No lo pienso y corro de regreso al baño. Azoto la puerta del cubículo y me agacho para meter la cabeza en el retrete. Odio vomitar; es asqueroso y el sabor que queda me hace querer vomitar más. Esta vez es imposible contenerlo. Descargo el café de la mañana y probablemente la pasta de mi mamá. No puedo hacer nada para evitarlo, así que lo dejo ser. Mis oídos zumban y, sin embargo, logro escuchar pisadas detrás de mí. La puerta del cubículo se abre y una voz angustiosa llama mi nombre. Mis manos están ocupadas aferrándose a los costados del retrete. No puedo detenerlo cuando lo siento meterse conmigo.
—Está bien, sácalo todo —dice, sin más.
Eso me hace temblar. Lo saco todo. Estoy tan caliente y agotado con mi cabeza en el excusado, pero tomo todas las fuerzas que tengo para hablar.
—Afuera —mi voz, rasposa y apenas audible, lo hace retroceder.
El pecho se me aprieta cuando lo escucho cerrar la puerta del cubículo.
—A lo mejor fue el café —susurra Micah que al parecer también me siguió adentro.
Me he detenido. Eso es bueno. Mi cuerpo pronto se descompensa. Me obligo a quedarme ahí esperando.
—Micah —escucho de nuevo su voz—. ¿Puedes ir por agua? Me parece haber visto una cocina.
—No tardo —dice apresuradamente Micah y sale corriendo.
El silencio pesa. Lo lleno al jalar la palanca. Despacio, me siento sobre la tapa del retrete y respiro. No escucho pasos, pero sé que está ahí. ¿Cómo demonios llegué aquí? Tomo aire y extiendo el brazo para abrir la puerta. Adam está recargado en los lavabos. Tiene la cabeza gacha y observa el suelo con precisión. Tengo que parpadear varias veces para asegurarme de que no estoy alucinando. Salgo del cubículo y camino hacia el grifo. Me lavo la boca y me echo agua en el rostro, sintiendo la pesada mirada del chico. Tomo papel del dispensador y me limpio el residuo de agua. Tiro el papel en la papelera y me digno a plantarle cara. Los ojos de Adam brillan.
—De verdad eres tú —dice todo sonriente.
Lo había olvidado. Me obligué a hacerlo, igual que mamá. Si alguna vez pensé de niño que mi patética vida valía algo, fue Adam, además de mi madre, la razón de ello.
—H-hola —suelto, un poco tarde.
Quiero reír. Toda esta situación es de locos. Es como si regresara a mi niñez. Da miedo y, a la vez, es reconfortante recuperar lo único bueno de mi vida aquí. Adam parece pensar lo mismo porque su sonrisa con hoyuelos sigue igual, como si nada nunca hubiera cambiado, como si no hubiera escapado a los catorce años sin decirle nada. Sólo desaparecí, sin despedirme de mi único amigo.
¿Por qué no me mira con odio?
Adam da un paso al frente y yo me obligo a permanecer en mi lugar.
—¿Estás bien? —su mirada se pone toda seria—. ¿Necesitas...?
—Estoy bien... —respondo al instante.
Adam frunce el ceño, aunque sostiene el atisbo de una sonrisa.
—El mismo chico condescendiente. No hemos cambiado mucho, ¿eh?
Miro mis converse por un segundo.
—No lo sé.
Escucho a Adam suspirar. Cuando alzo la mirada, él se agarra del pelo, que está más largo que la última vez que lo vi. Definitivamente sí hemos cambiado.
—Es que yo... ¿de verdad eres tú? —Adam da otro paso, quedando a escasos centímetros de mí—. Tú deberías... bueno, en realidad no sé dónde deberías estar, pero definitivamente no pensé que aquí.
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La Manada de los Wolff
JugendliteraturNoah no ha dejado de correr desde el día en que unos hombres asesinaron a su padre a sangre fría enfrente de él. Desde ahí siempre supo que se las vería por sí solo. Pero todos sus planes se complican cuando un día, un hombre llamado Gerald Wolff...
