23. El matón de Queens

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LO SÉ ESA MISMA NOCHE.
No puedo explicarlo. Es una sensación nauseabunda. Tomo las gomitas que me dio Jin; a la tercera ya me siento mareado. Esta vez no me adormecen, sino que me aturden y me impiden encontrar una posición cómoda en la cama. Termino por levantarme e inicio mi rutina nocturna: voy al baño, me echo agua en la cara, camino a la cocina y contemplo la ciudad desde la ventana. Lo raro es que Travis no sale.

Cuando regreso a la habitación, no puedo evitar fisgonear. La suya está a oscuras y, a diferencia de otras noches, no hay nadie dentro. Me obligo a cerrar los ojos, a no pensar en cosas que probablemente no son reales. Intento dormir, y solo lo consigo cerca de las cuatro de la madrugada.

A las ocho de la mañana, camino a tientas hacia la cocina. Micah ya está ahí atascando su tazón de cereal a cucharadas. Frente a él, Ilya va de un lado a otro sin decir mucho.

—Buenos días —saludo, extrañado de que Micah no me haya recibido con su habitual entusiasmo—. ¿Ya regresó Travis?

Por la reacción de Ilya —una leve negación— entiendo que no.

—Entonces... ¿cuándo vuelve?

Ilya apura su taza de café y se aclara la garganta mientras empieza a recoger la cocina.

—Eh... puede que llegue tarde.

—¿Pasó algo?

Se encoge de hombros.

—Tiene algunos asuntos pendientes.

Me quedo mirándolo.

—Ayer mencionó algo... —recuerdo—. Algo con los rusos.

—Eso —responde Ilya, terminando de ordenar la cocina mientras toma su sudadera del perchero del recibidor—. Debo salir unos minutos. Luego vengo por ustedes.

—¿No podemos ir contigo? —busco la mirada de Micah para que me respalde, como siempre hace cuando se trata de salir, pero él mantiene los ojos fijos en el cereal, del que apenas ha probado un par de cucharadas.

—No tardo —sentencia Ilya, sin dar más explicaciones.

Antes de que pueda insistir, la puerta del departamento se cierra tras él.

—Supongo que tenemos toda la tarde.

Micah se encoge de hombros.

—Oye, ¿estás bien?

Está más callado de lo normal. Vuelve a encogerse de hombros.

—Micah...

Como si recordara de pronto su alegría habitual, pestañea aturdido y salta del banco.

—¿Qué te parece si terminamos la partida?

—Ilya no te deja jugar tan temprano...

—Nah, va a tardar —responde sin darle importancia mientras corre al sillón y enciende la consola.

Ilya dijo que solo serían unos minutos. Decido ceder y me siento a su lado, esperando que el juego logre distraerme de los pensamientos que insisten en invadirme.

Cuando noto que el sol está en su punto más alto, miro el reloj empotrado en la pared: ya es mediodía. Micah, sorprendentemente, sigue con la vista fija en la pantalla.

—Ya se tardó —comento.

—Hmm... —murmura.

Lo observo con atención y me doy cuenta de que ni siquiera está realmente concentrado en el juego.

—Micah.

—¿Sí?

—¿Qué está pasando?

—Nada.

La Manada de los WolffHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora