19. Una sabia elección

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Delante de mí, Adam extiende una variedad de platillos exquisitos que van desde falafel envuelto en pan pita, kebab en wraps, un gran plato de hummus y baklava como postre. Me cuesta reprimir del todo el sentimiento de nostalgia, porque la comida de los Farooq nunca se podría comparar con la de otros restaurantes árabes. No me sorprende que hayan terminado por abrir su propio restaurante, aunque al final este también funcione como guarida para el clan. De cualquier forma, mi pecho alberga un sentimiento acongojado al sentirme una vez más arropado por el olor de la cocina de Bijan Farooq, aunque él por el momento no esté y el chef sea Adam y los demás cocineros.

―Nunca me imaginé que al final te decantaras por la cocina, ¡quién lo hubiera dicho! ―exclamo, verdaderamente sorprendido, observando cómo dos meseros vienen y van, sustituyendo la comida que se acaba en nuestros platos.

Los demás están encantados. Micah está a un segundo de enterrar el rostro en su plato. Ilya está más callado de lo habitual, pero es porque está demasiado concentrado chupándose los dedos llenos de hummus. A mi lado, Jin, sorpresivamente, es la más parlanchina, pues no se ha cansado de alabar la comida que nos traen a la mesa cada cinco minutos.

―¡Ni siquiera quiero saber de cuánto será la cuenta! Dime, Adam, ¿todavía me sirve el cupón que me diste la otra vez? ―Jin alza una ceja, expectante.

La respuesta de Adam es un ademán con la mano.

―Ni lo piensen, ya saben que invita la casa.

Micah alza los dos brazos como si hubiera roto la cinta de un raudo maratón, sin dejar de masticar el kebab.

No me sorprende; después de todo, Adam me estuvo insistiendo desde hace días para que viniera al restaurante. Y aunque todo este tiempo se la ha pasado escuchando sin cesar las alabanzas de los demás, su mirada persiste sobre mí, esperando mi reacción. Le he dicho lo que tenía que decir, aunque mis palabras no concuerdan del todo con mis acciones. Los chicos van por su tercer plato, y yo apenas estoy terminando el primero. Sin embargo, no veo tristeza en el rostro de Adam; en realidad, creo que ha sido una pequeña victoria para él, considerando que hace unos días me había autoimpuesto una abstinencia alimenticia. Es un avance que todos notan, y agradezco que nadie lo mencione verbalmente. Me concentro en pasar la comida por mi tráquea mientras escucho con interés cómo Adam agarró el gusto por el arte culinario y cómo convenció a su papá para abrir un restaurante.

―Va a sonar un poco cringe, pero cada vez que sacábamos un nuevo platillo, siempre pensaba: ¿Esto le gustaría a Nick? ―me susurra Adam, picoteándome las costillas.

No puedo evitar ponerme rojo, pensando que, de alguna forma, si hubiera sido más valiente, los habría buscado a ellos en vez de escaparme. Mi vida sería distinta, sin los Wolff en ella. Y es ahí cuando me pregunto si vale la pena haber pasado por todo esto para que, al final, mi camino se cruzara con el de los hermanos Wolff.

Mi silencio lo percibe Adam al instante, así que cambia a otra conversación trivial, intentando subirme los ánimos. El restaurante está medio lleno, así que nos damos el lujo de ser ruidosos. Permanezco ahí, observando a estas personas y preguntándome una vez más si esta sería mi vida de ahora en adelante. Pero claro, estoy dejando de lado lo más importante: Travis. Él no está, pero su presencia persiste entre nosotros. Micah y Ilya le son devotos, de eso no hay duda. Adam es solo un amigo y ahora está más cerca de ellos por mi llegada. Por otra parte, Jin es un enigma. Parece llevarse bien con todos, aunque existe una tensión extraña con Travis y una camaradería con Ilya. Supongo que me toca a mí ahora descifrar dónde entro en esta ecuación.

―Dime, por favor, que te queda más baklava ―Micah junta las manos como si rezara.

―Micah... ―Ilya lo amonesta al instante, pero desde donde estoy siento un dejo de expectación también en su voz.

La Manada de los WolffHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora