Noah no ha dejado de correr desde el día en que unos hombres asesinaron a su padre a sangre fría enfrente de él.
Desde ahí siempre supo que se las vería por sí solo.
Pero todos sus planes se complican cuando un día, un hombre llamado Gerald Wolff...
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CUANDO VIVÍA con mi padre, y sus amigos —compañeros matones— llegaban a la casa, siempre terminaban revolcándose en el suelo de la sala por una apuesta pérdida en el póker. Al final yo me quedaba limpiando la sangre del piso.
Así que me sabía la composición de la sangre del derecho y al revés, y sobre todo sabía lo que se sentía ser amenazado. Siempre había personas que nos amenazaban, siempre estaban esos niños de la cuadra que me molían a golpes en algún callejón, cuando era niño.
Yo crecí con la amenaza. No me sorprende que al final terminara corriendo por mi vida.
Así que por supuesto, cuando un chico con pinta de haber crecido en el Upper East Side me amenaza, lo único que me queda es darme la vuelta y hacer como si no existiera.
Yo ya me encuentro con la mandíbula tensa cuando Sebastian Shaw llega a nuestra mesa con dos chicos flanqueando sus costados.
—Que grata sorpresa encontrarlos por aquí. —El chico saca a relucir su perfecta dentadura mirando a todos con aires de superioridad.
—De grato no hay nada. —Tegan no tarda en responderle ganándose una mirada de advertencia por parte de Spencer.
Sebastian se toma el tiempo en posar sus ojos en Tegan. No parece verla lascivamente como la mitad de la población de aquí. Pero puedo ver irritación en su mirada.
—Un gusto como siempre verte de nuevo, Tegan.
—No creo que el gusto sea el mismo. —Dallas hincha su pecho contraatacando, y esta vez Tegan le advierte con los ojos.
—Marsay, ¿cómo se encuentra tu hermana? —El matón que está a lado de Sebastian prorrumpe de repente. Es el mismo chico que se encontraba acompañándolo esa vez en el almuerzo.
Dallas se incorpora de su lugar, pero Liz es rápida y lo toma por el brazo haciéndolo sentarse nuevamente.
—Déjennos comer tranquilos. —Coop a mi lado rueda los ojos llevando una patita frita a su boca—. Váyanse a ver si ya puso la marrana.
Los ojos del otro amigo de Sebastian se ensanchan mirando a Coop violentamente.
—Jodete, Wolff.
—Cooper, en realidad. Mucho gusto. —Coop estira su mano a modo de saludo pero Tegan se la baja rápidamente antes que llegue a su cometido.
—Ese no es el otro Wolff, Stepanov. —El otro chico, de cabeza rapada, me señala con su barbilla de manera despectiva—. Ese es el Wolff.
Stepanov me tira una mirada sucia imitando a Sebastian, que hace unos segundos atrás ya tenía sus ojos fijos en mí. Probablemente no me había dado cuenta porque estaba rezando a Jesús que me sacara de esta.