18. CUANDO EL DESTINO SE IMPONE SOBRE LA VOLUNTAD

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Stella Di Lauro

—¿Qué está sucediendo contigo, cariño? —repite la pregunta una vez más con evidente preocupación al no obtener respuesta—. Te comportas de forma diferente desde hace unas semanas atrás y tengo la ligera impresión de que todo este tema del nuevo proyecto y las peleas con tus hermanos está relacionado. Piensa muy bien la respuesta que me darás, porque sabes a la perfección que a mí no puedes ocultarme nada.

Cierro los ojos por unos instantes para dejar escapar un largo suspiro.
Tiene toda la razón, con ella no tengo secretos. Tal vez, si le cuento el meollo que tengo encima, consiga aclararme un poco la mente. La cuestión es cómo explicarlo, si ni siquiera yo misma le encuentro pies ni cabeza al problema.

—No sabría por dónde empezar, mamá —admito volviendo a suspirar con la cabeza baja.

Ella se acerca a mí a paso rápido hasta quedar una frente a la otra, antes de envolver mis manos con una de las suyas y con la otra, alzarme la barbilla. La curvatura de sus labios se desplaza hacia arriba y entonces, me da esa mirada maternal y confiada que solo Cassandra Di Lauro sabe darme.

—Puedes comenzar por aceptar que esto no tiene nada que ver con el trabajo —no sabe cuánto adoro el hecho de que me conozca tan bien. Muchas veces me ahorra palabras difíciles de soltar—. He visto esa mirada antes, ¿sabes dónde? —niego de manera automática en respuesta—. En mí misma, cuando me paraba frente al espejo. 

»Ese chico, Enrico Falconi —el estremecimiento de mi cuerpo al escuchar el nombre me delata—, te gusta… 

Nos quedamos en silencio unos breves minutos, quizá esperando a que ambas asimilemos la idea. Ella porque no puede evitar aún verme como una niña y yo porque nunca antes me he sentido atraída hacia un hombre.

—Creo… —tartamudeo vacilante—, creo que sí, pero… no quiero que me guste, mamá.

—Ay, Ella —amplía la sonrisa antes de besarme la frente como solía hacer antaño, cada noche después de leerme un cuento—, no se trata de querer, cariño. En la vida hay ciertas cosas que se nos escapan de las manos y aunque mantengamos la voluntad intacta, el destino se impone. Si lo sabré yo…

—Pero él es, es… ¡esto es ridículo! —bufo rozando la desesperación—. Apenas lo conozco, me cae mal, me saca de quicio y soy consciente de que no se toma ninguna mujer en serio.

—Entonces tienes un grave problema, cielo —dictamina la rubia—, porque el joven te gusta más de lo que puedas admitir.

—¡No! —exclamo de repente—. Es solo que soy nueva en esto y…

—Ella, deja de desvariar —exige bastante seria—. Cuanto más lo niegues, más aumentará la fijación.

—¿Y entonces qué hago?

—No voy a decirte qué hacer, por mucho que me cueste admitirlo ya eres una adulta y en asuntos como estos no puedo meterme. Solo puedo darte un consejo y es que dejes de luchar contigo misma. 

—Eso significaría arriesgarme a… —me corto a media frase, buscando las palabras correctas—tirarme de cabeza hacia el abismo.

—Quizá, por una vez —tantea dubitativa—, podrías probar dejándote llevar.

—Yo…

—Solo piénsalo, ¿vale? —me interrumpe mientras me arrulla entre sus cálidos brazos y yo me quedo en silencio disfrutando la sensación. Los abrazos de mis padres son los mejores abrazos del mundo—. Ahora, debemos apresurarnos en llegar a casa si no queremos perdernos la obra.

—Eso sería un crimen —bromeo para destensar el ambiente. La conversación me ha confundido todavía más. 

Si cedo…, ¿me convertiré en una más para el play boy pervertido? De ser así, creo que no me lo perdonaría a mí misma.

—Mi niña se ha hecho mayor —aunque no la veo, puedo imaginarla formando el puchero con sus labios.

—Tranquila, mamá —la consuelo en tanto pongo los ojos en blanco sin que me vea—, siempre podrás mimarme a tu antojo. 

Pese a ir contra el reloj, me doy un relajante baño de espumas con sales aromáticas y esencia de jazmín. Necesito esto para completar mi día de chicas. 

Me coloco el vestido azul celeste de noche por sugerencia de mi madre. No me gusta mucho el escote en la espalda ni los brillos que adornan la tela, pero supongo que puedo darle el gusto por esta noche. Termino de calzarme los tacones plateados de tiritas y me aplico una ligera capa de maquillaje gris para resaltar el azul de mis ojos. La verdad es que la combinación de los colores me da un aspecto bastante… sensual. Eso sí, las facciones aniñadas de mi rostro no desaparecen ni con el más provocativo de los atuendos.

Mi padre nos deja ir después de aburrirse de abrazarnos y besarnos a las dos, con la advertencia de que los dos escoltas que nos acompañan no se despegarán de nosotras. Tanto mi madre como yo somos conscientes de la frustración que le cae por no poder ir él también, pero ambas le hemos dejado claro que las noches de chicas son sagradas en imperturbables. 

Me bajo del coche con la ayuda de un guardaespaldas y me dirijo junto a mi hermosa acompañante hacia el auditorio. Por supuesto, las influencias del apellido Di Lauro son suficientes para conseguir asientos en primera fila.

Río por alguna broma de mi madre, pero me detengo en seco al encontrarme con una espalda ancha demasiado conocida para mí.

«No», niego mentalmente.

Seguro son imaginaciones mías. Ya le veo en todas partes como una maniaca. Sin embargo, cuando el sujeto gira sobre sus pies con una sonrisa ladeada, como si hubiese sentido mi presencia en la distancia y enfoca sus ojos en mí, mis temores se hacen realidad.

Sí es él, está aquí, persiguiéndome como un fantasma. 

Mamá tenía razón: por mucho que mantengamos la voluntad intacta, el destino siempre se impone.

Princesa de AceroHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora