Capítulo 90

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El aire estaba pesado cuando desperté. No recordaba el momento exacto en el que me había quedado dormida, pero de alguna manera, la quietud del lugar me indicó que había pasado mucho tiempo. La luz de la mañana, suave y difusa, se filtraba a través de un pequeño orificio en el techo, iluminando parcialmente la habitación.

Mis ojos se dirigieron de inmediato hacia la camilla de Noah. Seguía allí, inmóvil, con la respiración algo más estable, pero aún inconsciente.

Miré a mi alrededor. Estaba sola en la habitación, salvo por la presencia de Noah.

La mesa en la esquina de la habitación llamó mi atención. Allí había una pequeña canasta, cubierta con una manta que no recordaba haber visto antes. Me acerqué cautelosamente, los pies descalzos rozando el suelo frío. Al levantar la manta, descubrí lo que parecía ser comida: pan, frutas y otras cosas más. 

Encima había una carta. La tomé con manos temblorosas y la abrí lentamente. Las palabras eran simples, pero cargadas de una urgencia callada.

"Debes comer, para recuperar fuerzas."

No había firma, pero no hacía falta. Aidan. Solo él abría podido ser.

Guardé la carta en el bolsillo de mi chaqueta y miré nuevamente a Noah. Me senté a su lado y tomé una pieza de pan, casi inconscientemente mordiéndola. Mi cuerpo pedía comida, pero mi mente seguía atrapada en la maraña de decisiones y traiciones.

No podía negar que el apoyo de Aidan, aunque inesperado, era necesario en este momento.

El sonido de la puerta abriéndose me hizo volver a la realidad. Aidan apareció en el umbral, su figura oscura recortada por la luz que entraba. No hacía falta que dijera nada para que el ambiente se llenara de una tensión palpable.

Me detuve un momento, el pan aún en mi mano, antes de dejarlo a un lado. Mis ojos se encontraron con los suyos, pero ninguno de los dos dijo palabra al principio. El silencio volvió a ser nuestro refugio, aunque ya no era tan cómodo como antes.

Finalmente, fue Aidan quien rompió la quietud.

—¿Cómo está? —preguntó, con la voz algo rasposa, aunque sus ojos no dejaban de estudiar cada pequeño detalle de la habitación, de Noah.

—Sigue igual —respondí, mi tono más cortante de lo que había planeado. Me sentía agotada, tanto física como emocionalmente.

Aidan se acercó lentamente, con paso cauteloso, pero deteniéndose justo antes de la camilla. Sus ojos pasaron rápidamente sobre Noah, evaluando su estado.

—¿Y tú? —le pregunté de repente, mirando fijamente a sus ojos. —¿Cómo estás tú?

Aidan levantó la vista, sus labios curvados en una sonrisa triste que no alcanzó a iluminar su rostro. No respondió de inmediato, como si estuviera buscando las palabras correctas, las que de alguna manera pudieran explicar todo lo que había sucedido.

—No lo sé —dijo finalmente, bajando la cabeza. —La verdad es que no lo sé.

Dark and LightDonde viven las historias. Descúbrelo ahora