V. 13. Una historia de Wellington

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–Ahora, Jaimie, andate rápido –dice papá–. Las despedidas son siempre feas y no valen la pena. Lo que Antay cree que hayas hecho, o lo que hiciste de verdad, aunque, ¿qué significa "de verdad", no es cierto? ¿O somos responsable de lo que hacemos cuando no tenemos conciencia o estamos soñando, podemos decir que somos responsables o culpables? Lo que digan que hayas hecho, lo que vos pienses que hiciste, yo no te juzgo, para mí estuviste bien y yo me lo merecía. Así que adiós, lo único que te pido es que lleves de la manera más directa a mi hijo Jairo con este cirujano en Maza.

Jaimie tiene los ojos nublados. Siempre fueron azules pero ahora las lágrimas los vuelven borrosos. No entiende, no puede entender. Igual me darían ganas de asesinarlo con estas manos, a mí, que nunca maté ni a una mosca.

Papá capta enseguida lo que estoy pensando y me aprieta la mano. Es su manera de decirme que no es el momento de tomar revancha. Es el momento de salvar a Jairo con los recursos que tenemos, que no son muchos.

Y así, mientras Jaimie toma las referencias de nuestra posición actual e introduce el nombre de una ciudad en el GPS del auto, papá empieza a contarme su historia. "Su" historia. Al escucharme yo pensaría que era solo de Jaimie o solo de él. Pensé que esas dos vidas no se habían tocado nunca antes. Por supuesto, me equivocaba. Los dos se conocían, si se puede decir así.

Si se puede decir así, porque uno de los dos había sido otra persona.

***

Yo creo que papá exageró lo que había hecho mal, así yo me ponía menos triste de perderlo. En él, no me extrañaría esa delicadeza. Papá siempre fue así, ostentoso para tomar ventaja y ser irresponsable, invisible para hacer actos de generosidad y ayudar al vecino. No digo que no fuera malo y egoísta, porque también era malo y egoísta, pero siempre que le descubrí una buena acción, una buena acción real, a él le daba vergüenza y se ocupaba de dismularla. Nunca sintió que se mereciera ser buena persona, me parece.

Por eso en su historia. Yo estoy seguro de que debe ser por eso. La historia es así. En una de sus recorridas por los salones de mala vida en Wellington, otra de las ciudades grandes de la Franja junto con Vicio (papá nunca llegó más allá de la Franja en sus entradas previas al Territorio, me dijo), uno de sus compañeros de juego se puso provocador con una empleada. Como era un cliente bien conocido y no había pasado del insulto físico, nadie reaccionó, salvo un nene que servía los tragos. Ese nene se llamaba Ernesto y se había escapado de su familia adoptiva en Escobar o Lanús. Había entrado ilegalmente al Territorio y ahora trabajaba en ese boliche. Los dueños lo protegían hasta cierto punto porque habían descubierto que no bebía, no apostaba, no le atraían las mujeres, no tenía adicciones y para colmo era honesto. Era demasiado joven, con el tiempo seguro cambiaría. Sospechaban que había algo oculto, algún secreto terrible, pero no perdían nada con emplearlo. No lo tenían como esclavo, esa humanidad sí tenían. Ernesto tenía algún grado de libertad. Y haciendo uso de esa libertad que se sentía, Ernesto empezó a gritarle barbaridades al compañero de papá. El hombre se las merecía, pero igual fue una falta de respeto, una vergüenza pública. El amigo no podía dejarla pasar. Papá, previendo esto, se acercó a Ernesto y le pidió que no fuera maleducado. Su amigo estaba excedido, las reglas del lugar no lo permitían, se había comportado bastante mal pero lo podían resolver de manera amigable, sin que nada quedara demasiado mal. A esa altura, Ernesto ya se había salido de quicio. Le pegó a papá una cachetada que le dio vuelta la cara. Cuano papá iba a reaccionar con violencia, unos monos altos y grandotes lo agarraron de los hombros y lo hicieron volar a la calle. También echaron a su amigo. Si llegaban a volver, les iban a romper todos los huesos y después iban a desecharlos, les dijeron.

Así que se fueron. No podían hacer nada. Atrás de esos guardaespaldas había otros guardaespaldas, y atrás de ellos los dueños e inversores, que estaban en buenos términos con Randy Pympp y con los gendarmes de la Franja. Eran gente conectada. Dos apostadores sueltos como papá y su compinche no les podían hacer nada, salvo en las sombras. Así que se fueron, y con el rabo entre las patas, pero no muy lejos.

Papá convenció al compañero de quedarse merodeando a una calle de distancia. Hicieron eso. Tomaron algunas botellitas de whisky para pasar el rato. No les hacía falta estar muy despiertos para lo que venía. Iba a ser pan comido. Iba a ser robarle un dulce a un niño. El bar se fue vaciando, salió la moza, salieron varios clientes. Salieron algunos guardaespaldas. En un momento salió Ernesto. Caminó en soledad. Papá lo alcanzó y le dio una golpiza salvaje. Lo dejó tendido en la vereda. El compañero se asustó, dijo que si lo dejaban así el chico los iba a denunciar con los matones e iban a terminar mal ellos dos. Papá dijo que no importaba, prefería no volver nunca más a Wellington. No era un hombre orgulloso, no le importaba que un nene lo hubiera humillado en público. Pero el amigo insistió. Tenía una idea. Lo podían llevar a un lado que él conocía. Dijo que había dinero en esto, además. Papá dijo que no iba a vender a ese neno. Menos todavía iba a matarlo.

Claro que no, el amigo estaba de acuerdo. Lo que iban a hacer era lo más parecido a darlo en adopción. En el fondo le estaban haciendo un favor. Y entonces ellos...

–Seguro subieron al tal Ernesto al baúl –digo yo.

–¿Cómo sabías? –pregunta papá.

–En el Territorio siempre meten a la gente en baúles.

Llevaron al nene inconsciente a una granja cercana. Era una granja psíquica, así le decían, tenía algún vínculo con el laboratorio de Bérkov y Walter Xi. El compañero conocía a alguien ahí. Era una granja que no cerraba ni de noche ni de día y los estaban esperando. En la granja entregaron a Ernesto y cobraron sus treinta dineros.

–Ahí lo transformaron en Jaimie –me doy cuenta yo.

–Le limpiaron la memoria, lo reeducaron y lo dieron en adopción. Lo volvieron útil para la sociedad, le dieron un valor de mercado alto. ¿Viste esa fundación sin fines de lucro que propone una "integración a través del crimen"? Esta granja tenía un fin semejante, solo que más extremo. Convirtieron a Ernesto en un integrado. Le eliminaron la memoria y le pusieron otra mucho mejor. Al menos lo intentaron. Es imposible quitar todos los restos de la vida anterior. Si hicieran eso, el integrado olvidaría hasta del lenguaje y los sentimientos. No es que los olvidaría, pero perdería el uso razonado. Le implantaron una memoria inventada que incluía el conocimiento experto de varios oficios y después lo vendieron como un criado modelo, creo que así los llaman. Criado modelo. Lo compró la policía de Ciudad Vicio, por lo que me contaste. Hasta que lo vi con vos no había vuelto a escuchar de él. Fue muy cobarde lo que hice.

–Fue... muy cobarde, sí –tengo que admitir.

El TerritorioHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora