Casi no puedo respirar cuando le sigo preguntando:
–¿Qué pasó después?
–Recorrí las instalaciones hasta que lo encontré. Encontré al que buscaba en una habitación separada. El Gaucho Grande. Estaba solo y no se sentía a gusto. Él no lo disimulaba. No quería estar ahí pero tampoco podía irse. Estaba a las órdenes de Rozas, me dijo, no había nada que hacer. Le pasé el pote que me había dado Margarita.
Yo me rasco el mentón.
–¿Entonces es verdad que te dio un potecito? ¿Cuando se quedaron conversando como dos conspiradores?
–Claro que me lo dio.
–¿Y te dijo que te metieras en la boca del lobo sin importarle tu, cómo diría mamá, tu integridad física?
Jairo inspira con dificultad.
–Eso no. Yo le dije que tenía algo poco común. Como si te dijera que tenía mucha suerte. Empezó a pasarme de golpe, no hará ni dos días, pero de pronto me parece que nadie me quiere hacer mal. No es que me parece. Estoy seguro.
–Bueno, te creo –lo corto yo para que no siga explicándome como es un chico mimado que ahora, para colmo, tiene suerte.
Y me pregunto qué tipo de suerte puede tener un chico con un problema de salud como el suyo, y al recordar eso se me cierra la garganta y por un segundo no puedo hablar, porque no puedo creer que yo llegue a ser tan egoísta con él. Él se da cuenta porque sigue hablando.
–Entonces le llevé el pote que me había dado Margarita y se lo di. Él lo devoró en un segundo.
–Está bien, vos le llevaste el pote, hiciste lo que te dijo Margarita. ¿Pero por qué viniste hasta el Territorio?
Él sonríe y muestra todos los dientes blanquísimos.
–No podía dejar solos a mi papá y a mi hermano.
Yo gruño.
–¡No ves que nos hiciste todo mucho más difícil!
Él se ríe con un buen humor que no le recordaba ni de cuando estaba sano.
–No veo que la estuvieran teniendo muy fácil. Por lo menos no parecía eso.
Con él no se puede hablar, eso siento, así que le cambio de tema.
–¿Y después de acabarse el pote el Gaucho qué hizo?
Jairo hace una mueca de indiferencia. Quiere alzar los hombros pero el movimiento, al parecer, lo cansa. Tiene animación en la voz pero debe estar exhausto. Yo tengo miedo de que el cuerpo pronto le deje de responder.
–No es que haya hecho nada. Se le rompió la dependencia hacia Rozas. Antes era como un esclavo, tenía la voluntad quebrada. Ahora no. Se había liberado.
–El dulce de leche –digo yo–. No puede ser, me parece un cuento de viejas.
–Le podés decir dulce de leche, pero no es. Es otra cosa. No sé. Lo que pasó después es que el Gaucho fue recuperando facultades y de pronto ya estaba listo.
–Margarita me dijo que necesitaban tu sangra o la mía para activar la bomba.
–Ves, ahí. Eso me parece el cuento de viejas. Tu sangre o la mía para una bomba, ¿vos no te escuchás cuando hablás?
–Disculpame –me ofendo–, me lo dijo Margarita.
–Te estaba tomando el pelo, hermanito. Escuchame, te sigo contando que me llevé al Gaucho. Bueno, él me llevó a mí, pero era como si yo lo llevara. Yo lo rescaté, entendés.
Yo le digo que sí. ¿Qué le voy a decir? Mi propio hermano diciendo que rescató a la persona más poderosa de la Federación.
–Antes te creías invulnerable y ahora...
–Yo no me creía invulnerable. Vos usaste esa palabra, yo no.
–Bueno, lo charlamos después.
Ojalá haya un después.
–El Gaucho se da cuenta de que si se enfrenta a la Flor va a poder frenarnos. No es una cuestión de fuerzas. Él siempre va a ser más fuerte que la Flor, físicamente. Pero la Flor tiene como un encanto sobre él, eso me pareció. Algo que sigue operando.
–Aunque le diste el dulce –me burlo.
–Exacto –dice él de lo más serio–, un poco como le pasaba a mamá con papá, que aunque estaban separados y ella le ponía los puntos muy fácil, si él un día se ponía simpático y adorable, ella quería pasar tiempo con él. Estaba atrapada.
Igual que el Gaucho Gil con Rozas. Eso sugiere mi hermano. Y a mí me da fastidio que piense que Rozas tiene ese don. También me da fastidio que si lo tiene lo use con otra persona. Porque creo que conmigo también lo usa.
–Entonces –sigue Jairo– el Gaucho Gil y yo nos escapamos. Viste que a él le disparan y es lo mismo que nada.
–Pero la Flor sigue teniendo la bomba –le digo–. La puede hacer explotar cuando quiera.
Jairo sacude la cabeza. Sonríe.
–Eso no. Le robé el cofrecito con todo el leontium. Sin eso es como un auto sin nafta. Nunca van a hacer que explote.
Todas las precauciones por no destruir las instalaciones, por miedo de que detonen la bomba, y ahora resulta que el leontium estaba en otro lado. Yo ya no sé qué pensar.
–Tomá el cofre –me dice Jairo–, guardalo bien. Porque si te lo roban pueden hacer volar medio continente.
Me pasa el cofre. Yo lo escondo entre mi ropa, muy pegado a la piel. Es de tamaño pequeño, no pesará ni medio kilo.
***
–Más allá... del leontium... –dice Jairo con mucha lentitud– a Rozas... solamente... vos... lo podés frenar.
De pronto se queda tieso. Se queda mudo. No es que se desmaya, es más como si entrara en pausa. Como en la Bella Durmiente cuando todos se quedan duros.
–¿Jairo? –le digo.
Quedó con la boca y los ojos abiertos. Me da tanta impresión que se los cierro. Lo levanto de la cama, me lo cuelgo al hombro lo mejor que puedo y me lo llevo.
Está rígido como un peso muerto. Pero lo que más me asusta es que lo puedo levantar sin esfuerzo.
Parece más ligero que una pluma.
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El Territorio
Science Fiction...lo único que cambia es el pasado El joven Antay necesita un corazón para su hermano. Su única posibilidad de conseguirlo se halla en el Territorio, provincia donde los delitos están permitidos... La antigua República Argentina fue invadida en 198...
