16. Ocúltalo, no sientas

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ILYA SE OFRECE a llevarme con mamá. Tomamos el coche de Travis y nos detenemos frente a un edificio de varias plantas, bastante lujoso en comparación con los barrios donde crecí. Un recepcionista no nos niega la entrada y el botones nos guía hacia el ascensor. Antes de darme cuenta, llegamos al último piso, la suite presidencial. Unos hombres corpulentos flanquean la puerta de entrada y, al vernos, la abren. Me es imposible ocultar mi asombro al encontrarme en un lugar ataviado de lujos.

Dejo que Ilya me conduzca hacia una de las habitaciones con la puerta entreabierta. No necesito preguntarle, desde donde estoy reconozco la voz de mi madre. La señora que la asiste en su casa está con ella. Le lleva el desayuno en la cama mientras mamá le sonríe con gratitud. Me quedo de piedra en el umbral de la puerta, notando su aspecto bastante demacrado: está en bata y su cabello cae sobre sus hombros. Advierto sombras oscuras debajo de sus ojos y, cuando toma un sorbo de su taza, es evidente que su agarre es débil. A mi lado, Ilya aclara su garganta.

Ty mozhesh' sdelat' eto ―me dice Ilya, mostrándome una sonrisa apretada.

Asiento con gratitud antes de que él se aleje. Tomo aire, aprieto los puños y entro en la habitación. Mamá me capta al instante. Sus ojos se posan en mi nuevo corte de cabello y rápidamente me escanea todo el cuerpo.

―Hola, mamá ―saludo, con un deje de miedo ante la posibilidad de que tenga un episodio.

Ella parpadea, su boca se abre y dibuja una sonrisa perezosa.

―¡Ay, Nicky! ―exclama, extendiendo los brazos hacia mí, invitándome a acercarme.

No lo pienso dos veces y casi corro hacia ella, cayendo a su lado en la cama. La señora nos sonríe a ambos y le quita a mamá la bandeja con el desayuno. No veo cuándo se va, porque en ese momento mamá ya me tiene en sus brazos, con mi cabeza descansando en su pecho. Ella besa la coronilla de mi cabeza, apretándome fuerte contra ella.

―Nicky, dime que estás mejor. Dime que no te duele ―murmura, casi meciéndome.

―Estoy bien ―me obligo a contestarle, sintiendo un nudo formándose en mi garganta.

Me aparta de ella, solo para ver cómo intenta espantar sus lágrimas.

―Si yo tan solo... si fuera más fuerte... podría cuidarte, podría protegerte ―Ella junta su frente con la mía y reprimo un sonido lastimero―. Lo lamento tanto, Nicky. Entiendo que me odies, después de todo nunca he logrado protegerte.

―¡No digas eso! ―salto de mi lugar con el corazón galopándome a mil por hora.

Mamá sonríe con delicadeza y una de sus manos acaricia mi mejilla.

―Sabes que sí; a pesar de que te di cariño, mi amor por tu padre me cegaba. Debí apartarte de él, ¿y qué hice? Me lastimé y te obligué a ser mi testigo ―Me toma entre sus manos y con sus pulgares me borra trazos de lágrimas que no había notado―. Ver tus cicatrices solo confirmó lo que siempre me recriminé: yo te hice eso. Yo lo permití. Lo siento tanto.

Me quedo sin palabras. Mi visión se nubla por las lágrimas. Me contengo, sabiendo que, si me deshago ahí mismo, mamá lo hará igual. No sé cómo esté ahora. Por lo que veo, está mejor que hace unos días. Eso no quiere decir que no siga siendo frágil. A falta de palabras, me pego a ella, cierro los ojos con fuerza y dejo que sus brazos me arropen, así como cuando era niño, cuando mi padre le pegaba y, en lugar de que yo la consolara, ella lo hacía conmigo.

...............

ES DE TARDE. La luz exterior se ha vuelto más opaca. No sé cuánto tiempo estuve con ella. Me dormí, eso es seguro. Al despertar, ella me espera risueña, yo todavía aferrado a su regazo. Me alzo de la cama e intento aclarar mis pensamientos. La veo y solo una idea cruza por mi mente: cuando estaba conmigo ella era miserable, cuando se fue, logró componerse. En esos cuatro años que estuve ausente, mamá retomó su vida. Ahora que he regresado, mis problemas la afectan nuevamente, obligándola a recaer. Entiendo ahora que el problema soy yo.

La Manada de los WolffHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora