20. Tomar todo

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—No hay forma de que lo haga —digo en voz alta, sin pensarlo.

A mi lado, Micah me codea con picardía.

—Qué mal. Yo lo haría si no fuera porque Ilya aún no me deja.

Miro a Ilya, que está junto a mí, con un signo de interrogación prácticamente incrustado en la frente.

—Cuando cumpla los diecisiete —aclara él, encogiéndose de hombros.

—Tú te lo hiciste con Travis cuando tenían mi edad —farfulla Micah desde el asiento trasero.

—Es distinto.

—No lo es.

Dejo que la discusión siga sin mí. En cambio, observo desde el interior del auto cómo Travis y algunos de sus chicos tienen a un iniciado sentado en una silla, sujetándolo mientras le clavan un arete en la oreja. El chico ya está rapado y cubierto de moretones; la perforación es lo único que le faltaba.

Sin pensarlo, llevo la mano a mi propia oreja e imagino el dolor.

Las manos me sudan mientras intento ordenar mis pensamientos, retrocediendo al momento en que acepté ser parte de esto. Tal vez todo se siente más crudo por lo de anoche: las cervezas, mi necesidad desesperada de entumecer lo que pienso y lo que siento.

Rompí una de mis reglas: no tomar.

Me odio por eso.

Había olvidado lo importante que era, pero me fue imposible negarle el trago a Adam cuando llegó al departamento con paquetes de cerveza. Al principio fue por él; le alegra verme comer o beber algo. Después entendí por qué la gente bebe: por un momento, las penas se apagan.

No terminé con la cabeza en el excusado, pero sí con una resaca infernal. ¿Lo peor? Acepté que me incrusten un aro en el lóbulo.

—¿Cómo te fue a ti? —le pregunto a Ilya, más para distraerme que por otra cosa.

Micah deja de replicar al instante y se acomoda en el asiento del copiloto, listo para escuchar la historia de siempre. Ilya, casi por reflejo, toca el aro de su oreja.

—Fue idea de Travis. Los chicos lo seguían, junto con el clan de los rusos. Fuimos ingenuos; pensamos que solo sería algo para pasar el rato. Luego se volvió un ritual.

Quiero decirle que no le veo sentido. Raparse, perforarse... no hace falta para saber a quién pertenecen.

Pero entonces me sorprendo imaginando algo así con los Wolff: una marca visible, una señal para el mundo de que soy parte de ellos. El estómago se me contrae al darme cuenta de algo peor: no me habría negado.

—Entonces... ¿tú empezaste todo esto con Travis?

Ilya asiente. Se lleva un cigarro a la boca, aunque no lo enciende; Micah está presente.

—No solo lo empezó, fue su idea —dice Micah, hinchando el pecho.

Ilya hace un gesto vago, como si restara importancia. Yo no puedo evitar insistir, así que arqueo una ceja para que me mire por el retrovisor.

—Lo necesitaba —responde, seco.

Y hasta ahí.

Por cómo se tensa en el asiento, sé que no dirá más. Aun así, no es difícil entenderlo. Travis fue arrancado de la vida lujosa de los Wolff para caer en este mundo de calles y violencia. Incluso con el penthouse de Carmine... necesitaba un ancla. Y la encontró en Ilya.

—¡Oh! ¡Ya está! —Micah se contorsiona en su asiento y sale del auto de un salto.

Corre hacia los demás y celebra con ellos la llegada del nuevo integrante. Ilya masculla algo entre dientes y enciende el cigarro.

La Manada de los WolffHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora