V. 14. Nunca es una tragedia morir para el que muere

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Se ve que papa espera que lo consuele, pero no puedo. Hay cosas que uno tiene que vivir solo y perdonarse solo. Quizá alguna otra persona lo pueda perdonar más fácilmente. A mí me cuesta porque es mi papá. No es nada fácil perdonar a un padre. Ahí me doy cuenta de que él seguramente exageró su papel así a mí no me duele tanto, ahora, perderlo. No me duele tanto no poder perdonarlo. Porque de verdad lo estoy perdiendo y ni siquiera así lo puedo perdonar. De ninguna de sus heridas mana sangre a borbotones pero igual no creo que pueda sobrevivir.

Es imposible que se salve. Hasta yo me doy cuenta.

–Eso es lo que hice con Jaimie. Con Ernesto. Le arruiné la vida con un solo movimiento. Yo soy esto, hijo. Ojalá hubieras podido no enterarte. Ahora si querés despreciame.

***

–Mirá si te voy a despreciar, y aparte qué importa lo que yo haga o deje de hacer.

Ahí papá se adormece. Entrecierra los ojos. Se cree que ya no tiene nada que hacer.

–No te duermas –lo sacudo–. ¡Papá, no me vas a dejar solo y que el único despierto sea yo!

Él se ríe, pero abre los ojos apenas, una raja nomás.

–Te morís si te dejo sola, o no, Antay.

Esa es su manera de decirme que me quiere mucho. Le aprieto la mano y le digo, también a mi manera, que pase lo que pase yo lo adoro.

–Me muero, papá. Por favor.

Quisiera decir otras cosas pero me parece inútil. No vale ser cruel para evitarse el dolor.

–No te vas a morir –le digo.

–No, sí que me voy a morir. Además hace falta.

–No digas locuras. ¿O es que estás delirando?

Me sueno la nariz y él se ríe. Me río yo también sin darme cuenta. Cuando esa compuerta se abre del todo, las emociones se mezclan tanto que no tiene sentido separarlas. Pero tengo que pensar un poco, al menos un poco, porque papá tiene un plan. Se ve que tiene un plan y no me lo comunica.

No me hace falta pensar mucho para ver el plan yo también.

***

–Vos ya sabías que iba a pasar esto –le digo a papá.

–Más o menos.

–A vos te parecía que con tu corazón alcanzaba.

–Para qué iba a encontrar otro, ¿no?, si ya tenía ese.

–Y Jaimie fue tu cómplice.

Papá sacude la cabeza. Emite un gemido de dolor.

–Eso no. Si hubiera sido mi cómplice, le habría pedido que me tajeara más cerca de la frontera y no acá. Habría sido más cómodo para todos.

–Pero te cuidó el corazón.

–Habrá entendido al vuelo lo que cualquiera, si miraba con atención, habría entendido de antes. Vos no lo podías entender porque lo sentías muy de cerca, entonces no lo podías entender. Pero fijate ahora cómo no me hizo falta decirte nada.

En eso tiene razón. El plan de papá se me revela límpido y entero. Él espera que su corazón sirva para Jairo. Nunca tuvo ningún freezer portátil. Nunca consiguió otro corazón. Le digo todo esto.

–No, conseguí un corazón hace tiempo, pero me lo robaron. Eso no importa. Yo siempre fui el mejor freezer portátil.

–Un corazón de adulto no sirve para un niño.

–El mío sí. Lo hice adaptar. Por eso me viste lastimado cuando llegaste a lo de Roth. Unos nano-bots hicieron la cirugía. Ya tenía todo listo para volver a la Tóxica y donar mi corazón. Ya la suerte estaba echada, con el corazón adaptado no podía sobrevivir más que una semana.

–No puede ser.

–¿Viste que no? Parece fantasía lo que hacen esos robots.

–No hables así, parece que no estás siendo respetuoso.

–¿Conmigo?

–No, con la muerte.

Nos quedamos callados por unos segundos. Después papá recita unos versos que yo nunca le había escuchado:

–Nunca es una tragedia morir para el que muere / solo es una tragedia vivir para el que queda.

***

Pienso en algo para decirle. Quisiera oponerme a él con algún buen argumento. No me parece justo lo que pasa. Casi le digo: No estoy de acuerdo en que te mueras entero por un solo hijo. Me contengo a tiempo de decir algo tan egoísta.

–Me da un poco de pudor que me veas así –dice papá.

–¿Lastimado? –le pregunto.

–No, así que puedo parecer un héroe.

–Mirá si vas a ser un héroe –casi me río–. Esta charla ya la tuvimos y estuvimos de acuerdo en que no hay riesgo de que parezcas un héroe.

–Tampoco me bajes el precio –dice él.

Casi por primera vez en la vida siento que estamos hablando. Dicen que una mujer solo se vuelve una mujer de verdad cuando se queda sin padres. Yo no sé, para mí no puede ser verdad. Pero por primera vez siento que estamos hablando.

También pienso que si acá hay un héroe, no puede ser él. Tengo que ser yo. Pero yo no soy un héroe de nada. Entonces no hay héroes, me doy cuenta, y buscar héroes es una distracción.

–Sabés, papá –le digo–. Yo por mucho tiempo pensé que el héroe es el que no tiene miedo. Pero yo fui más fuerte cuanto más miedo tenía, no cuando quise reprimir mi miedo o hacerme el valiente. Yo a lo mejor soy un miedoso.

–No –dice muy serio.

–Los héroes que yo conocía eran tipos activos. Los más fuertes. Los que tomaban armas en un mar de dificultades y se les oponen y liquidan los obstáculos. Los que lo lograban solos, sin la ayuda de un padre, de un maestro o de un compañero. Lograban las cosas ellos solos y así ayudaban al grupo, desde arriba, no como pares. Eran héroes desde su soledad. No eran uno más, al revés. Estaban casi afuera, se quedaban separados y aparte. Yo en cambio siempre fui uno más y lo poquito que logré fue gracias a la gente que tenía cerca, a Kubrick o Sierra o la Negra Margarita. Incluso gracias a vos, papá. Yo solo nunca logré nada. Eso quiere decir que valgo muy poco.

–Pero no, Antay. No hay nada más antisocial que un héroe como los que vos decís. En nuestro país, lo que va a ser nuestro país, lo que hace falta no son héroes. Lo que hace falta es gente social que pueda trabajar en equipo. Que ponga el acento en ser una más, no en engordarse el ego.

–Yo muy social no soy, soy de lo más introvertido.

–Ser social no tiene nada que ver con ser el que cuenta los chistes. Ni siquiera con pasar tiempo con gente, Antay.

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⏰ Última actualización: Feb 06 ⏰

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