―Pensé que esto sería más sencillo.
Mi mamá responde a eso con una melodiosa risa al verme batallar con la raíz de una planta. Estoy cubierto de tierra desde los codos hacia abajo. Es la segunda vez que me caigo de bruces sobre la jardinera y ya he aplastado las gardenias que ella acaba de sembrar. A pesar de mi cuerpo empapado de sudor, rostro manchado, y el posible asesinato en masa de todas las flores, mamá parece encantada. Lleva un overol de mezclilla y las mangas de su blusa arremangadas. La verdad es que esto no está tan mal, salvo por la tierra que siento en el trasero. Mamá estaba decidida a enseñarme su gran pasatiempo, además de la cocina. No podía negarle el derecho de pasar tiempo conmigo, aunque también era una excusa perfecta para alejarme de la presencia de Travis. No por odio, sino porque me confunde. Me concentro en desplantar flores y en no caer sobre la tierra húmeda.
―No lo haces mal ―me reconforta.
Le sonrío. Soy pésimo en esto, pero a ella no le importa. A pesar de que Travis ha ideado la forma en que duerma en su departamento con Micah, que efectivamente el pobre ronca como un viejo con asma, logro escaparme de ellos el resto del día, resguardándome como un niño pequeño detrás de su madre. No pierdo el tiempo; intento sacarle información sobre su vida en estos cuatro años. Comprendo que estaba en una mezcla de seguridad, al estar protegida de los golpes de mi padre, y de tristeza, al no haber estado con ella. Trato de asimilar sus palabras, recordando que la mitad del tiempo estuvo luchando contra la droga. De algo estoy seguro: ella respeta a su padre, Carmine, y es bastante feliz aquí. Poco a poco empiezo a ver muy lejana la posibilidad de que quiera estar cerca de los Wolff. No puedo culparla, no los conoce y, lo más importante, son la familia de su hermana, la amante de mi padre. Las veces que he intentado sacarle más información sobre ella, mamá pierde la mirada y la lleva al vacío. Decido seguir el juego, hasta que encuentre una solución.
―No está tan mal, ¿verdad? ―Ella se levanta del suelo y yo la sigo hacia el cobertizo, intentando quitarme la mayor cantidad de tierra posible del cuerpo.
Mamá me sirve un vaso de limonada hecha por Janis, la señora que la ayuda en casa la mayor parte del tiempo. Dejo que el agua fresca pase por mi tráquea antes de soltar algo que he estado guardando desde que Travis me mostró la caja llena de las pertenencias de nuestro padre.
―Oye, mamá.
―Dime, cariño ―se seca el sudor de la frente con el antebrazo.
―Travis... él me dio algo. Son las pertenencias de papá ―aguardo un segundo antes de continuar―. Dice que puedo hacer lo que quiera con ellas.
Mamá asiente, tranquila y pensativa.
―Ya veo.
―¿Quieres...?
―¡Oh no! ―rápidamente niega, tomándome del rostro y dándome un beso en la frente―. Travis te las dio a ti.
―Sí, pero... papá también... ―Era su esposo.
―Lo sé ―me corta―. Es solo que ya pasé por eso.
Mamá nota mi confusión, así que suspira y me invita a sentarme en el mueble de mimbre de afuera.
―Cuando tu padre murió, legalmente todas sus cosas me fueron heredadas. No estaba en un buen momento, como podrás imaginar, así que Carmine se encargó de todo. Guardó las cosas y, a su debido tiempo, se las dejó a Travis. Travis me preguntó qué quería hacer con ellas, pero... yo no supe qué hacer, así que se lo dejé en sus manos. Cuando se deshizo de tus cosas, no lo detuve porque, aunque tenía la esperanza de que volvieras, sabía que no querrías reencontrarte con ese pasado, como yo.
Además, no es como si tuviera tanto.
―Pensé que Travis había desechado lo de tu padre ―prosigue―. Supongo que él también contempló tu regreso... así que ahora está en tus manos. Puedes hacer lo que tú quieras, Nicky.
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La Manada de los Wolff
Ficção AdolescenteNoah no ha dejado de correr desde el día en que unos hombres asesinaron a su padre a sangre fría enfrente de él. Desde ahí siempre supo que se las vería por sí solo. Pero todos sus planes se complican cuando un día, un hombre llamado Gerald Wolff...
