V. 9. Andate mientras puedas

6 1 0
                                        

Pienso que la chica, la enfermera, me va a decir que no es buena idea llevarme a Jairo de ese hospital móvil. Pienso que es un homicidio llevármelo, si no es que ya está muerto. Pero ella, en vez de frenarme, me impulsa a seguir viaje.

–Andate mientras puedas. Bien lejos –me dice.

–Claro que me voy. Sí, claro. Pero quiero que vengas con nosotros. Te podemos hacer cruzar la frontera.

Ella me mira con horror real.

–¿Vos me lo decís en serio?

–Claro que te digo en serio.

–Yo no me puedo ir a ningún lado.

–Con nosotros sí que podés. Vas a ver que somos un grupo bastante fuerte, te podemos ayudar.

Ella levanta las manos, me las opone para frenarme.

–Mi deber está acá, con mis enfermos. No los puedo dejar, tengo que hacer bien mi trabajo, es la vida de ellos. ¿Vos estás loco que querés que me vaya?

–Pero a vos te secuestraron, te obligaron...

–Puede ser, no importa. Ahora estoy acá y voy a hacer mi trabajo. Lo voy a hacer bien, me oís. No me importa quién es mi jefe, me importa a quién le hace falta. Ahora estoy acá y lo voy a hacer muy bien, a mí me educaron para eso.

Para hacer muy bien su trabajo.

–Bueno –le digo–. Pero si en algún momento te llegás a ir, te voy a estar esperando. Cuando sea.

–Está bien –me dice–, pero no creo.

La dejo y me quedo pensando en cuántos somos así, de un modo u otro. Hacemos bien nuestras obligaciones sin preocuparnos en que beneficie al enemigo. Yo sigo viaje con Jairo. Espero estar a tiempo para darle una bocanada de aire.

***

No termino de alejarme con Jairo a cuestas que me topo con un hombre al que llevan en camilla. Al verme, se incorpora. Salta desde la camilla al suelo.

–¿Este paria entonces está bien? –pregunta uno de los soldados chinos que lo transportaba.

–Por lo visto –dice el otro.

Se van con la camilla a otra parte.

El hombre que transportaban es el paria de Ciudad Vicio, la persona a la que inexplicablemente los gendarmes no acribillaron a tiros, pese al toque de queda. Él se acerca a nosotros. Me toca la cara y yo siento una descarga eléctrica, un incendio invisible. Jairo también la siente. Le veo una ligera sonrisa en la cara. Pronto no está tan mal como uno pensaba.

–El dueño de las profecías –dice el paria sin retirar la mano.

Yo me quedo pensando en que dice "el dueño", y no "el héroe" de las profecías. Me pregunto si eso significará que los que tienen el poder real, los que manejan las decisiones y las armas, son también los que deciden el contenido de las profecías.

No tanto los héroes profetizados por ellas.

–¿Qué profecías? –alcanzo a decirle.

El sonríe con esa mueca angelical y maligna, llena de luz, pero de una luz muy negra, y empieza a alejarse.

–Las que van a acabar con el Territorio.

De nuevo, esto puede entenderse de varias maneras. Pueden acabar con el Territorio porque van a llevar a volarlo en una explosión cósmica.

O pueden mover a la gente a convertirlo en un terreno donde se pueda desarrollar una vida sin tanta violencia. Con la violencia normal de los Estados con leyes, digamos, que es mucha, pero esta no sé si no es peor.

El paria toca con sus nudillos el cofre que trajo Jairo. El que contiene leontium.

–Vos –me dice–. Sos mucho más la bomba. Que cualquier material.

No alcanzo a preguntarle nada. El paria se va.

Soy mucho más la bomba, me quedo mensando.

***

Marcho hacia la tienda que nos consiguió Margarita. Está casi vacía. Solo veo a Kubrick que camina como una fiera enjaulada de una punta a la otra. Al verme se acerca tan rápido que yo pienso que pega un salto.

–¿Cómo está tu hermano?

–Ya lo ves –le muestro que lo estoy llevando sobre el hombro, está desmayado, muy bien no andará–, no da más el pobre. Lo tengo que llevar a que lo operen. Ahora sí que no podemos demorarnos. ¿Papá dónde está?

–Dice que fue a resolver unas cosas.

Yo me imagino que de nuevo habrá ido a jugar al póker y me quiero morir. Pero salimos con Kubrick al espacio exterior y ahí lo veo, en ese vehículo que no está preparado para andar sobre la tierra yerma ni el pasto reseco, un auto de ciudad, que ni siquiera para las rutas de grava es tan bueno. Ahí lo veo a papá montado en el Nissan junto a su chofer, que es Jaimie. Kubrick y yo corremos al auto. Papá baja, nos abre la puerta de atrás. Yo deposito a Jairo a lo largo de los asientos. Es tan corto, tan chico todavía, que entra perfecto. Voy a poder sentarme al lado y todavía vamos a ser capaces de cerrar la puerta.

–Ahora me parece que llega el momento de despedirse –dice Kubrick.

A mí me entra un hueco en el estómago. Uno de esos movimientos que son como un huracán de emociones contradictorias. Porque quiero irme, tengo que irme, y a la vez quiero quedarme. Yo, que nunca tuve muchas emociones claras por lo que le pasara a la gente cercana, ahora soy un terremoto, un torbellino.

–Quiero hacer algo contra los Troy –digo, recordando a Randy Pympp y toda su estructura en Ciudad Vicio–. Tengo algo que ellos estarán buscando. Ni debe saber que anda faltando, todavía.

Le muestro el cilindro y le explico que contiene el material recién sintetizado. Él emite un silbido de admiración. Papá, que todo este tiempo estuvo controlando a Jairo, intentando hacerlo reaccionar, dice que tenemos que salir.

Ahora sí que no hay más tiempo, dice.

El TerritorioHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora