Noah no ha dejado de correr desde el día en que unos hombres asesinaron a su padre a sangre fría enfrente de él.
Desde ahí siempre supo que se las vería por sí solo.
Pero todos sus planes se complican cuando un día, un hombre llamado Gerald Wolff...
¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.
GERALD VUELVE por nosotros como prometió. Esta vez lo acompañan dos hombres. Uno de porte prominente y el otro es Hiram Stanford, el abogado de los Wolff. Mi abogado.
—Es bueno verte bien, Noah. —Hiram me tiende una mano.
—Me siento bien. Aunque mi hombro me esté jodiendo.
Hace unas horas el dolor empezó a incrementarse y Reiner no quiso ir a buscar al médico, probablemente queriendo desquitarse infantilmente conmigo. Supongo que saber que ahora tengo el favor de sus hermanos no le agrada para nada.
—Seguirás así por unas semanas, para eso te estarás medicando con antibióticos —el médico me dice mirando igualmente a Gerald—. Una tableta cada doce horas por tres semanas. Si después te llegara a doler, puedes tomarte una.
Al parecer no tuve permito recibir visitas en toda la semana de mi hospitalización. Los hermanos Wolff quisieron entrar pero Gerald los hizo esperarme en casa. Pero claro está, necesitaba que alguien se quedara conmigo en las noches. Reiner se hizo voluntario.
No sé si fue para aprovechar a torturarme o porque no se fiaba de nadie para cuidarme. Probablemente ambas.
Gerald me trajo ropa, así que entro al baño a cambiarme y me sorprendo lo que veo en el espejo; mi rostro se ve bastante pálido y mi cabello está hecho un desastre. El moretón de mi ojo desapareció y parezco como el antiguo Noah.
Cuando me quito la bata, a cómo puedo, veo que la mayor parte de mi hombro está vendado.
Dios, pude a ver muerto. Pero pensar en K.T remplazándome me pone los pelos de punta. He pasado y visto cosas peores, no me arrepiento de interponerme entre el hombre y K.T. Lo haría de nuevo.
Cuando salgo del baño los demás ya están listos. El otro hombre robusto se posiciona a mi lado protectoramente.
—Este es Loret —me dice Gerald—, es mi guardaespaldas. Afuera hay reporteros que esperan abordarnos, sólo sal y sonríe. No digas nada.
Entonces todos salimos en trompa. Hiram y Reiner a mi retaguardia, Gerald a mi costado izquierdo y Loret el simio, a mi derecho. Cuando flanqueamos las puertas del hospital unos cinco reporteros con cámaras empiezan a flashear contra nosotros.
—¿Cómo se encuentra?
—¿Cree que podrá recuperarse?
A mi lado, Gerald me toma del brazo y me guía hacia el estacionamiento.
—Camina —me ordena.
Y a cómo podemos nos subimos al auto, dejando atrás a los reporteros y al hospital.
¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.