6.ESTÁS JODIDO

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Federico

Apenas bajo del avión veo que mi tío Pietro espera a su hija frente al auto que supongo nos llevará. Yo simplemente lo saludo con un corto abrazo y me meto en el auto en la parte de atrás para dejarle a la enana el asiento del copiloto. No quiero estar cerca para el momento en que Antonella salta corriendo hacia su padre y se dedica a hacer caratoñas. No quiero verla, ni escucharla, ni...

¡La puta madre que me parió! ¿Por qué fui tan imbécil y me metí en sus bragas? Se suponía que solo sería esa noche. Se suponía que mi obsesión enfermiza desaparecería después de hacerla mía... Lo sabía, sabía que me iba a arrepentir de lo que hice...

«Pero aún así no te detuviste», me reclama mi subconsciente.

Y es que por años me he podido controlar al mantenerme al margen de su vida. Sin embargo, ahora que ella ya es mayor de edad, ahora que la he probado... soy un jodido marinero que sucumbe a su cántico de sirena.

«Necesito una sesión de terapia, pero ya.»

Cuando llego al hotel en el que se hospeda toda la familia y se celebra la fiesta de bienvenida, yo simplemente me voy directo al bar sin saludar a nadie.

La fiesta se convierte en un enfermizo castigo para mí.

Si hubiera sabido que iba a estar tan perdido en los recuerdos no habría ni venido, o por lo menos me habría escabullido, pero estar tan cerca de ella en frente de toda mi familia, no es ni la mitad de lo jodido que pensé que sería.

—¿Hay alguna razón por la que te estés bebiendo ese whisky sin hielo con el calor que haces? —sin girarme a ver de quién se trata, reconozco la voz de mi cuñado y mejor amigo.

—No me jodas, Enrico —suelto de sopetón, sin ganas de hablar—. Vete a jugar a las casitas con mi hermana.

—Mi mujer está disfrutando del sol en la piscina junto con mis hijos y la mayoría de la familia —me informa, como si yo no lo supiera—. Algo que tú y yo deberíamos estar haciendo.

—¿Y qué esperas para unirte? —contesto de mala gana antes de beber otro sorbo de mi copa.

—Bueno, espero a que mi mejor amigo me cuente por qué no disfruta de la fiesta como todo el mundo. ¿Qué fue lo que pasó en Londres?

Pido a los del bar que me rellenen la copa y por primera vez en el día le miro a la cara.

—Créeme, Falconi —dejo ver una sonrisa de guasa—, no quieres saberlo.

Enrico me conoce demasiado bien, más que mi amigo es mi cómplice en casi todo y aunque yo nunca le he contado mi problema con Antonella Varca, no tiene un pelo de tonto.

—¿Qué hiciste? —me acusa enseguida.

Yo me río de la absurda y cojonuda situación en la que me he metido solito al tiempo que bebo de mi nueva copa.

—Si te cuento, puede que te conviertas en cómplice de mi delito. Así que prefiero salvarte el culo.

—¡Qué generoso de tu parte! ¡Gracias! —el sarcasmo se hace notar—. Procura que no sea lo que estoy pensando, Federico, porque si es eso ni Dios podrá salvarte.

—Ni el Diablo tampoco —añado—. Eso lo tengo claro.

—¡La madre que te parió! —escupe con disimulo—. Bueno, no puedo decir que me sorprende. Llevas años impresionándome con tu capacidad de resistencia. ¿Tan fuerte es lo que sientes?

—No tienes ni idea.

—Pues estás bien jodido, macho —me palmea el hombro con condescendencia.

—Llevo media vida jodido...

«Desde que soñé por primera vez con ella.»

—Sabes que tienes mi apoyo, pase lo que pase —dice algo más serio—, pero debo advertirte, aunque imagino que ya lo sabes, que este camino puede llevarte a romper la familia. Así que espero que sepas lo que estás haciendo.

—Ese es precisamente el problema, amigo mío —dejo escapar un resoplido cargado de frustración—: No tengo ni idea de lo que estoy haciendo.

No decimos nada más. Entre los dos una mirada dice más que mil palabras y agradezco en el alma que él se siente a mi lado, pida el mismo trago que yo estoy tomando y cambie el tema de conversación. Al final termino riendo distraído al ver a mis sobrinos haciendo travesuras.

Nunca pensé que vería a mis hermanos menores casarse y tener hijos antes que yo, puesto que soy el mayor por muchos años. No obstante, heme aquí, al final de los treinta, solo, amargado y condenado a desear a mi prima postiza quince años menor que yo, como un puñetero colegial.

Soy consciente de que esto que me quema no es normal, de que es una enfermedad, una droga... Sin embargo, no puedo curarme y solo intentar mantenerme sobrio.

En días como estos me siento un mierda, un digno hijo de mi madre... y me odio tanto por eso...

Cuando creo que es momento de retirarme subo hasta mi suite.

Ahora trato de relajarme en el jacuzzi. Aquí nadie puede molestarme y abro los brazos, extendiéndolos a cada lado, dejando caer la cabeza hacia el bordillo sobre la toalla con los ojos cerrados y unos pepinos en ellos. Todo lo que sea necesario con tal de relajarme... aunque sean estas mariconadas.

Bueno. También he pedido un masaje Balinés, que otra me saque esta frustración que cargo desde anoche.

—¡Hola, hola! —escucho como alguien entra.

Me quito los pepinos y miro hacia la entrada y me pongo en guardia enseguida.

¡No puede ser!

—¿Qué haces aquí, Antonella? —cuestiono tan sorprendido como enfadado.

—No me voy a quedar con la palabra en la boca, Federico Di Lauro —me señala de manera acusatoria—. Tú y yo tenemos una conversación pendiente.

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Princesa de AceroHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora