Capítulo sesenta y siete

543 98 27
                                        

El silencio reinaba en el auto mientras nos dirigiamos de vuelta a casa. Ya había oscurecido, pero apenas llevábamos una hora en la carretera de las cinco que nos tomaba llegar allá. Sentía las miradas de los chicos sobre mi y apenas lograba escuchar uno que otro murmullo, al final Dallon fue el valiente que se atrevió a dirigirme la palabra.

― ¿Estás bien, amigo? ―preguntó― No has dicho nada desde que saliste de ahí.

― Sí, no lo sé ―suspiré mirando a través de la ventana. Me había hecho un ovillo entre la puerta.

― ¿Qué sucedió? ―quiso saber Ryan.

― Vi a la psicóloga y estuvimos hablando. No quería decir nada en serio, pero entré en pánico y dije cosas que no quería decir ―respondí.

― ¿Qué tipo de cosas?

― Personales ―talle mis ojos―. No lo entiendo, es como si me hubiese bajado el ánimo con solo escucharla.

― ¿Qué no se supone que debería de ser lo contrario? Es una psicóloga, tendría que ayudarte, no ponerte peor ―dijo Gerard.

Nos quedamos de nuevo en silencio hasta que Brendon se quitó el saco, provocando que el frasco de pastillas saliera disparado al suelo.

― ¿Qué es esto? ―preguntó Dallon, tomando el frasco.

― No tengo idea, no es mío ―respondió Brendon.

― Me lo dio ella ―aclaré y me senté correctamente para verlos―. Dijo que me harían sentir mejor hasta volver a verla, pero no sé como exactamente.

Brendon destapó el frasco para vaciar unas cuantas pastillas en su mano. Todos tomaron una, excepto Gerard, quien debía mantener sus manos en el volante y vista en el camino.

― ¿De qué tipo serán? ―comenzaron a analizarlas.

― Parecen drogas ―dijo Brendon y nos miramos entre nosotros―. Debería probarlas sólo para asegurarme.

― Sí, yo creo que mejor no ―Dallon le quitó el frasco.

― No, Bee tiene razón, por increíble que parezca ―dije―. ¿Qué mejor forma de averiguarlo que probando por nuestra cuenta?

― No lo hagas ―pidió Pete.

― Todo estará bien, pero si muero...

― ¡Josh! ―gritaron al unísono y yo solté una carcajada.

― Era broma.

Tomé una y la puse en mi lengua sintiendo como mis papilas gustativas se acostumbraban al extraño y casi desagradable sabor. De pronto sentí un impulso por morder de ella y no fue hasta que se deshizo en mi boca que reconocí nuestra familiaridad.

Bajé la ventana del auto rápidamente y enjuague mi boca con la botella de agua que había en mi mochila.

― Hey, sigues vivo ―río Brendon.

― Que asco ―dijo Pete haciendo una mueca de disgusto.

― Tranquilo, podemos pedirle a mi papá que las mande a examinar a un laboratorio...

― ¡No no no no! ―corté a Dallon tapando su boca con mi mano― ¡Ya lo tengo! Estas cosas son calmantes... o algo parecido. Saben igual a la comida que le dan a Tyler, y las revuelven ahí para hacerlo dormir toda la noche. Me lo explicó Vanesa cuando estuve en ese lugar.

― ¿Por qué te daría calmantes? ―preguntó Ryan, desconcertado.

Miré el frasco de pastillas, pensando.

― Ehgo uha ehoia ―dijo Dallon.

― ¿Qué? ―apartó mi mano de su boca y tomó aire.

― Que tengo una teoría.... uhh ¿hace cuánto no te lavas las manos? ―preguntó limpiando sus labios y yo le di un golpe en el brazo― Perdón ―sonrió divertido―. Bueno, los padres de Vanesa dijeron que había cambiado su comportamiento las últimas semanas que estuvo visitando el hospital, que no tenía ganas de salir de casa o ver a nadie. Luego la madre de Tyler te contó que él estaba algo paranoico y tú mismo viste que le tenía miedo a todo.

― Sí y la señora Green también lo notó ―le di la razón―. Su nieta incluso dijo que se veía cansado y con sueño.

― Entonces, no sería extraño que esa misma psicóloga que te atendió haya atendido a Vanesa y a Tyler y tal vez a los otros chicos, y que les haya dado las mismas pastillas, ¿cierto?

― ¿Qué te dijo la psicóloga exactamente? ―preguntó Gerard.

― Cosas hirientes ―respondí―, como que ustedes no me necesitaban realmente y me mentían cuando decían que me apreciaban. Todo fue super raro. También me dijo que quería volver a verme, que era la única persona en la que podía confiar.

― Lo más probable es que les haya dicho lo mismo a los otros chicos ―dijo Ryan― y si te sentiste así después de sólo una cita, imagina lo que pudieron haber ocasionado las suficientes.

Abrí la llave de la regadera dejando el agua fría mojar mi cuerpo y despejar mi mente. Sin duda alguna habíamos logrado un enorme avance en nuestra investigación y, si todo salía de acuerdo a lo planeado y lograbamos obtener las pruebas suficientes, esperábamos que el oficial pudiera pedir una orden para revisar el lugar completamente. Pero aún no habíamos tomado la desición final.

Habían dos opciones: la primera, pedir la orden y que el hospital fuese inspeccionado junto con el personal que trabajaba ahí, aunque si se demostraba que los chicos no se encontraban en el lugar, perderíamos toda credibilidad ante la ley y la o las personas detrás de las desapariciones descubrirían que estábamos detrás de ellos y cambiarían su jugada, o nosotros tendríamos el mismo trágico destino que las víctimas.

Y la segunda, seguir trabajando por nuestra cuenta recopilando pistas dentro del hospital como infiltrados y del lado de Tyler, a pesar de que nos tomaría más tiempo y esfuerzo llegar a ellos y yo tendría que mejorar aún más en mis habilidades, sólo que al mantener nuestra investigación en secreto, si algo llegase a pasarnos, nadie tendría idea de lo que nos sucedio y no serían capaces de seguir con el caso. Todo habría sido en vano.

La verdad era que las dos se consideraban arriesgadas y ninguna aseguraba el éxito.

Cuando comenzamos, ninguno de nosotros pensó en lo grande que sería todo esto y en lo mucho que llegaríamos a involucrarnos. Habían personas realmente malas detrás a quienes no les importaba jugar con la vida de unas almas inocentes. Gente que manipulaba, robaba, experimentaba y asesinaba desde las sombras sin dejar rastros ni hacer el más mínimo ruido. ¿Y qué oportunidad tenían unos simples adolecentes contra unas mentes maestras? Era como ver a unos niños tratando de ganar en un juego de adultos: completamente absurdo. ¿Cierto?

Falso. Podría ser que fuésemos unos chicos, pero éramos mucho más que eso. Juntos habíamos logrado en un par de meses lo que la policía se había negado en hacer desde un principio. Cada uno de nosotros contaba con cualidades y capacidades únicas que eran fundamentales para llevar a cabo la misión, éramos un increíble equipo y si nos habíamos dado cuenta de algo desde que iniciamos, era que no había nada que no pudiéramos lograr estando unidos.

Así no iba a terminar,
llegaríamos hasta el final,
aunque no hubiese vuelta atrás.

Slowtown | JoshlerHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora