Capítulo veintisiete

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Tyler me contó que su padre había vuelto hace unos días, después de haber desaparecido de su vida por casi cinco años.

Le pidió perdón a su madre por haberlos abandonado y ella lo aceptó de vuelta creyendo que todo sería diferente, hasta que una noche llegó ebrio como antes e intento golpearla. Él la defendió y juntos lograron echarlo del departamento, así fue como obtuvo esas marcas y heridas en su cuerpo.

No fue nada fácil convencerlo de decirme la verdad, pero cuando finalmente lo hizo, me confesó que se sentía mejor por tener a alguien que lo escuchara, alguien a quien le importara realmente.

Me sentía feliz porque eso significaba que confiaba en mi, pero también me sentía muy molesto y frustrado por su situación. Ellos no merecían nada de eso, si ese hombre decidió largarse por tanto tiempo sin dar explicaciones, no tenía el derecho de volver y hacerlos sufrir de nuevo, mucho menos de ponerles una mano encima.

Por suerte ninguno de los dos lo había vuelto a ver después de ese enfrentamiento, aun así no había nada que nos asegurara que no aparecería de pronto e intentaría atacarlos nuevamente, así que decidí darle mi celular a Tyler para que me llamara en caso de que algo malo les sucediera, si necesitaban cualquier cosa, o si solo quería compañía.

Por supuesto que él se negó al instante, pero al final aceptó cuando le dije que de todas formas había estado ahorrando para uno nuevo y que me haría sentir un poco más seguro saber que podría comunicarse conmigo cuando no estuviésemos cerca el uno del otro, además de que me sabía muchos chistes por si sentía triste y era el mejor contando historias para esas largas noches de insomnio.

Ya habían pasado dos semanas desde ese día, y desde nuestro primer beso ―y el único hasta ahora―. Aunque quería volver a intentarlo, no me atrevía porque no sabía si ese beso había sido algo que estaba destinado a pasar, algo que los dos habíamos estado deseando que ocurriera desde hace mucho tiempo, o si solo fue un impulso del momento en el cual él ni si quiera había pensado como yo lo hacía a cada segundo que pasaba a su lado.

Escuché a Tyler hablar y lo miré perplejo, dándole a entender que no había prestado atención a lo que dijo. Él rodó los ojos, divertido.

― Te pregunté en que estabas pensando.

― Oh, en nada ―respondí apenado―. Lo siento, sé que he estado muy distraído.

― No hay problema, pero si es por ese examen de historia, te aseguró que no tienes nada de qué preocuparte. Lo pasarás fácilmente, eres muy inteligente.

― Si lo llego a pasar será porque tengo al mejor tutor del mundo. Gracias por ayudarme a estudiar, Ty.

― Lo hago con gusto, me alegra ayudarte.

― Y a mí me alegra pasar más tiempo contigo ―y allí iba de nuevo, ese bonito tono rosa que pintaba sus lindas mejillas cada que le decía un cumplido, acompañado de un pequeño hoyuelo al lado de sus carnosos labios.

― A mí también me alegra pasar más tiempo contigo ―respondió mientras seguíamos caminando juntos.

Ninguno de los dos dijo nada más por algunas cuadras.

Ya era de noche y la temperatura había descendido, no habían más que un par de personas caminando por la acera de en frente vistiendo enormes abrigos para cubrirse del fío, y yo sólo me concentraba en visualizar nuestras sombras proyectadas por los arbotantes.

De pronto él me llamó.

― Josh.

― ¿Sí? ―pregunté aun con la vista en el asfalto.

― M-me preguntaba si yo... si tú... b-bueno... ―lo miré expectante cuando nos detuvimos antes de cruzar una calle. Él hacía todo lo posible por no mirarme a los ojos y después de unos segundos sentí su mano tomar la mía con timidez, lo cual me sorprendió― el invierno se acerca.

― ¿Qué? ―solté una carcajada divertido y él rio conmigo― ¿Seguro que eso era lo que querías decirme? ―pregunté entrelazando nuestros dedos y acariciando su mejilla con los nudillos de mi mano libre.

Él negó con la cabeza y lentamente su rostro se fue acercando al mío haciéndome cerrar los ojos justo antes de sentir sus labios sobre los míos.

Era un movimiento lento e inocente, justo como el primero. Sus largas pestañas me hacían cosquillas en la piel y las puntas de sus zapatos topaban con las mías, y no sentía la necesidad de acelerar las cosas porque el simple hecho de sentir su cariño me reconfortaba de una manera inexplicable.

Nos separamos apenas unos centímetros, dejando nuestras frentes unidas. Su respiración era tranquila como la mía, pero su mano comenzaba a sudar, señal de nerviosismo.

― Lo siento ―se disculpó apenado y soltó mi mano para limpiarse con sus pantalones.

― Esta bien ―le dije separándome un poco para verlo, y volví a tomar su mano― ¿Tú estás bien?

Lo estoy contigo.

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Slowtown | JoshlerHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora