Capítulo sesenta y nueve

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― Muchas gracias por recibirme de nuevo.

― Me alegra que volvieras, aún tenemos cosas que arreglar ―sonrió cerrando la puerta―. Toma asiento, por favor.

Pasé a sentarme en el sofá café de la última sesión. Antes de entrar le pregunté a Brendon porqué había decidido usar pantalones ajustados ese día, pensaba que eran lo más incómodo del mundo, pero en realidad se sentían bastante bien. Hasta podría comprar un par para mí mismo.

― Muy bien, podemos comenzar hablando sobre ese ojo morado ―propuso la psicóloga.

― No hay mucho que decir, me metí en una pelea con un chico de mi clase ―respondí encogiendome de hombros.

― ¿Alguna razón en particular?

― Tonterías ―sonreí tratando evadir el tema―. He estado pensando en lo que hablamos durante la última sesión, sobre mis amigos.

― Eso es muy interesante, ¿llegaste a alguna conclusión?

― Que tenía razón ―suspiré―, ellos no me quieren en verdad.

Ella sonrió al notar que había logrado su objetivo, hacerme sentir mal, luego tomó unas notas en su tableta.

― Lo siento, pero sabes que yo estoy aquí para ti y que jamás te mentiría como ellos ―dijo―. Quiero ayudarte.

― ¿Cómo?

― Me contaste que tus padres te habían enviado aquí, ¿no crees que en realidad lo que querían era deshacerse de ti? Es decir, en mi opinión profesional tú no tienes ningun un problema, eres un chico inteligente, educado y muy apuesto, pero ellos no te ven así, te consideran un estorbo.

― Supongo.

― ¿No te gustaría cambiar su forma de pensar y ser más que eso?

― Sí.

― ¿Ser útil?

― Sí.

― ¿Y tener una mejor vida?

― Sí, sí me gustaría.

― Que buen chico ―acarició mi mejilla, como si fuese un perro.

Se levantó de su asiento y fue a su escritorio para tomar el teléfono.

― No vas a cambiar de opinión, ¿cierto?

― No ―respondí.

― Excelente.

Realizó una llamada muy breve, la cual no pude escuchar, y colgó para dirigirse a la puerta.

Me pidió que la siguiera. No sabía a donde me conducía y comenzaba a ponerme un poco nervioso, por ello me enfocaba en recordar el camino y aquello era de lo más complicado, puesto que cada pasillo y puerta lucían exactamente iguales. Llegamos a una habitación y ella tocó la puerta, haciendo que un hombre de avanzada edad abriera.

― Buenas tardes, doctor ―lo saludó―. Este es Brendon, el paciente del que le hablé.

― Hola, es un gusto conocerlo ―dije.

― Lo mismo digo, muchacho ―me sonrió.

― Estarás aquí unos minutos y volveré por ti ―me informó la psicóloga―. Lo dejo en sus manos, doctor.

― Por supuesto. Pasa, jovencito.

Entré a la habitación y él cerró la puerta. Era un consultorio más amplio que el otro, ya que contaba con una mayor variedad de equipo y mobiliario: una camilla, gabinetes, un par de plantas y una puerta que supuse era del baño.

Slowtown | JoshlerHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora