Me quedo con la enfermera junto al camión sanitario. No tengo apuro en hacer ningún movimiento. No quiero entrar y ver algo demasiado terrible, no me siento preparado. Si hablo con la chica un ratito quizá voy a poder, así que le hablo. Ella es tan servicial que me pone nervioso. Se apura a secarme las lágrimas con la manga de su delantal. Dice que no quiere contagiarme su angustia, que debería ser al revés, ella debería consolarme pero no puede, nada está pasando como se imaginaba y aunque debería estar agradecida, vio tanta miseria en las últimas horas que no puede. Se siente rota, partida al medio, le gustaría estar en cualquier otro lugar.
–¿Por qué deberías estar agradecida?
–Porque me escapé. Los británicos me liberaron. No es que me liberaron. Yo me escapé. De Ciudad Vicio, con esto de las bombas. Yo estaba presa, no voy a entrar en detalles. Quise cruzar a la Federación desde Vicio pero en la dragnet me frenaron. Me preguntaron si tenía pasaporte y yo les dije que no. ¿Qué tipo de ID me iban a dejar en Vicio? No me dejaron tener ninguno. Bueno, sin pasaporte no podía cruzar, me dijeron. La ciudad estaba explotando pero lo mismo yo no podía cruzar. Era una fiesta para los cuervos, yo nunca vi algo así. Los pájaros carroñeros volando en bandada desde las tierras con ley, donde no los deben matar tanto, viniendo a picotear al Territorio. Yo tenía lo puesto, no tenía dónde ir, era un milagro que hubiera llegado entera a la dragnet. Y ellos que no me podían dejar pasar. Ahí me preguntan qué sé hacer yo, qué talentos tengo, ya ni sé cómo lo preguntan. Yo no es que tenga una profesión como plomera o electricista, que ojalá tuviese para vivir tranquila en un barrio cualquiera. Te juro que no me importa ni que me quiera echar el dueño, ni comer de vez en cuando, ni que me muerdan las pulgas. No me importa nada con tal que pueda pasar al Territorio y que no me puedan hacer cualquier cosa, pero no me van a dejar, ya me frenaron. Entonces les digo que sé coser, que sé barrer, esas son las cosas que entiendo. Ahí me dicen que al cuerpo de gendarmes británico le hace falta una enfermera. Que luego de mi servicio van a hacerme un ID transitorio con el que puedo llegar a cualquier embajada de la Federación. Les digo que soy menor, ¿cómo me van a llevar de enfermera? Ellos dicen, me recuerdan muriéndose de risa, que estamos en el Territorio, que podrían pegarme un empujón si prefiero y que me coman los bichos. Me pegan un empujón y que me coman los tiburones, para ellos es lo mismo. Entonces yo acepto y acá me tenés, disculpame si lloro. Es que vi a alguien tan chiquito como tu hermano, que acá casi no hay nadie, y me da por llorar. Eso que tendría que estar contenta porque me escapé de Vicio, o porque los británicos tuvieron el gesto de liberarme, o al menos de darme un empleo. Por eso tu hermano me hace llorar, me parece.
Yo me doy cuenta de que es el modo que tiene de llorar por sí misma. Se nota que nunca pudo aprender a llorar por sí misma, solamente le habrán permitido llorar por los demás.
–¿Por cuánto tiempo tenés que estar al servicio de ellos para que te hagan el ID?
Se seca las lágrimas y ahora se ríe. La sonrisa es tan luminosa que me olvido de que subiendo los escalones donde ella ahora se sienta voy a encontrarme con mi hermano en no sé qué condiciones.
–Por tiempo indeterminado, me dijeron. Me da risa, por eso me río.
No tiene nada de cómico. Los dos lo vemos.
***
–Antay –dice alguien muy suavecito desde adentro del camión.
Es Jairo. Yo le pido permiso a la chica y subo la escalera. Abro la puerta. Entro a un ambiente bastante espacioso en el que hay camas separadas por cortinas. Solamente unas pocas están ocupadas. Pronto encuentro a mi hermano.
–Volvé urgente a las instalaciones –me dice Jairo–. De donde vengo yo. Por favor te lo pido. Tenés que frenar a la Flor. Si no vas vos, nadie va a poder frenarla.
–Jairo, vos ya hiciste un montón. Casi que hiciste demasiado. No te exaltes, no hables mucho. Te vamos a llevar, te vamos a operar y pronto...
–No hables tanto de mí. Hablá de vos y los demás. Pensá en vos y en los demás. Yo soy una sola persona, no puedo importar tanto.
–Para mí sí que importás tanto.
Debe haberme visto la cara retorcida de dolor, yo que venía imaginando que se moría en mis brazos en ese paraje abandonado, porque cambió el tono.
–No te lo quería decir mal. Quería decirte que yo voy a estar bien, no te preocupes por mí –y de verdad parece que él no se preocupa por él, no porque sea un suicida o un loco sino por estar convencido de que no puede pasarle nada malo–. ¿Está bien? ¿Te puedo contar lo que vi? Bueno, escuchame. Apenas entré fui ver quién estaba a cargo. Vos ya lo debés sospechar. No era ningún Troy. Era la Flor, pero ella no me prestó atención. En realidad no era solo Rozas. Nadie sospechó de mí. Nadie quiso saber qué hacía ahí, por más que yo viniese del mundo del enemigo, y a veces pienso, ¿sabés lo que pienso a veces? Que soy indestructible, que nadie me puede frenar. Porque hasta a los demás les conviene no frenarme.
–Vos no estarás delirando –le digo.
–Pero no. ¿No viste que pude caminar intacto entre las balas? Antay, no sé cómo decirle sin que parezca que soy un estúpido, pero me parece que soy...
–Invulnerable –digo.
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El Territorio
Science Fiction...lo único que cambia es el pasado El joven Antay necesita un corazón para su hermano. Su única posibilidad de conseguirlo se halla en el Territorio, provincia donde los delitos están permitidos... La antigua República Argentina fue invadida en 198...
