UN SONIDO PERSISTE en mi oído. Más que un zumbido, es un eco hueco que taladra hasta mi cráneo. Es tan agudo que me recuerdo sentándome y desplomándome a los segundos. Escucho voces e intento abrir los ojos para distinguir esas figuras. Oigo mi nombre, el otro, Noah, y algo se me atora en la garganta. Quiero alcanzarlos, quiero que me tomen de la mano y me prometan que todo estará bien, que me cuiden. Extiendo las manos, pero el aire empieza a faltarme. Mi corazón bombea descontrolado, sintiendo cómo poco a poco pierdo oxígeno. Debo tranquilizarme o no sobreviviré. Cierro los ojos, calmo mi corazón, mi cuerpo, y me obligo a mantener la cabeza firme. No puedo dejar que esto me venza. No voy a permitir que esto me aleje de ellos. Suspiro y empiezo a sentir cómo mis latidos se normalizan. El sonido en mis oídos se estabiliza. A pesar de la densa oscuridad que me rodea, no dejo que el miedo me domine. Tomo el control y me permito descansar.
La verdad es clara. ¿Por qué lucho por sobrevivir? ¿No sería más fácil... sólo irme? Más fácil para todos. Pero lo recuerdo: huir es una opción de débiles. Meses atrás, me convencí de que no me merecía eso. Las palabras de un Wolff me instaron a luchar por mi supervivencia. Ahora, no estoy seguro de que valga la pena.
Solo esta vez, me digo firme, solo esta vez. Aguanta.
.........
Es de día y el sol ilumina toda la habitación. Me aferro a las sábanas que me acobijan. Aprieto mis párpados al sentir mis ojos pesados e hinchados. Intento abrir la boca, y al instante descubro que todo me duele. Todas las extremidades de mi cuerpo gritan, como si un camión de veinte toneladas me hubiera pasado encima. Mis labios y brazos arden. Lo más doloroso es la garganta, con una presión que me impide tragar. La cabeza la siento entumida y pesada. Lo único que no me duele es mover los dedos de las manos y pies. Estoy hecho un lío, lo sé antes de abrir bien los ojos y advertir mi entorno.
Estoy en mi habitación en la casa de mi madre y enfrente de mí, una chica me estudia con precisión. Como un reflejo, me echo hacia atrás provocando que mi espalda choque con el cabecero de la cama. Ahogo un gemido.
―No te preocupes. Sigues vivo ―Para mi sorpresa, la voz de la chica es calmada y tranquilizante, nada que ver con su semblante serio y un poco intimidante.
Ella me mira unos segundos más, luego gira su rostro y se dirige a alguien.
―Estará bien. No me presiones ―le dice a un Travis sentado en una silla junto a la puerta.
Travis tiene sombras oscuras debajo de sus ojos. Su semblante fúnebre me trae de vuelta a la realidad. A lo que pasó... Mierda. Toco rápidamente los lugares de los que recuerdo haber sufrido lesiones. Una de mis muñecas está vendada. En mi hombro también hay otra venda.
―Son bastante profundas las mordidas― me explica la chica, siguiendo cada uno de mis movimientos.
Toco mi estómago sintiendo dolor en algunos lugares, probablemente tengo moretones. Lo siguiente es mi cabeza, igualmente sepultada en vendas.
―Tienes una conmoción cerebral ―continúa ella―. Tuviste suerte. Era para que sufrieras un daño neurológico.
Abro la boca, pero de momento no sale nada. Palpo mi cuello, que también está vendado, aunque los vendajes son más gruesos.
―Habla despacio ―la chica camina hacia mi lado de la cama y, todavía con los brazos cruzados, se inclina para analizar mis ojos―. Vas a tener dificultad para tragar y tu voz poco a poco recuperará fuerza. De ahí en fuera, tu garganta está inflamada. Estarás bien.
―Q-qué... ―Hago el primer intento, y mi voz es irreconocible; rasposa y ahogada. Una vena en la frente de Travis se tensa. Miro a la chica y ella me espera paciente― p-pasó...
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La Manada de los Wolff
Teen FictionNoah no ha dejado de correr desde el día en que unos hombres asesinaron a su padre a sangre fría enfrente de él. Desde ahí siempre supo que se las vería por sí solo. Pero todos sus planes se complican cuando un día, un hombre llamado Gerald Wolff...
