EXISTE UN OLOR al que, con el tiempo, me acostumbré a tomarle cariño; de esos que, al percibirlos, te remiten de inmediato a algo o a alguien, a algún momento. Y es que, entre el plástico quemado, el metal caliente y la gasolina, se cuela ese aroma tenue: el de la grasa, el del aceite; ese que se desprendía del cuerpo de Reiner después de pasar toda la tarde ocupado con su Camaro, cuando yo lo ayudaba. El de las carreras.
Ese es el olor que me trae de vuelta.
Ese, y el humo que penetra en mis pulmones y me obliga a hacer aspavientos. Toso, intentando recuperar la conciencia. Todo duele, en todas partes, pero ese dolor es el que poco a poco me regresa a la realidad.
El zumbido es lo primero que aparece.
Mi vista es lo segundo en reunir lo que está pasando. El mundo a mi alrededor está desfasado. La luz entra torcida y lo único que alcanzo a ver entre el humo es el salpicadero. Intento moverme, pero un latigazo de dolor me atraviesa la cabeza, justo del lado derecho. Respiro hondo y compruebo que el aire, caliente y denso, quema al mezclarse con algo metálico.
No... ese es un sabor.
El que escurre por mi boca.
Parpadeo. Me enfoco.
Mi mejilla está contra la superficie fría de la puerta. Cuando intento deslizarme lejos, el zumbido sube de volumen, aturdiéndome aún más. Pero debo moverme. Cuando trato de separarme apenas un poco, siento algo húmedo deslizarse por mi cuello.
La sensación de urgencia en el pecho me activa. Hace unos segundos manejaba Maverick.
Maverick.
Me toma todo el esfuerzo del mundo enderezarme y lo busco a tientas. A lo lejos, comienzo a notar sonidos, voces. El zumbido persiste, pero sacudo lo borroso en busca de claridad.
El interior del carro empieza a tomar forma: ahí está el tablero torcido, el polvo y el humo suspendidos en el aire. Mi cuello se queja cuando giro la cabeza, y doy un gracias mental al comprobar la figura inmóvil de Maverick. Está inclinado hacia adelante, con el cinturón tensado contra su pecho. Los airbags están desplegados, desinflados ahora, arrugados entre nosotros y el tablero.
—Oye... —intento decir, cuando escucho que de él sale un quejido—. Maverick.
Mi voz sale rota, apenas un hilo de aire. Ni siquiera sé si me escucho a mí mismo. Me obligo a mover el brazo hacia él.
Masculla algo entre dientes, el nombre de una chica, el de un chico. Luego, entre el humo y todo lo demás, encuentra mis ojos.
—V-vete —dice, lo suficientemente claro.
—Tenemos... que movernos.
—Ya vienen...
El zumbido en mi oído derecho es demasiado fuerte, así que me concentro en el izquierdo, intentando captar cualquier movimiento.
—Fue... fue un accidente —intuyo.
—No... ya vienen.
Quiero negarlo, pero apenas pasan tres segundos antes de que un golpe seco contra el metal del auto me haga respingar.
Mierda. Eso fue una bala.
—Vete —gruñe Maverick.
—Hey —insisto, ahora con más urgencia—. Déjame salir de aquí.
La puerta de mi lado, sorprendentemente, cede a la primera patada. Me toma un segundo salir por ahí. El sol de la mañana me ciega, haciéndome trastabillar hacia adelante. Meto las manos para no caer de boca. El sonido del tránsito es fuerte, tanto que me despabila. A mi alrededor ya hay gente congregada, pero otra bala perdida los hace retroceder al instante.
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La Manada de los Wolff
Fiksi RemajaNoah no ha dejado de correr desde el día en que unos hombres asesinaron a su padre a sangre fría enfrente de él. Desde ahí siempre supo que se las vería por sí solo. Pero todos sus planes se complican cuando un día, un hombre llamado Gerald Wolff...
