21. De planes a rutinas

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LOS DÍAS CON TRAVIS y su pandilla se arrastran. Van y vienen por la Madriguera sin prisa, como si el tiempo no funcionara igual para ellos. Si no supiera que mi hermano forma parte de una organización criminal, pensaría que trabaja en una construcción; incluso podría pasar por arquitecto, porque, a diferencia de sus matones, él siempre luce más limpio, más compuesto. A simple vista, parece un chico normal.

Lo importante es esto: todo indica que dejó de trabajar para Carmine. En otro momento me habría parecido imposible, sobre todo con la enemistad con los Wolff todavía latente, pero hubo un alto al fuego después de aquella reunión. No sé qué se dijeron, pero lo que haya sido parece mantener a Carmine en calma. No me lo creo. No creo que años de rencor hacia el abuelo Wolff se disuelvan en una sola conversación. Aun así, Travis siempre fue pieza clave contra los Wolff... y no veo por qué eso cambiaría ahora.

La rutina se vuelve simple: su casa, las calles y de vuelta otra vez. Sus matones no entran ahí; lo entendí rápido. Ese espacio es para los cercanos. Jin está siempre, y ahora también Adam. A veces salimos a recorrer Queens, y es en esos momentos cuando regresa algo que creía enterrado: la añoranza. Antes estaba opacada por el miedo constante de toparme con Pavlov. Ahora que sé que sigue recuperándose del ojo... todo se siente más lento, como si el mundo hubiera bajado la velocidad sin avisar. Pero hay días como este que rompen esa ilusión y me recuerdan exactamente dónde estoy.

El olor a sangre es lo primero que golpea. Me revuelve el estómago, aunque no hay nada que vomitar; no he comido desde la mañana. A mi alrededor, nadie parece afectado. Para ellos es rutina. Incluso para Micah, que no sé cómo, pero se las arregló para colarse y presenciarlo todo con una emoción que me inquieta. Otro ritual. Dos iniciados están siendo golpeados en el centro de un almacén abandonado, rodeados de vítores, risas y el sonido seco de los golpes mezclado con quejidos.

En medio de todo, Travis permanece inmóvil, observando sin una sola reacción, como si evaluara algo más que la violencia en sí. Ilya se mantiene a su lado, aunque aparta la mirada justo cuando uno de los golpes hace que varios dientes salgan disparados. A mi lado, Micah parece fascinado, casi al borde de lanzarse a recogerlos.

—Micah, regresa al auto —lo manda Ilya al verlo.

La orden es tranquila, pero suficiente para apagar la emoción de Micah al instante.

—Que se quede —dice Travis sin apartar la vista.

Alcanzo a notar cómo una vena se marca en la frente de Ilya.

—No creo...

—Ya va a terminar.

Aparto la mirada antes de que Ilya me busque. No quiero ver más, así que me obligo a mirar el techo agrietado, a punto de venirse abajo, y cuento en silencio hasta que todo se detiene. Los golpes cesan y los iniciados son levantados como si hubieran ganado algo, como si aquello hubiera sido una pelea justa. No lo fue. Nunca lo es.

Los vítores llenan el espacio, pero yo ya solo quiero salir de ahí. No me preocupa pasar por lo mismo —Travis dejó claro que nadie iba a tocarme mientras me recupero—, pero aun así me pesa quedarme. Estoy a punto de tomar a Micah del hombro cuando uno de los hombres, todavía alterado, se gira hacia nosotros y camina directo a Travis con una sonrisa demasiado amplia, la sangre aún goteándole de los puños.

—¿Qué dices, jefe...? ¿Sigue su hermano?

El silencio cae de golpe, pesado, expectante. Todos miran a Travis. Yo no me muevo; a estas alturas, ni siquiera pienso en defenderme.

—¿Y bien? —insiste el hombre.

Travis tarda en responder, lo suficiente para que algo cambie en el ambiente. Algunos empiezan a tensarse, pero el tipo sigue atrapado en la euforia.

La Manada de los WolffHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora