Christina
Florencia siempre ha tenido algo de escenario. Todo parece preparado para una ópera interminable: los edificios antiguos, la luz dorada cayendo sobre las fachadas de piedra, los acentos italianos llenos de melodrama.
Y, como siempre, yo llego tarde al segundo acto.
El avión aterriza sin sobresaltos, pero mi estómago lleva horas hecho un nudo. Mamá lo atribuye al jet lag. Yo sé que no es eso.
Es la ciudad.
Es la casa.
Es la familia que nos espera.
Los Di Lauro.
Cassie Di Lauro y mi madre, Leah, se conocen desde que eran adolescentes. Han sido mejores amigas, casi hermanas. Se escriben todos los días, se llaman todas las semanas, se ven cada vez que una cruza el océano.
Y por esa amistad inquebrantable, nuestras familias han estado unidas desde siempre.
O… casi.
Porque si bien mamá y Cassie son uña y carne, sus respectivos maridos —mi padre, Dean Frost, y el señor Adriano Di Lauro— se odian.
No en plan molestia cordial o rivalidad competitiva. No. Se odian de verdad. Con ese tipo de resentimiento que puede helar una habitación con una sola mirada.
Desde que tengo memoria, los he visto provocarse en cada reunión, buscar el mínimo motivo para lanzarse un comentario venenoso, un manotazo, una amenaza velada entre copa y copa.
Nadie dice exactamente por qué. Y yo aprendí a no preguntar.
El auto negro nos lleva desde el aeropuerto hasta la mansión Di Lauro. Mamá va sentada a mi lado mientras mi hermana parece concentrada en su agenda electrónica, revisando su celular, completamente serena.
—Cassie nos espera para la cena —advierte mi madre sin levantar la vista—. Y por favor, Christina, intenta que esta vez no sea una batalla campal.
—¿Yo? —alzo las cejas—. ¿Y por qué siempre asumen que soy el problema?
Mamá me lanza una de esas miradas que valen más que mil palabras. Yo suspiro, puesto que no vale la pena discutir.
El paisaje se vuelve más familiar a medida que nos acercamos. Columnas de mármol, puertas dobles, jardines cuidados con obsesión. Todo sigue igual. Todo sigue demasiado perfecto.
Y ahí está, esperándonos en la entrada: Cassandra Di Lauro. Radiante como siempre. Tan elegante que incluso su abrazo se siente coreografiado.
—¡Christina, amore mio! —exclama y me atrapa en sus brazos antes de que pueda decir nada.
—Cassie —le sonrío, porque con ella es fácil sonreír. Siempre fue así. Cercana, dulce… un poco intimidante también.
—Estás preciosa —dice—. Ya eres toda una mujer. Me haces sentir vieja.
—Tú no envejeces, Cassie. Es casi insultante.
Mamá se une al saludo y en segundos las dos están charlando como si no se hubieran visto hace meses. Yo observo el intercambio con una mezcla de ternura y resignación. Es reconfortante verlas juntas, como si nada pudiera romper ese vínculo.
Pero yo sé la verdad. Sé que este equilibrio frágil solo se sostiene porque hay límites invisibles que todos hemos aprendido a respetar. Y sé también quién es el más peligroso de todos cuando esos límites se rompen.
Mientras vamos caminando juntas escucho cómo las voces llenan el comedor. Reconozco algunas enseguida: Ella, la hija mayor de Cassie siempre tan organizadora. Juli la menor y su prima Ellia, las pequeñas consentidas de la casa. Antonella con su voz cálida junto a su marido Federico. Pietro. Gibson...
ESTÁS LEYENDO
Princesa de Acero
RomanceElla ha decidido seguir los pasos de su padre y convertirse en la empresaria joven más exitosa de Italia. Por supuesto, para llegar a donde está, debe hacer pequeños sacrificios. Su prioridad número uno es el trabajo, por tanto, para ella no existe...
