Capítulo ocho

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Sentí mis mejillas húmedas y mis ojos arder. Ni siquiera me di cuenta de que había comenzado a llorar, y es que últimamente lo hacía tan seguido que me parecía algo normal.

Me puse de pie y bajé rápido hasta la cochera para sacar las pinturas que tenía guardadas, tomé todo lo que necesitaba y fui hasta la sala encendiendo la luz. Vacié los pequeños tubos de pintura en mi paleta y comencé a pintar como nunca lo había hecho antes. No sabía qué hora era y no me importaba tener escuela mañana, sólo podía recordar la voz de Tyler y de mamá mientras movía el pincel de un lado a otro sobre el lienzo.

Eran casi las ocho, no había dormido nada, mis brazos, rostro y ropa estaban manchados de pintura, y tenía hambre. Otro día había comenzado y yo estaba sentado en el suelo frente al cuadro terminado.

Pude haberme quedado el resto de día así, incluso toda la vida si hubiera querido, pero me había prometido seguir adelante por ese lindo castaño.

Había llegado veinte minutos tarde, así que decidí no entrar a la primera clase e ir a la cafetería por algo de desayunar. Ahí estaba Pete sentado en una mesa.

― Buenos días ―lo saludé tomando asiento frente a él con mi bandeja de comida―. ¿También llegaste tarde?

― Hola, Josh ―respondió en voz baja sin levantar la vista. Llevaba una chamarra gris con capucha y unos mechones de su cabello se le pegaban a la frente.

― Oye, ¿qué sucede?

― Jessica.

― Bien... ¿quién es Jessica?

― La maestra suplente, la chica que me había invitado a ir a su departamento.

― ¿Qué pasó con ella? ¿Canceló? ―Pete negó restregándose los ojos con el dorso de la mano.

― Llegué un poco antes a verla y ella estaba con otro tipo, era su prometido.

Casi me atraganto con el yogurt. ¿Cómo era eso posible?, quiero decir, ¡es Pete Wentz! Nunca lo había visto así de decaído por una chica, realmente le gustaba.

― Tranquilo, esto no va a quedarse así. Nos vemos en el estacionamiento a la salida ―dije terminando rápido mi comida cuando escuchamos el timbre.

― ¿Dé qué estás hablando?

― Confía en mi ―le guiñe un ojo y tomé mi mochila para ir a la segunda clase, mientras le mandaba un mensaje a Brendon.

Dallon, Brendon y yo esperábamos a Pete en el estacionamiento después de haber hablado entre nosotros. Teníamos un plan muy estúpido y arriesgado en mente que probablemente terminaría mal, pero nuestro amigo lo valía.

Pete llegó con nosotros con una cara de confusión, por lo menos ya no se veía tan triste.

― ¿Qué están tramando? ―quiso saber― Parecen como unos de esos pandilleros que salen en las películas, sólo más idiotas.

― ¿Qué? ¿Lo dices por los lentes de sol? Nos hacen ver geniales ―se defendió Brendon.

― Íbamos a dar un paseo, ¿nos acompañas? ―preguntó Dallon pasando el brazo sobre sus hombros.

― Recuérdenme por qué me junto con ustedes.

― Porque somos los más geniales de la escuela, duh ―respondió Brendon dándole una palmada en la cabeza―. Ahora, las llaves de tu auto.

Pete dudo, pero al final se las entregó y los cuatro subimos a su auto dejando a Dallon conducir, porque la verdad teníamos miedo de como conducía Brendon. Así iniciamos nuestra travesía hasta el súper mercado.

Al llegar bajamos y entramos tomando un carrito de compras, el cual Brendon montó mientras Dallon lo empujaba a través de los pasillos.

― ¿Por qué estamos aquí? ―cuestionó Pete.
― Sólo necesitamos algunas cosas para la segunda parada ―respondí dirigiéndome hacia los refrigeradores.

Me preguntaba que irán a pensar los de seguridad cuando vieran las cintas y, también, qué se imaginaba la gente que nos está viendo en ese momento.

Terminamos de tomar todo lo que necesitábamos y fuimos a pagar en caja riéndonos de la expresión de susto la cajera.

Subimos al auto y Dallon volvió a conducir a la par que todos cantábamos las canciones de la radio tratando de alegrar a Pete.



Llegamos a nuestro destino, el edificio de la chica. Bajamos del auto tomando las bolsas y Pete se alteró cuando vio donde nos encontrábamos.

― ¿Qué tamos haciendo aquí?

― Venimos a enseñarle una lección a una chica que se ha portado muy mal ―respondió Brendon.

― ¿Cuál es el número de su departamento? ―preguntó Dallon, y después de pensarlo por unos segundos, Pete accedió a dárnoslo.

El edificio no era muy grande ni elegante, ni si quiera había alguien en recepción, así que pudimos pasar fácilmente. Brendon logró abrir la puerta de su habitación con la llave que se había robado del carrito de la chica de la limpieza mientras Dallon la distraía.

Pasamos cerrando la puerta tras nosotros y comenzamos a repartirnos las cosas.

― Saben que el vandalismo y allanamiento de morada son delitos, ¿verdad? ―dijo Pete.

― No estamos rompiendo ninguna ley, sólo hacemos decoraciones ―Brendon tomó el papel higiénico y lo lanzó por todo el pasillo.

― Vamos, te sentirás mejor al terminar ―traté de convencerlo―. Sólo arroja un huevo, y si crees que no es lo correcto, nos marchamos.

Pete me miró dudoso mientras sostenía el huevo en su mano. Tomó una gran bocanada de iré y cerró los ojos arrojando el huevo con fuerza hasta estrellarlo contra una pared.

― ¡Eso, Pete! ―lo animó Brendon dando saltos― Ahora otro.

Y así fue como nos terminamos las dos carteras y los tres paquetes de papel higiénico.

Decidimos conducir tranquilos hasta el lago y ahí pasamos el resto de la tarde.

Pete se había quedado dormido en los asientos traseros del auto después de unas horas, y yo estaba sentado sobre una roca, mientras veía a Brendon y Dallon hablar y reír entre ellos.

Extrañaba tanto estar así con alguien.
Extrañaba tanto estar así con Tyler.

De pronto sonó mi celular, era un mensaje del oficial Schmidt:

"... encontraron un cuerpo".

Slowtown | JoshlerDonde viven las historias. Descúbrelo ahora