos están fijos en mí, como si esperara algo.
—¿No piensas decir nada, Signorina Diavolo? «señorita diabla» —lanza con esa voz cargada de sorna.
Levanto una ceja. Kristine chasquea la lengua, puesto que sabe lo que estar por venir. Mis peleas con Adriano terminan igual o peor que las de nuestros padres.
«Las que terminaban en la cama eran las mejores», me recuerda mi subconsciente y de inmediato lo mando a callar.
Eso fue un error de juventud y no volverá a pasar.
—¿Quieres que te diga lo poco que te soporto? —le suelto—. O espera eso ya lo sabes.
—Christina, compórtate —me reprende mi madre.
—¿Yo? —bufo al tiempo que lo asesino con la mirada. El muy maldito se ríe en mi cara—. Fue él quién se metió conmigo. El señor irritante no se podía quedar calladito como todo el mundo porque siempre tiene que llamar la atención.
—Eso mismo podría decir de ti, pequeña diavolo.
—Yo no tengo que sacar a nadie de sus casillas para llamar la atención, querido —le suelto con arrogancia porque dos pueden jugar este juego y además yo jamás he perdido en toda mi vida—. A mí me mira quién quiere porque quiere y yo le miro de vuelta si me da la gana y ¿adivina qué? Tu cara de pretty boy solo me repugna.
—¡Christina! —exclama mamá acalorada.
—Touché —susurra Juli desde el otro extremo de la mesa, aunque su madre la fulmina con la mirada.
—¡Esa es mi hija! —mi papá tiene el descaro de aplaudir.
—Cállate, Frost —mamá lo reprende.
Adriano ni se inmuta. Sonríe. Siempre lo hace. Como si disfrutara cada palabra afilada que compartimos. Como si esperase el momento perfecto para morder.
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Princesa de Acero
Roman d'amourElla ha decidido seguir los pasos de su padre y convertirse en la empresaria joven más exitosa de Italia. Por supuesto, para llegar a donde está, debe hacer pequeños sacrificios. Su prioridad número uno es el trabajo, por tanto, para ella no existe...
