No me sorprende que, al caer sobre la cama, el sueño no me alcance. Es curioso cómo en la noche me invade una sensación claustrofóbica que me impulsa a salir a las calles, mientras que durante el día el sueño se apodera de mí. Travis no me presiona; supongo que es lo suficientemente considerado como para darme tiempo de adaptarme de nuevo a este mundo. Lo cierto es que los primeros días esperaba lo mismo desde que puse un pie en Nueva York, y básicamente durante toda mi niñez: reuniones, recados, tratos, etc. Por ahora, me quedo en el departamento de Travis en compañía de Micah, tiempo suficiente para afianzar una sólida relación con el chico.
―Dime, ¿cómo son esos Wolff? ―me pregunta mientras lame una paleta de hielo y vemos un nuevo episodio de Crímenes sin resolver. A este punto ya hemos visto juntos Turismo oscuro, Mindhunters y Cake Boss... Micah se llevaría bien con los cachorros.
Arqueo una ceja ante su pregunta.
―¿Por qué quieres saber?
Micah se encoge de hombros sin apartar la vista de la televisión.
―Deben de tener algo especial para que Carmine y Travis estén obsesionados con ellos, ¿no crees?
No le reprocho ni le tomo la palabra. Me remuevo incómodo, pues he intentado no pensar en ellos desde la reunión. Yo elegí esto, elegí apartarme de ellos, ¿qué derecho tengo de traerlos a mi mente? No lo merezco. Me relamo los labios, sin querer evadir la pregunta de Micah.
Los Wolff pueden ser tan oscuros como todos los que están bajo la cobertura de Carmine. Son rudos, peligrosos, y su odio te consume, eso lo sé.
―Son familia ―sentencio al instante.
Micah parpadea ante mi respuesta.
―Nosotros también somos familia.
Frunzo el ceño. No puedo juzgarlos, porque no los conozco. No se lo niego, entonces.
―Puede que no me creas ―Micah tira el palo de la paleta en la mesa de café y se acomoda a sus anchas en el sillón―, pero ya lo verás.
No puedo evitar preguntarme si, al igual que yo, Micah realmente no conoce el significado de una verdadera familia, y tal vez por eso se conforma con lo que tiene.
No soy tonto. Sé que los Wolff no son blancas palomas. Son un clan y solo se apoyan entre ellos; los que están fuera de todo eso no corren la misma suerte. Ahora que ya no soy parte de ellos, ahora que de seguro ya saben la verdad, vuelvo a ser solo uno más del rebaño. No le puedo decir a Micah que los Wolff son buenos, no cuando recuerdo la mirada impávida del abuelo Wolff en la reunión, y cómo representé una amenaza palpable para él.
Me remuevo en el sillón sin saber qué más decirle al chico. Tenía su edad cuando asesinaron a mi padre y me escapé, vagabundeando por las calles de Queens, durmiendo en el metro y llegando a una ciudad cercana en busca de cómo ganarme la vida. A esa edad uno piensa que no sabe mucho, pero tiene la esperanza de que con el tiempo se vuelva más duro de roer; sin embargo, eso nunca llega, y cada vez te sientes más insignificante.
Hasta que te topas con una familia que te recuerda que la edad no delimita tu entereza. Puedes tener trece años y amenazar a un extraño con una raqueta de lacrosse, puedes tener diecisiete y cuidar las espaldas de los que amas con la seguridad de que una navaja es suficiente para protegerlos.
Me gusta eso. Todavía la luz se cuela por los ventanales del edificio, así que me acomodo en el sillón, cierro los ojos y dibujo una sonrisa, con la esperanza de que Micah descubra pronto que hay una vida lejos de todo este mundo corrupto.
...............
Reiner notó mi cambio de ánimo al día siguiente. Después de recibir ese mensaje, volví a la cama y fingí estar dormido, aunque poco a poco sentí cómo la garganta se me cerraba; el corazón me latía a mil por hora, y, por supuesto, no pude conciliar el sueño. Pasé la noche en un constante vaivén de emociones, tentado a despertarlo y mostrarle el mensaje. Pero aunque ni él ni ninguno de los Wolff me lo dijeron explícitamente, sabía que nadie había estado durmiendo bien desde mi accidente, especialmente Reiner. Hasta ahora. Por eso me obligué a regalarles una noche tranquila, aunque sabía que Reiner estaba alerta. Me forzaba a cerrar los ojos, esperando que él no sintiera mi cuerpo temblar. Gracias a Dios, no éramos de los que se acurrucan en la cama.
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La Manada de los Wolff
Ficção AdolescenteNoah no ha dejado de correr desde el día en que unos hombres asesinaron a su padre a sangre fría enfrente de él. Desde ahí siempre supo que se las vería por sí solo. Pero todos sus planes se complican cuando un día, un hombre llamado Gerald Wolff...
