Antonella
¡Madre mía de mi vida y de todos los desamparados!
Federico Di Lauro se encuentra encima de mi cuerpo, de la nada me abre las piernas con un simple movimiento de las suyas.
«¡Oh, Dios, qué mierda es esto!»
¡Me está tocando justo ahí! Y mi boca idiota suelta un gemido muy pequeñito.
«Esto está mal. Muy mal.»
Soy consciente de ello, al menos una parte de mi cerebro. Sin embargo, no puedo detenerlo a él, ni detenerme yo.
Sus manos aprietan las mías contra la cama y nuestros dedos se entrelazan, su boca está a nada de la mía...
—¿Y ahora qué...? —ni siquiera sé por qué suelto esa pregunta.
¿Qué rayos me pasa?
Me relamo los labios. Siento que voy a morirme ahora mismo.
«¡Vuelve a tus sentidos, Antonella Varca!»
—Fede...
—No me sigas provocando, enana.
—¿O qué?
Me espanta otro beso, poniéndole fin a la discusión.
Mi lengua se tropieza con la suya intentando seguir el ritmo de su demencial beso y los dos gruñimos a la vez.
Siento que estoy en el maldito paraíso... el mismísimo Dios me tiene que estar besando, porque esto es de otro mundo.
Entonces suelta una de mis manos y tienta mi cuerpo con ella bajando por mis pechos, el abdomen que tiembla bajo sus manos y llega a la uve entre mis piernas, engancha su dedo en el elástico del tanga y rueda hasta que cae en el mismo centro de mi húmedo sexo.
¡Qué vergüenza! ¡Estoy muy empapada!
—Te me has puesto tan húmeda así —resbala un dedo dentro de mí y grito su nombre cuando estira mi labio entre sus dientes—. ¿O es que llevas todo el rato deseándome en silencio?
He perdido el habla. Estoy muy excitada y entonces me hace volver a gritar metiendo dos dedos.
—Fede...
—Llora —me corta.
Me vuelve a besar mientras me masturba a una velocidad peligrosamente exquisita. Me retuerzo bajo sus manos y cuando estoy a punto de correrme saca los dedos.
Maldigo mordiéndome los labios.
¡Me va a dejar a medias!
Casi grito de rabia cuando me da la vuelta como si fuera una maldita pluma y pone mis piernas abiertas en su boca, me hace bajar mi propio sexo hasta él.
—¡Oh Dios mío!
Ahora sí me morí.
Grito cuando me pone tan al límite que creo que tengo taquicardias.
¡No puede ser! ¡No puede ser!
Creo que me voy a...
—¡Señor Di Lauro! —alguien toca la puerta de la habitación. Creo que es la azafata, pero mi estado catatónico no me permite asegurarlo—. Señor Di Lauro, el piloto le avisa que vamos a despegar. Necesitamos que regresen a sus asientos.
—¡Joder! —escucho a Federico maldecir en voz baja—. ¡Ya vamos! —dice más alto para que la mujer de la puerta lo escuche. Luego se pone en pie, alejándome de su contacto mientras yo me quedó estática como una idiota. Simplemente no puedo reaccionar—. ¿Qué esperas? Vístete.
Su orden llena de mala leche me saca de mi ensoñación.
Me siento en la esquina de la cama y me arreglo la ropa sin dejar de ver a Federico. Es como si todo sucediera en cámara lenta.
¡Dios mío, ¿qué acaba de suceder?!
Ahora sí me he metido en candela... y me he quemado completita.
¿Cómo fue que terminamos besándonos? Para empezar no nos soportamos y para terminar... ¡somos prácticamente familia! Nuestros padres nos criaron como hermanos... Nos tratábamos como hermanos hasta que él se hizo mayor y yo llegué a la adolescencia.
¿Y qué hay de la aversión que él siempre ha sentido hacia mí?
No lo entiendo. No entiendo nada.
—Federico...
—¡Cállate, niñata! —me corta con brusquedad—. No digas ni una sola palabra. Esto no ha pasado, ¿me entendiste? —el gesto que adopta me provoca escalofríos, y son temblores de auténtico miedo—. Cuando cruces esa puerta, borrarás de tu memoria todo lo que aquí ha pasado.
Sin más me da la espalda y se encamina hacia la salida.
Yo sigo con la vista fija en él. Sé que lleva razón en este caso, que eso es exactamente lo que debemos hacer...
«¡Ostras, qué buena espalda tiene!»
«¡Y cómo tiene músculos!»
«¿En qué momento se ejercita si vive metido en su hospital?»
El costado izquierdo me empieza a doler de la nada, siento el corazón en la boca y quiero vomitar... ¿Qué diablos me pasa?
—¿Y si no quiero? —mi boca habla por voluntad propia, sin pedirle permiso a mi cerebro—. ¿Qué pasa si no quiero olvidar?
Él se da media vuelta para volver hasta mi sitio. Su mirada azul, tan helada como la de su padre cuando hace temblar las paredes, me come viva, me fulmina como si yo fuera una simple mortal y él un Dios todo poderoso que puede aplastarme y convertir mi alma en cenizas.
—Entonces, atente a las consecuencias —responde finalmente con una frialdad apabullante.
—¿Eso es una amenaza? —mi lengua simplemente no puede quedarse quieta.
—No, enana —aunque sonríe el gesto no le llega a los ojos. Sigue teniendo un témpano de hielo en vez de un corazón—. Eso ha sido un consejo de buena fe. No tengas la menor duda de que, si cruzas el límite... —toma un mechón de mi cabello entre sus manos y cierro los ojos como una estúpida cuando lo siento olerme el pelo. Él respira profundo, yo contengo el aire hasta ahogarme—, te joderé la vida. A ti, a mí y a nuestras familias. Y no soy hombre de dejar las cosas a medias. Así que, o te apartas por las buenas, o acabo contigo.
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Princesa de Acero
RomanceElla ha decidido seguir los pasos de su padre y convertirse en la empresaria joven más exitosa de Italia. Por supuesto, para llegar a donde está, debe hacer pequeños sacrificios. Su prioridad número uno es el trabajo, por tanto, para ella no existe...
