El rugido del motor era lo único que rompía el silencio sofocante dentro del vehículo. Cada vez que el auto tomaba una curva o frenaba de forma abrupta, mi corazón daba un vuelco. La angustia me hacía apretar los puños con fuerza, como si al hacerlo pudiera aferrarme a lo poco que quedaba de mi voluntad.
El hombre al volante no decía nada, pero sus ojos se reflejaban en el espejo retrovisor como dos pozos vacíos, evitando cualquier contacto visual conmigo. Al lado, un segundo guardaespaldas miraba por la ventana con la misma indiferencia que parecía envolver todo el ambiente.
Intenté recordar cada detalle del camino: las luces tenues de los postes, las curvas en el asfalto, el olor a humedad que llenaba el aire. Pero cuanto más lo intentaba, más me perdía en mis propios pensamientos. Las palabras de mi padre resonaban en mi mente: "No hace falta que lo sepas ahora". Esa frase era un eco que me carcomía.
El auto frenó de golpe, sacándome de mi ensimismamiento. Mi cuerpo se inclinó hacia adelante, pero el cinturón me detuvo con un tirón brusco. Una puerta se abrió y un aire helado entró al interior del auto.
—Bájala.
La voz de mi padre, seca y carente de emoción, llegó desde afuera. Un par de manos rudas me sujetaron por los brazos, obligándome a salir. Mis piernas estaban tan entumecidas que apenas pude mantenerme en pie. El lugar era aún más oscuro que el camino. Los árboles altos se alzaban como sombras amenazantes alrededor de nosotros, y una construcción apenas visible se erguía a unos metros.
—¿Dónde estamos? —pregunté, mi voz más débil de lo que me gustaría.
No obtuve respuesta. Solo sentí el empujón que me obligó a avanzar.
El camino hacia la construcción se sintió eterno. Me obligaron a detenerme frente a unas puertas gigantescas, de hierro negro decoradas con filigranas que parecían garras extendiéndose hacia mí.
Uno de los hombres tocó un timbre, y un sonido metálico se extendió como un eco dentro del lugar. Las puertas se abrieron lentamente, revelando un interior que era tan opulento como intimidante. Las paredes estaban cubiertas de paneles de madera oscura, decoradas con retratos de rostros que no reconocía pero que parecían observarme con desaprobación. Las luces de candelabros de cristal colgaban pesadamente del techo, iluminando cada rincón con un brillo dorado que no lograba disipar la frialdad del ambiente.
Un hombre se acercó, el sonido de sus zapatos resonando en el mármol. Su figura era alta, delgada, con un traje perfectamente planchado. Su mirada fría me recorrió, como si ya me estuviera midiendo para algún propósito que no entendía del todo.
—Su padre la espera en el salón principal —dijo con voz monótona.
Me empujaron hacia un pasillo largo, flanqueado por puertas cerradas. Cada paso que daba me hacía sentir más pequeña, más atrapada. Finalmente, llegamos a una puerta doble. Uno de los hombres la abrió, y el calor de una chimenea me recibió al entrar. Y ahí estaba él, de pie junto a la chimenea, con una copa en la mano. Su figura era tan impecable, su postura erguida, como si todo en el mundo le perteneciera.
—Hija bienvenida a casa —dijo con una sonrisa que no llegó a sus ojos.
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Dark and Light
Mystery / ThrillerElla es un punto intermedio entre la luz y la oscuridad. Ellos son la perfecta combinación del bien y él mal. ¿Quieres saber que pasará en esta historia? Acompaña a Sara en su viaje lleno de incertidumbres, donde cada elección podría cambiarlo tod...
