–¿Ese que viene ahí en brazos de alguien no es Jairo? –pregunto.
–Sí –dice Margarita, jadeando, se ve que se agita rápido–, y el que lo trae es el Gauchito Gil.
–¿O sea que se terminó todo?
–No. "Todo" se acaba cuando se termina, no antes de que se termine, y como todavía están corriendo, les vuelan balas por todos lados, y ahora para colmo...
Ahora los Troy están disparando morteros, y en ese espacio salvaje entre las instalaciones y el campamento vienen corriendo Gil y Jairo.
Parece imposible que puedan llegar enteros hasta nuestro lado. Sin embargo, avanzan entre los proyectiles que caen como lluvia por todos lados, salvo por donde vienen ellos. ¿Cómo puede ser? No solo Jairo, también el Gaucho parece inmune.
Pronto llegan a la primera trinchera. Los gendarmes no saben si dispararle, pero trae a un niño en brazos y no parece armado. Tiene varias heridas de bala, eso lo veo después, pero más que heridas son rasguños. Se ve que no le entran las balas. Superan las trincheras y siguen avanzando. Pronto un grupo de oficiales británicos los interceptan. Se los llevan a un camión militar. Cuando nos queremos acercar no nos dejan. Pero es seguro que ya están de nuestro lado. Al menos, según parece, se escaparon de los Troy, de los científicos que sintetizaron leontium y de Rozas.
–Mirá lo fácil que se escaparon –dice Kubrick.
–Mucho mejor –respondo.
–Les faltó la sal de la vida.
Yo lo miro sin entender.
–La sal de la vida es complicársela. Complicarse la vida. La vida sin problemas es pasar el tiempo a lo bobo.
–Pensé que este hombre, al menos en momentos complicados, iba a dejarse de filosofar, pero veo que fui una optimista –dice Margarita–. A ver, necesitamos a alguien que pueda servir para la diplomacia. Tenemos que ir a buscar a Jairo.
–Yo voy –dice papá.
Margarita titubea.
–Tengo que ir sí o sí –sigue papá–. Yo soy el papá, soy su responsable.
–No parece muy responsable –se anima a decir Jaimie.
Papá se pone colorado pero sonríe.
–Es verdad, tenés razón –le dice a Jaimie–, pero sigo siendo el adulto responsable. Quiero decir que soy el único autorizado a retirarlo, como su papá.
–De qué autorización me hablás, Wayne –le digo yo–, estamos en el Territorio, acá no hay ni constitución, ni leyes, mucho menos hay autorizaciones.
–Bueno –papá muestra las palmas vacías–, se ve que hoy no es mi día, todo el mundo me está contradiciendo.
Está agitado, no molesto, pero tanta acción está siendo demasiado para su cuerpo. Yo no lo noté antes pero ahora lo noto. La venda en su hombro se enrojeció y su cara, en cambio, perdió cualquier color.
Me acerco a él. Él reposa su cuerpo en mí. Me pide que lo ayude a recostarse en el suelo. Ahí cierra los ojos. Yo salgo corriendo a buscar un paramédico.
***
El paramédico con el que vuelvo es, en realidad, una paramédica. Una mujer de treinta años. Toda la vida hizo trabajo humanitario y ahora Médicos Sin Fronteras la mandó al Territorio. Terminó separada de su grupo y cayó en manos hostiles. Le hicieron romper todos los protocolos de seguridad personal por la fuerza. Ahora está acá, sin red, sin compañeros, casi como una prisionera.
–Voy a hacer lo que pueda –dice.
–¿Te puedo dar una mano? –le pregunto.
–No –dice con decisión.
Yo aprovecho para sumarme al grupo que ya avanza hacia el ¿cuartel general, así lo llamarán? británico. En busca del Gaucho Gil, de Jairo, y andá a saber de qué más, pero seguramente también de algo más. Conociendo a la Negra Margarita, no creo que vaya a conformarse con lo mínimo. Creo, al revés, que siempre va por más. Y a lo mejor, estando en un lugar como este, hace bien.
Pronto nos cierran el paso.
–Buscamos a dos personas que recientemente escaparon del complejo –dice Kubrick con su inglés más neutro señalando el edificio.
Recién ahí miro de nuevo. Lo que antes era una columna bastante tímida de humo se convirtió en un incendio declarado. Los Troy siguen disparando con morteros, pero la frecuencia menguó. Ya hay casi un ambiente de normalidad.
–¿Qué dos personas? –dice un gendarme.
–El Gaucho y un chico.
***
–Nosotros nunca escuchamos hablar de ningún Gaucho. Igual es clasificado todo eso.
La Negra Margarita interviene. Su tono es burlón pero le tiembla la barbilla.
–No se lo quieran llevar a Gil. Ustedes no saben de lo que es capaz con un enemigo.
El hombre no responde, pero señala a un camión sanitario.
–El chico no nos interesa. Ya que lo menciona le cuento que ahí está. En ese camión.
Yo salgo corriendo mientras ellos continúan con la discusión. Llego sorprendido, pensando en cómo no va a interesarles una persona como Jairo, que del modo más inexplicable, y casi absurdo, genera una protección contra los ataques externos como quien produce un campo de fuerza, un escudo invisible que curva la materia para protegerse.
No tengo tiempo de pensar mucho. En la puerta del camión una enfermera muy joven, que tendrá apenas mi edad, dieciséis años, me frena llorando. Me dice que no vaya a entrar.
Se dio cuenta de que Jairo es mi hermano. Debemos ser más parecidos de lo que a mí me gusta pensar.
No me gusta nada que llore para pedirme que no entre.
–Bueno –le digo–, no entro.
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El Territorio
Ficção Científica...lo único que cambia es el pasado El joven Antay necesita un corazón para su hermano. Su única posibilidad de conseguirlo se halla en el Territorio, provincia donde los delitos están permitidos... La antigua República Argentina fue invadida en 198...
