22. Desprotegido

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LA PERSONA QUE TOCA la puerta de la casa al día siguiente no es Travis, sino Jin.

—¿Qué tal?

Apenas abro, entra directamente a la sala y saluda a mi madre. No recuerdo haberlas visto hablar antes, aunque supongo que se conocieron cuando Jin me atendió después de la agresión de Pavlov.

—¿Y Travis?

—Viene luego. Dijo que los alcanzara aquí.

La observo de arriba abajo, algo desconfiado. Luce como siempre, aunque lleva una maleta de mano de cuero marrón que no encaja con su estilo.

—¿Sucede algo?

Hace un gesto vago y se deja caer en uno de los sillones.

—No lo sé. Ya conoces a Travis —recorre la sala con la mirada hasta detenerse en mi madre—. ¿Quiere que le revise eso?

Sigo la dirección de su dedo. Mi madre parpadea, confundida, y baja la vista hacia su antebrazo: tiene un hematoma reciente y una cortada de unos cinco centímetros.

—¡Mamá! —me acerco sin pensarlo—. ¿Qué te pasó?

—¡Ah! —parece tan sorprendida como yo, pero sonríe con debilidad—. No es nada. Me resbalé esta mañana en el baño.

Jin ya está a su lado, examinando la herida.

—Pero, mamá...

—No es grave —me interrumpe Jin con voz tranquilizadora—. No necesita puntos. ¿Qué le parece si la curamos?

—Ay no, querida, de verdad no hace falta...

—Mamá, por favor.

Ella sonríe, complaciente, y asiente. Deja que Jin la guíe hasta el fregadero de la cocina.

Estoy tan aturdido que lo único que hago es quedarme sentado, observando cada movimiento. Cuando Jin pasa la gasa, mi madre no puede evitar un respingo. Me levanto, pero me obligo a volver a sentarme. Está bien, y Jin resulta ser buena conversadora. Cuando termina, la manda a descansar.

—No le recomiendo hacer hoy trabajo de jardinería, solo para mantener limpia la venda.

Mamá hace una mueca, pero se despide de nosotros y sube a su habitación.

—No lo había visto...

Jin se deja caer a mi lado en el sillón y vuelve a hacer ese gesto vago con la mano. Sin embargo, hay algo calculador en su mirada que me inquieta.

—¿Qué pasa?

Parpadea, como si regresara a la realidad, y se encoge de hombros.

—Nada. No me hagas caso.

Deja el maletín en el suelo y cruza los brazos.

—Y dime, ¿sigues sin dormir?

—Poco.

—¿Cuánto?

—Casi nada, en realidad.

Arquea una ceja.

—No quiero tomar nada para eso, así que lo dejo pasar...

—No es saludable. Ya se lo dije a Travis.

—No lo hagas —respondo al instante, ganándome una mirada de reproche—. No quiero ser una carga para nadie.

Jin suelta una risa breve y seca.

—Travis te trajo aquí. Me parece lo mínimo que puede hacer.

El enojo en su voz es evidente. Una vez más, me pregunto cuál es su lugar en el círculo de Travis.

La Manada de los WolffHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora