V. 11. Un día tan hermoso va a pasar algo muy malo

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El cielo se ve tan despejado y el auto huele tan bien, por algún milagro, que me da por pensar que se terminaron las partes más amargas de las aventuras. Es un día viernes, me pongo a pensar, además. Los días viernes tienen ese sabor a aventura liviana, sin preocupaciones, cualquiera que vaya a la escuela lo sabe. Estoy viajando junto a una ventanilla, las piernas de Jairo me rozan cada vez que el auto se mueve. Papá, como siempre, viene a sacarme de la ilusión.

–Falta lo más difícil –explica, abriendo la guantera.

Saca un facón que tiene una hoja de veinte centímetros. Me pregunto qué hará allí. Le saca la funda y pienso, por un segundo, que va a usarlo contra Jaimie. Nuestro chofer. Pero Jaimie entiende al vuelo que no es eso lo que sucede y sigue de lo más concentrado en la ruta.

Papá usa el facón para sacarse mugre de las uñas. El gesto es tan gris que noto lo desmejorado que está. Cuando se queda quieto o a lo sumo habla, no es algo que salte a la vista. Ahora sí. Aunque el gesto sea tan nimio, noto su agotamiento y la falta de coordinación entre las partes de su cuerpo.

Le cuesta levantar el brazo izquierdo, me doy cuenta, y cuando por fin lo logra, tiembla.

–No tenemos que enfrentar a próceres malvados ni a santitos locos –sigue papá–, ahora solo nos quedan criminales comunes, pero esos pululan por el Territorio, sobre todo cuando uno se acerca a un dragnet para volver a la libertad.

–¿Cómo a la libertad? –dice Jaimie–. No hay libertad en la Federación. La única libertad real existe en el Territorio.

Papá sonríe. Lo mira con cara de "no seas tan estricto" y sigue limpiándose las uñas.

***

A medida que nos alejamos, la presencia militar disminuye. Ahora viene otro tipo de gente que vive y trabaja al margen de la ley. Los chatarreros, los carroñeros. Pienso que es cuestión de tiempo antes de que nos encontremos a uno y mi sensación de día viernes, de paz venidera y festejo se esfuma. Le toco la pierna a Jairo, le miro la cara tan blanca y de ojos bien cerrados. No sé por qué pero siempre me dio la sensación de que va a caer parado. Es alguien que podría encender un fuego abajo del agua, mi hermano. Creo que nunca tuve un miedo real por su salud o quizá sí lo tuve pero de un modo indirecto, disfrazado.

O quizá le deseé lo peor y por eso nunca tuve...

Un impacto contundente hace tambalear el vehículo. Observo que algo hundió el capó y astilló una parte del parabrisas. Jaimie maniobra con facilidad y evita otras piedras de gran tamaño que nos están arrojando.

–Tienen catapultas estos muertos –dice Jaimie con desprecio.

–Nos quieren distraer –dice papá–. Si logran hacernos frenar, ahí atacan, pero aunque no frenemos se esperan que hagamos movimientos extraños. Vos seguí como si nada.

–Claro –dice Jaimie.

Yo nunca alcancé a ver ni dónde estaban las catapultas.

***

Menos de un kilómetro después, sin que nos haya pasado gran cosa, vemos a una mujer joven, quizá una adolescente, al borde de la ruta. Está sola, despeinada y llorando. Hace dedo. Veo que Jaimie no aminora la velocidad y yp le digo que pare. Que tiene que parar.

–Estás loco –dice papá–. ¿No ves que es una cómplice de los otros tipos, los que lanzan piedras?

–Vos no podés saber eso.

Justo mientras digo eso pasamos a toda velocidad junto a la chica.

–Pegá la vuelta, dale –grito.

Jaimie titubea. El volante se le desestabiliza. La chica nos ve y empieza a correr hacia nosotros. Papá, de pronto nervioso, le apunta a Jaimie con el facón en la garganta.

–Vos manejá. Para adelante. Las órdenes las doy yo, el nene que está muriéndose en el asiento trasero es mi hijo. No lo voy a discutir con vos tampoco, Antay. Hoy no.

Jaimie sigue manejando. Yo me apoyo muy rígido contra el respaldo. Me cuesta respirar. Creo que a todos nos cuesta. Pero pasan los kilómetros, papá en un momento se relaja. No hay nadie en la ruta, ni humano ni vehículo, hasta donde alcanza la vista. Papá le dice a Jaimie que frene, se meta un poco por la banquina, quiere que nos pongamos de acuerdo en algo.

Él que tanto decía que no hay tiempo. Ahora nos hace frenar porque seguramente se siente culpable.

***

Papá deja el facón sobre su asiento y vuelve a abrir la guantera. Ahora saca un revólver, me lo da. Me dice que yo vigile, no nos vaya a emboscar nadie. Después baja. El día es de verdad espléndido, templado y con poco viento.

Yo tiemblo. Un día tan hermoso, tan soleado. Va a pasar algo muy malo, por supuesto.

El TerritorioHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora