13. Represarías

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FRENTE A MÍ, mi mochila yace en el suelo, ya cubierta de mugre y polvo. La luz de la mañana golpea directamente mi rostro, y estoy tan agotado que ni siquiera intento moverme. Parece que a mi cuerpo se le acabaron las baterías. Los párpados me pesan, y la cama me llama de regreso. Tentador. No obstante, Travis llegará en cualquier momento. Cuando le dije que iría con él, no pensé en que probablemente Sergey estaría allí. Me quedó claro algo: Sergey está bastante seguro de que ni Carmine ni Travis le pueden hacer daño. No tendría motivos entonces para esconderse. Por eso Adam me llamó a la casa para avisarme que iría a la Madriguera. Se lo prohibí, porque no sabía cómo transcurriría esta reunión; no quiero meterlo en mis problemas.

Llevo la ropa que me trajo Travis. La chaqueta de mezclilla descansa doblada en el sillón, cerca de mi mochila. Intenté ponérmela, pero algo se retorció en mis entrañas. Aún no lo descifro. No quiero romperme la cabeza ahora, así que aplazo esos sentimientos para después. Escucho cómo se abre la puerta de entrada, y como Travis es el único con llave además de mi mamá, me levanto a su encuentro. Una parte de mí se alarma ante la posibilidad de que Sergey venga a visitarme. Exhalo e inhalo. No. Ahora que Travis lo sabe, él no lo permitiría. Me pongo una sudadera gris y bajo las escaleras. Travis me espera en el recibidor y, sin decir nada, me escanea lentamente de arriba abajo. Estoy mejor que ayer, que hace unos días, físicamente hablando. Los dos sabemos que mentalmente estoy roto.

―Bien ―asiente complacido―. Te lo preguntaré una vez más: ¿Estás seguro?

―Sí ―me encojo de hombros.

Si Travis está tan insistente, habrá un motivo. Ya sé la respuesta y aun así no quiero ni pensarla. Lo sigo afuera, hacia su auto, y dejo que me lleve a la Madriguera. Me preparo para un viaje en silencio, hasta que de reojo noto lo aferrado que está Travis al volante. Me muerdo los labios, concentrándome en el camino. Los segundos pasan y ya he perdido la compostura.

―¿Qué? ―Mi pregunta sale como un gruñido rasposo. Mi voz ya está mejor y eso solo se lo puedo agradecer a la chica, Jin.

Travis también intenta no perder la compostura. Como todo un Markovic, no lo logra.

―Dime ―empieza en voz baja―, ¿siempre fue así con él? ¿Nikolai... lo sabía? ¿Lo permitía?

Barajo mis opciones, si sincerarme o mandarlo callar. Me basta otro vistazo a su rostro endurecido para soltarlo.

―No lo recuerdo. Creo que siempre estuvo detrás de mí. De niño no lo comprendía.

Remuevo mis labios. ¿De verdad quiero continuar? No se lo he contado a nadie del todo, ni siquiera a Reiner.

―Cuando mamá se fue... empeoró. Ya no intentaba pasar desapercibido. Nunca supe si papá le dijo algo... pero yo creo que sí; si no, ya mucho antes hubiera ido con todo.

―Nunca llegó... ―Travis se detiene, aclarando su garganta.

Estoy tan harto de suavizar las cosas. Harto de mí mismo por siempre censurarlas. Así que respondo con la voz más apática posible.

―No hubo penetración, Travis.

Soy testigo de cómo su cuerpo se tensa. De pies a cabeza. Me quiero reír, porque este es el mismo chico que le voló los sesos a un hombre frente a mí. Las jodidas vueltas de la vida.

―Aunque... nunca fue violento ―comento al aire, apretando mi muñeca sin venda. La marca de la mordida ya está desapareciendo.

―Entiendo ―suelta Travis, recomponiéndose.

Recuerdo lo que dijo, sobre cómo decidió sacarme de allí antes de hacer algo contra Sergey. Mi hipótesis puede no ser errónea: efectivamente, Sergey es intocable.

La Manada de los WolffHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora