Su piel era pálida como la de un cadáver, pero era hermosa, mucho más hermosa que lo que podría ser cualquier mujer de este mundo.
Su pelo era igual de blanco que su rostro; imposible determinar su edad: No era vieja ni joven, pareciendo más bien una entidad surgida de un sueño profético.
Yo era un niño muy pequeño entonces; acababa de perder a mi madre hace tan poco tiempo, que no pude sino aceptar irme con ella en cuanto extendió la mano hacia mí, sin siquiera cuestionarme lo inverosímil de su aparición, surgida como un fantasma de entre las hiedras que recubrían el muro del cementerio.
"Yo puedo quitarte todo el dolor, y también toda la tristeza" me prometió, y yo le creí, no hallando la menor falsedad en sus ojos escarlata, que reflejaban con igual belleza la sangre de mis dedos y las rosas que había pretendido robarme de aquel camposanto, cuyas traicionaras espinas delataban mi crimen.
"¿Eres un ángel?" le pregunté, con la mayor inocencia del mundo. "¿Puedes llevarme al Cielo, junto a mi madre? ¿Aunque no haya sido un niño tan bueno últimamente?"
Pesaba sobre mi conciencia el peso de mis blasfemias, producto de la amargura de mi pérdida reciente: Mi nueva amiga no respondió, sino que se limitó a sonreírme, besando entonces mis dedos sangrantes.
Los besó dulcemente, una y otra vez, hasta dejarlos limpios de sangre. Los besó, librándome al instante del dolor de mi herida. Yo la abracé, y ella me cargó en brazos, desplazándose en medio de las tinieblas sin hacer el menor ruido.
Yo hubiera querido dormirme en sus brazos. Había comenzado a amarla, sin saber quién o qué era ella en realidad. La verdad, no me importaba demasiado.
No me importó que me llevara a una cripta tenebrosa, toda llena de huesos malolientes: Yo lo sabía, ella era una asesina de niños, y estaba destinado a ser su próxima víctima...Pero igual no me resistí.
Ella cantó dulcemente para mí. Quería arrullarme, hacerme dormir profundamente. No quería matarme estando despierto.
Acaso ese gesto era la única clase de piedad que podía permitirse.
Y yo...Estaba próximo a dormirme, hasta que por fin, la tranquilidad del cementerio fue violentamente irrumpida por la aparición de tres hombres...Tres matarifes, quienes armados con estacas y cruces, habían venido al cementerio a cumplir con una misión exterminadora.
Mi nueva amiga intentó refugiarse en las tinieblas al verlos llegar, pensando quizá que al liberarme, también ella lograría eludir el trágico fin que le esperaba. Fue en vano, ya que los matarifes apenas si repararon en mí, anhelantes más bien de ver destruida cuanto antes a la criatura que para ellos era una aberración contra la Naturaleza y las leyes de Dios.
De seguro se felicitarían por ello. De seguro que todos los habitantes de esta ciudad maldita les celebrarían como héroes, como santos purificadores de todo mal e inmundicia que habita en la oscuridad.
Yo no pude sino odiarlos con toda mi alma, lamentando la pérdida de aquella que habría podido darme tan dulce paz, rompiendo en un llanto terrible.
Mis lágrimas serían las únicas que alguien habría de derramar por esa mujer vestida de blanco, de cuya mano habrían recibido la dulce muerte varios niños de esta misma ciudad, presentando siempre sus cadáveres desangrados marcas de mordeduras en la garganta.
—Descansa en paz, "Dama fanfarrona"—todavía suelo musitar, cada vez que yo paso por aquel mismo viejo cementerio de muros adornados por traicioneros rosales, tan bellos y espinosos.
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Mini-Historias de Terror
HorrorPorque no hacen falta muchas palabras para producir el más hondo de los escalofríos... He aquí una colección de breves, brevísimos relatos de terror y misterio...
