Un dolor punzante en los costados de mi cabeza me despierta del entresueño. Gimo sobre las sábanas, saboreando por unos segundos la calidez que me arropa, mientras considero que las temperaturas bajas empiezan a asentarse en Nueva York. Nunca extrañaré el frío de aquí. Hoy ni nunca. Me remuevo, sintiendo la luz de afuera estamparse contra mi cara. No quiero abrir los ojos porque sería aceptar el inicio de un nuevo día. Lejos de los Wolff, cerca de Travis. Un día más siendo mitad Markovic, mitad Carmine. Gimo de nuevo. Necesito desesperadamente una taza de café.
Poco a poco, los sucesos del día anterior se arremolinan en mi mente, y lo último que llama mi atención es la reacción de Travis al enterarse de que su plan de venganza me afectó a mí. Una parte de mí quiere pensar que se trata de una actuación bastante creíble, pero la parte razonable me quiere convencer de lo contrario. Aprieto con fuerza mis ojos y pienso quedarme así hasta que mi cuerpo lo decida, cuando percibo un cambio en el ambiente, algo que tal vez no noté al momento de despertarme.
Llámenme loco, pero siento que alguien me observa.
Abro los ojos al instante y, enfrente de mí, sentado en la cama del otro extremo de la habitación, un chico me observa fijamente. Mi cuerpo se congela bajo el escrutinio curioso del desconocido.
―Roncas raro ―dice con un acento neoyorquino.
Pestañeo, confundido.
―No como un viejo con asma, sino como un chico adicto al tabaco.
Me alzo lentamente de la cama y copio su posición, con las piernas en pose de indio, aunque su espalda está más recta que la mía.
―Eh... ¿y tú eres?
―Tu compañero de cuarto ―responde, dándole palmaditas a su colchón―. Tus ronquidos no serán un problema. Yo tengo que usar tiras nasales. Es un problema desde la niñez.
Arqueo una ceja. Él me sonríe. Es más delgado que yo, con un rostro largo y afilado, pecas esparcidas por sus mejillas y una leve cicatriz en forma de cruz que se extiende desde su nariz hasta su frente. Su cabello es una maraña de rizos rubio rojizos. Sus ojos, redondos y de un color azul claro, todavía están fijos en mí. Me remuevo incómodo en mi lugar, buscando instintivamente algún reloj en la habitación para saber la hora.
―Son las ocho de la mañana ―dice, leyendo mis movimientos. Me retiro hacia la pared cuando él da un brinco de la cama al suelo―. Ya está el desayuno, por cierto. Son bagels de Leo's.
No digo ninguna palabra cuando sale de la habitación como si nada. La migraña regresa. Estoy tan confundido que me es imposible no levantarme de la cama y vestirme. Cinco minutos después, me dirijo a la sala. El aroma a ajo, pesto y jamón serrano me guía hacia la cocina. Me detengo en la entrada, observando a Ilya depositar un plato enfrente del chico.
―¿Pediste este sin cebolla?
―Ajá.
―Creo que tiene cebolla ―el chico abre la tapa de su bagel y frunce el ceño.
―No tiene ―Ilya vierte café en una taza de baby Yoda.
―Huele a que tiene cebolla.
―Pues quítasela.
―Aun así, me va a saber a cebolla.
―Come, Micah.
El chico, Micah, farfulla pero no replica más, dando un gran bocado y masticando con la boca abierta.
―¡Oye! —exclama al verme apostado―. Tienes que comer o se enfriará.
La cabeza de Ilya se alza rápidamente. Me observa unos segundos, estudiándome con lentitud. Luego desliza una taza de café hacia la barra de desayuno.
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La Manada de los Wolff
Fiksyen RemajaNoah no ha dejado de correr desde el día en que unos hombres asesinaron a su padre a sangre fría enfrente de él. Desde ahí siempre supo que se las vería por sí solo. Pero todos sus planes se complican cuando un día, un hombre llamado Gerald Wolff...
