Papá está cabizbjajo. Se restriega los ojos pero termina por hablar.
–No, Antay, dejala que tiene razón. Dice que yo siempre hablo de más y tiene razón. Es una vieja bruja, una amargada terrible, pero a veces son esas las únicas que se animan a decir las cosas feas que todo el mundo siente por dentro.
Y yo pienso, ojalá ahora te callaras. El silencio tiene grandes ventajas y una dignidad considerable, muchas veces.
–No te quise ofender, Antay, disculpame –dice Margarita.
Por lo visto, ofender a papá no le preocupa. Estoy por responderle pero Kubrick, con algo de sensatez, vuelve al asunto más urgente.
–Yo puedo disparar el misil –dice.
Margarita, al contrario de lo que me esperaba, le da el arma. Kubrick se acerca a la tierra de nadie, solo, rumbo a los restos de un algarrobo solitario. En torno caen disparos cada tanto, pero la batalla matutina no es cruda todavía. ¿Quiénes eran los pueblos que siempre atacan al amanecer? Los franceses y los indios, eso dice el refrán. Bueno, se nota que los Troy no son indios ni franceses, porque no están muy activos a esta hora.
Kubrick de pronto deja de avanzar. Se pone a cubierto tras los restos del algarrobo. Apoya el lanzacohetes sin prisa. Dispara. Es algo tan sencillo y a la vez tan complejo. El proyectil hace un semicírculo en el aire y por un momento estoy seguro de que va a terminar en cualquier lado. Impacta en el techo de la casucha. Lo termina de derribar. Antes de eso, el soldado del Protectorado emprende una carrera. Vuela polvo, creo que también cae una pared. Kubrick vuelve con nosotros.
–Y ahora... –dice Margarita.
–¿Ahora qué? –pregunta papá.
–Vamos a esperar.
***
No llegamos a esperar ni un minuto entero. Oímos un tiro y vemos un perro que escapa y a un grupo de soldados que lo persiguen. Los soldados se están riendo. Querían matar al perro y el perro se les escapó. Ahora van a perseguirlo. Su juego continúa.
–En el Territorio no hay animales –observo yo.
–Sí que hay –dice Margarita, señalándolos–. Mirá a esos soldados.
–Digo animales de verdad. Gatos, liebres, cosas así.
Es una observación tonta, claro, pero en el fondo es una pregunta, y así lo entiende la Negra Margarita.
–Pasa que el Territorio es una zona muy humana. En las demás zonas la naturaleza se mezcla con la humanidad, pero en el Territorio la humanidad ganó la partida.
–Yo siempre pensé que el desgobierno, como hay acá, es algo que se llama "estado de naturaleza".
Ella suspira.
–Cada generación de animales empieza de cero. No hay nadie que domine, salvo el más fuerte. Los humanos, en cambio, dejamos herencias de dominación. Cada generación arranca con desigualdades heredadas, que son también herencias de progreso. Y así crecen las sociedades humanas, por acumulación de dominación y progreso.
–No creo –empieza papá, pero yo tironeo de su brazo y él se calla.
–El Territorio es un paraíso de desigualdad. Aquí no sobreviven criaturas que no traigan herencia. Una herencia de tecnología y violencia. Por eso no hay animales, prácticamente.
Margarita va a decir algo más, pero la interrumpe una sirena. Al parecer se viene algún ataque inminente.
–El Territorio no es lugar para los menos iguales –alcanza a decir–. Y no hay nada menos igual que los animalitos.
***
Le pido a Margarita que venga conmigo un segundo. Ella accede. Parece contenta, incluso, mientras sigue resonando la sirena. Le pregunto si Jairo va a estar bien.
–No sé –me dice. Nadie puede saberlo.
No me gusta su respuesta.
–No entiendo por qué los gendarmes chinos van a asociarse con los TROY, que son terroristas reconocidos, con este laboratorio de materiales superpesados.
Seguramente dije algo mal, pero a esta altura no importa.
–Entre los chinos hay algunos Atomwaffen infiltrados. ¿Conocés a los Atom? Son una agrupación neofascista que dura desde hace décadas. Y la División Atomwaffen puede servir de puente entre los Troy y los chinos.
–¿Para qué van a querer un puente?
–Eso yo no lo sé –dice Margarita–, yo solamente puedo especular. Pero puesta a especular, se me ocurren dos cosas. Una, para hacerse más fuertes en el reclamo por las Malvinas. Viste que las islas siguen en manos de los ingleses, pero los chinos, que son dueños de la Patagonia, quieren expulsarlos. Tienen los medios, aparte, así que no suena a amenaza vacía. Pero nadie quiere una guerra entre potencia nucleares. Aunque no llegaran a la destrucción total, una guerra entre ingleses y chinos sería catastrófica para los negocios. Así que los chinos quieren presionar por otros medios. Hacer la guerra por otros medios. Hacer política, o sea.
***
–¿Y el otro motivo?
–Recuperar al nenito chino secuestrado. El hijo del presidente. Los Troy organizaron el secuestro. Eso me parece seguro.
Yo trago saliva. Sacudo la cabeza, trato de aclararme las ideas. Sierra tuvo algo que ver con ese secuestro o al menos conocía a alguien que tenía algo que ver. No me puedo imaginar cómo pero yo vi a ese nene y a su institutriz.
Según mi información, ya los tendrían que haber largado. Como tantas otras veces, mi información debe ser parcial. De todos modos quier tantear:
–Tengo entendido que el nenito Wei y su niñera Jane ya andan libres –digo.
Margarita niega con la cabeza.
–Hasta hace media hora nadie sabía que los hubieran liberado, y me llamaría la atención que justo vos lo supieras.
Con esas palabras me toma de la mano. Me la toma como una abuelita, por eso no la rechazo. Y juntos volvemos con los demás, que ya están fuera de la carpa, observando un humo de lo más curioso que se eleva desde el edificio principal, el que yo llamé laboratorio, aunque no sé si será eso.
Pronto vemos a una figura que corre.
La figura mayor trae a una figurita en brazos.
Margarita y yo empezamos a correr hacia ellos.
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El Territorio
Ciencia Ficción...lo único que cambia es el pasado El joven Antay necesita un corazón para su hermano. Su única posibilidad de conseguirlo se halla en el Territorio, provincia donde los delitos están permitidos... La antigua República Argentina fue invadida en 198...
